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El dia en que el cine murió
Kino central
Carlos Jesús González

El dia en que el cine murió

Para el cantante Don McLean, patrono absoluto del one-hit wonder y, a la postre, para buena parte de la sociedad americana y el universo de la música pop-rock en general, el 3 de febrero de 1959 será recordado para siempre como "El día en que murió la música". En aquella fatídica fecha los cantantes Buddy Holly, Ricardo Valenzuela (aka Ritchie Valens) y J.P. "The Big Bopper" Richardson, se subieron en una avioneta que yo me imagino construida con el mismo metal con que se hacían los carritos de helado en los cincuenta y que, atrapada por una tormenta, cayó al suelo apenas unos minutos después del despegue. Accidente común entre ídolos de la canción -no olvidemos a nuestro Pedrito-, el avionazo no dejó un solo sobreviviente y sí mucha pena y dolor.

Los restos del objeto volador, por cierto, quedaron desperdigados sobre la nieve en un punto no muy lejano a esa Fargo que recibiría los honores de los hermanos Coen décadas después y, ya que estamos en esto del cine, no son pocas las cintas que al menos de refilón, hacen mención del suceso, entre ellas la olvidada La bamba.

Pero siquiera aquella vez los culpables, si es que se les puede nombrar así, fueron los elementos de la naturaleza. O eso o un piloto mal entrenado o dado a beber bourbon entre un destino y otro. En cualquier caso, no hablamos de un mal premeditado.

No hablamos del mal.

Repito: NO HABLAMOS DE "El MAL". 

Caso muy distinto, a mi parecer, es el acontecido el pasado 20 de julio, fecha en que, remedando la canción de McLean y los hechos que la inspiraron, el cine murió. Para ser precisos más bien fue asesinado. Ejecutado a sangre fría junto a 12 personas inocentes, individuos para los que, estoy seguro, la sala de cine continuaba poseyendo un aura mágica e insustituible. Para ellos, acaso, igual que para muchos de nosotros, el cine era lo más parecido a un templo y ese día fue absolutamente mancillado.

James Eagan Holmes es el nombre de quien, no conforme con darle un injusto fin a una docena de esperanzas, hirió a 58 más. Rompió familias y futuros. Cubrió de sangre una de las actividades más gozadas por el ser humano contemporáneo. Quebró ese espejo en el que nuestros ojos no solamente buscan entretenimiento sino también sentido. Su propio reflejo. 

Ojalá y el mundo a veces fuera como en el cine y el tipo al que observé en la silla de acusados hará un par de días tuviese un semblante parecido al de Bane. O al de El Guasón. O siquiera ese aspecto de villano, absolutamente temible -por completo de película-, que desprendía Daniel Arizmendi López, alias el Mochaorejas. Pero nada de eso. Lo que vi fue a un tipo que, ya por su pelo rojo, ya porque cabeceaba a todo momento, parecía estar crudo y desvelado luego de pasarse la noche entera en una fiesta de disfraces. Un tipo común y corriente con el que podría cruzarme un día cualquiera en el banco. El tipo que desayuna en la mesa de al lado. El profesor de música de mis hijos. El cobrador de los boletos de metro.

Y fue entonces que ya no sentí solo rabia sino también miedo.

Y creo que no puedo o no quiero decir más cosas por el momento. Que me duelen estas muertes, por supuesto. Que no tengo idea de qué será lo primero que piense y siente la próxima vez que en mi templo las luces vuelvan a apagarse y el silencio reine en la oscuridad.

Que por el momento, no pienso en otra cosa que el día en que el cine murió. 

Que "El MAL" existe.

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