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Por: Sergio López Aguirre

31 / 12 / 1969
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2011 San Sebastian: recuperando credibilidad

Retrospectiva de Glenn Close busca reparar daños.

Las estrellas son caprichosas. Todo homenaje ajeno a la promoción de sus productos les suele parecer un fastidio. Es por eso que los responsables del Festival de San Sebastián cuando quieren atraer hacia el escenario del Palacio del Kursaal a alguna estrella de renombre internacional que dé lustre al certamen bajo la excusa de honrarla con el Premio Donostia a toda una carrera, se vean obligados a claudicar y encontrar espacio en su programación para la última película protagonizada por la estrella de marras.

Se dan casos aberrantes como el de Julia Roberts, reconocida aquí con el Premio Donostia el pasado año mientras como contraprestación se le exigía al Festival programar en sesión de gala Comer, rezar, amar que lejos de dignificar el certamen, hundió bastante su credibilidad.

Este año la cosa no ha sido tan flagrante, Glenn Close es una estrella con bastante más criterio que la Roberts. Ayer tarde llegó a San Sebastián y hoy en la noche le será entregado el Premio Donostia antes de la proyección de Albert Nobbs, su última película, circunstancialmente firmada por Rodrigo García.

Conviene precisar este comentario malicioso: no es que estemos ante un trabajo impersonal pues en su pulcritud se reconoce el buen hacer artesanal de quien antes filmó Cosas que diría con solo mirarla, Nine lives o Madre e hija, además de buenos capítulos para series como Los Soprano o ER. Sólo que en este caso el bueno de Rodrigo García supedita su buen hacer a la omnipresencia de Glenn Close, protagonista, co-guionista y productora de la cinta: un regalo para sí misma y un masaje para su ego, dado que además se trata de uno de esos papeles golosos por los que cualquier estrella mataría: una mujer que en la represiva Irlanda de principios del siglo XX vive bajo una identidad masculina para poder ganarse la vida.

Hay un discurso de género interesante que subyace bajo una apariencia académica, que no academicista pero lo que no hay es punto de vista ni intención en una película tan correcta como mortecina que se proyectó fuera de concurso.

Si hablamos de las películas a competición forzosamente hay que hablar de No habrá paz para los malvados, la última película de ese prodigio de la dirección cinematográfica que responde al nombre de Enrique Urbizu. Escucharle hablar de cine es un placer pues atesora conocimiento y cultura de sobra sobre este medio. Ver sus películas (cuando se trata de productos tan personales como el que le ha traído este año aquí) redobla ese placer hasta proponernos una inmersión plena en los rigores expresivos del mejor cine negro con un grupo de actores en estado de gracia y una sutileza manifiesta en la narración, tan alejada de los thrilers manufacturados que nos llegan desde Hollywood pensados para una audiencia entregada a la molicie que lo que demanda son respuestas.

No habrá paz para los malvados (soberbio título, por cierto, extraído de una cita bíblica) no procura respuesta alguna, de hecho es desasosegante, está protagonizada por un policía alcohólico y homicida de la peor especie con el que, sin embargo, al espectador no le queda otra que empatizar. Un planteamiento audaz que nos retrotrae a la ambigüedad moral de los thrillers clásicos, a gente como Fuller, Siegel o Aldrich, cuyos personajes lejos de ser ejemplares eran desechos humanos que, por azares de la vida, se ven elevados a l categoría de héroes de la manera más accidental, buscando resolver un conflicto individual que sólo les atañe a ellos (o así lo entienden, al menos en su obstinación) al final terminan por involucrarse en la resolución de una amenaza que atañe al conjunto de la sociedad. Película políticamente incorrecta e incómoda en lo ideológico es sin embargo un placer sensorial de primera clase, un ejemplo del mejor cine negro.

Por suerte el ánimo el cinéfilo decayó con la siguiente película a concurso: Take this waltz de Sarah Polley que se aferra a las señas de identidad del peor cine Indie americano de los 90 para contarnos la historia de una moderna Madame Bovary (a quien presta su rostro Michelle Williams) en pleno conflicto emocional sobre la necesidad de complementar con placeres efímeros su poco estimulante matrimonio.

Tengo que reconocer que no empalicé nada con ninguno de los personajes de la película, grotescos en su infantilismo y melifluos en la demostración de sus afectos, pero esa falta de conexión es a título personal.

Objetivamente lo que empobrece la película es su convencionalismo, la necesidad de verbalizar todo el conflicto con diálogos que se pretenden profundos e inteligentes y no pasan de ser cansinos y machacones; la insistente presencia de canciones como telón de fondo a la narración, dando la sensación de que Sarah Polley nes incapaz de transmitir nada tan sólo con un actor y una cámara. Y esas conversaciones de café dizque inteligentes y esas interpretaciones que se pretenden el colmo del naturalismo y que, sin embargo, están sobreactuadas a más no poder…

En fin esta tarde espero arreglar el día con el visionado de Shame, la película que causó sensación en el pasado Festival de Venecia y con lo nuevo del veterano Terence Davies, un valor seguro que dignifica con su sola presencia el concurso donostiarra.
 

Autor

Sergio López Aguirre

Stanley Kubrick alguna vez dijo "Para tener una visión más amplia, no sólo vean cine bueno, también el malo" obvio le hice caso en lo segundo y es muy divertido.

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