Berlinale 63: Día Uno
A partir de hoy haré hasta lo imposible por escribir una pequeña crónica de lo que mire y escuche en la edición número 63 de la Berlinale. Mi propósito es no fallar, dar parte de lo que suceda en cada jornada aunque vuelva a casa deshecho, a horas poco decentes o borracho (las fiestas abundan).
George Harrison y el mundo material
Uno de mis mejores amigos lloró el 29 de noviembre de 2001. Me lo confesó vía telefónica, supongo que después de su llanto y cuando su mente estaba ya en otra cosa. Tal llanto tuvo lugar dentro de su auto, en el tráfico y sin lluvia y yo me lo imagino como un llanto muy callado y contenido. Un llanto sin testigos, como son los mejores llantos, los más auténticos. La razón de su tristeza, de su llanto, fue el anuncio que, vía radiofónica, le hizo saber que después de una larga batalla contra el cáncer, y creo que, también, contra muchas cosas más, George Harrison había dejado de respirar. Quiero pensar que la persona que dio la noticia, el encargado de transmitirla a yo qué sé que cantidad de defeños, también lloraba, y que así, sorbiéndose las lágrimas, puso en formato de vinilo una canción del fallecido ex Beatle, una canción acorde a los acontecimientos, algo como All things must pass, y que mientras ésta sonaba salió a fumarse un cigarrillo y a llorar sin testigos, como ya dije que es recomendable llorar.
Klaus Kinski, el monstruo
Lo primero que me pasa por la cabeza cuando pienso en Klaus Kinski es su mirada perdida. La mirada perdida que arroja de cuando en cuando al río (aunque también podría ser a la nada, a una nada de agua) en Aguirre, la ira de Dios, la primera película en que lo vi. A partir de entonces, y como puede leerse aquí, se generó en mí una relación de atracción-rechazo no con el actor sino con el personaje, con lo que pudo haber existido tras las capas de evidente sobreactuación que siempre envolvieron al Kinski celebridad. Este sentimiento mío, de hecho, contrario a verse mermado, aumentó con cada nuevo fotograma en el que Kinski aparecía con su boca de boa y sus ojos de sapo venenoso. La última vez en Fitzcarraldo, hará un par de años, cierta vez que me crucé con su proyección en la televisión alemana.
Joseph Gordon-Levitt: envidia de la mala
Tengo una amiga -a estas alturas creo que todos tenemos una- que no habla de otra cosa que de Joseph Gordon-Levitt. Que si es un actorazo; que si su registro histriónico va con facilidad de la comedia al drama profundo; que si no tiene miedo en arriesgarse a involucrarse en proyectos independientes; que si la matan sus ojos de cordero pacheco; que si su belleza no radica en un físico portentoso sino precisamente en lo contrario: en que podría ser el "boy next door", el que lleva pizzas a tu casa o te sirve un café o te entrega billetes de alta denominación al realizar un retiro bancario.
Lovelace: película para después del fin del mundo
Ya que el fin del mundo no tuvo lugar puedo, o me es permitido, el replantearme una suerte de futuro. Aunque en este caso en concreto no desde el presente sino desde el pasado. Así, el principio de esta la historia, mi historia, relativa a la película que veré en 2013 -y que, como podrá mirarse en la imagen que acompaña estas letras, se titula Lovelace-, empezaría en 1986, en el momento en que, tras mirar cinco minutos de Garganta profunda en la habitación de mi amigo Fonseca, la repentina -y cardíaca- aparición de su madre da al traste con nuestro plan de constatar las mundialmente famosas habilidades como fellatrice que ya para entonces Linda Lovelace había cosechado por más de una década. De hecho, al menos en mi caso, la desafortunada intromisión de mamá Fonseca no solamente cayó como balde de agua fría sobre mi natural curiosidad adolescente sino que con el tiempo se convirtió en maldición bíblica, pues jamás tuve ocasión de cruzarme de nueva cuenta con esa cinta porno clasificada como revolucionaria del género, algo así como La guerra de las galaxias -sobre todo por su inesperado potencial comercial- de los blockbusters de la etiqueta tres equis.

