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Viva la Padrinofilia

COLUMNA Kino central

Por: Carlos Jesús González

08 / 11 / 2012

Viva la Padrinofilia

Reseña de un paseo por Sicilia, en donde el cine estuvo muy presente

Hace exactamente quince días yo seguía por Sicilia. El destino jugó a mi favor y finalmente tuve la enorme fortuna de visitar un sitio que siempre había soñado recorrer. Así que por allí andaba yo, pisando las ruinas que los griegos dejaron hace cientos de años y mojándome en las cristalinas y mediterráneas aguas que bañan sus costas; comiendo pasta con pez espada al que solía rematar con un buen espresso al que, si el hambre arreciaba, acompañaba con un suculento cannoli; escuchando a las parejas amarse y también gritar, porque en esta isla se quiere con el mismo arrebato con que se odia. Y no es cliché: en cierta noche estuve a punto de llamar a la policía al oír la forma en que una mujer increpaba a su marido: lo hacía como si la estuviesen desollando viva y además se vertiesen puños de sal sobre sus heridas. Diez minutos después la pareja se besaba con locura, propiciándose dentelladas y chupetes, como si de ello dependiese el futuro de Italia o, incluso, su propia supervivencia.

Miré todo esto y, por supuesto, me lo pasé bien. Sin embargo, Sicilia, mi Sicilia, no habría sido lo mismo sin los dos sitios que, ya durante la planeación del viaje, y como declarado padrinófilo que soy, me había jurado avistar: el pueblo de Corleone y el Teatro Massimo de Palermo. Del primero no puedo decir mucho. De antemano sabía que el Corleone que se presentaría ante mis ojos no sería el mismo que yo guardaba en mi cinematográfica memoria. De hecho, una simple navegación por Internet deja en claro que Coppola y su equipo apenas rodaron unas secuencias allí. La Iglesia que aparece en la trilogía no es la Iglesia de Corleone (que, por cierto, es un decir, porque el pueblo parece tener más iglesias que ciudadanos) y no creo que aquella finca en la que el niño Vito -todavía Andolini, pues aún no se le rebautizaba con el nombre de su pueblo natal- evade las carabinas de los matones de don Ciccio se halle siquiera en las cercanías. Tampoco tengo certeza de que en los retratos del obligado exilio de Michael Corleone lo que se vislumbra sea Corleone o sus alrededores, y dudo que algún habitante se hubiese prestado a aclarármelo. Los corleoneses llevan décadas tratando de limpiar su imagen, tan íntimamente relacionada con la Mafia -ya por la película, ya por sucesos reales-, con lo que cualquier cosa relacionada con El Padrino se encuentra, de entrada, vetada por completo. No hay ninguna placa que conmemore la inspiración que brindó para la realización de la mejor película de la historia. El único sitio que exhibe algo al respecto es un bar esquinado que no rebasa los ocho metros cuadrados, y cuyas paredes están adornadas con un par de fotogramas de la primera parte de la trilogía y recortes de periódicos, el más llamativo, uno en el que un vejete Al Pacino asegura que uno de sus abuelos había nacido en Corleone. Y nada más.

Con respecto al Teatro Massimo la cosa cambia. Ello no se debe, por supuesto, a que penda de alguna esquina algún letrero que indique que allí se rodó la secuencia más impactante de El Padrino, Tercera Parte, sino al simple hecho de que uno reconoce inmediatamente sus escalinatas, aquel sitio donde el corazón de Mary Corleone es reventado por una escopeta y el de Michael Corleone por un dolor indecible. Lo recorrí de arriba abajo varias veces, haciendo vanos intentos por ubicar el sitio en el que se pudieron haber instalado las cámaras e impresionado por la manera en que el cine modifica las dimensiones, pues en mi mente las escalinatas del Teatro Massimo eran larguísimas cuando en realidad son cortas, cortas y angostas, como casi todas las calles que dibujan en mapa de Palermo. 

Después de un rato, cansado ya de subir y bajar escaleras, me alejé del lugar y tomé la foto que ahora comparto y que quiero dedicar a todos los padrinófilos apasionados, esa raza extraña que, me temo, se ha ido reduciendo en número con el paso del tiempo. 

 

Carlos Jesús González

Carlos Jesús (aka Chuy) es escritor y periodista freelance. Desde 2006 radica en Berlín, desde donde colabora para distintos medios. Sus pasiones son su familia, la cerveza, escribir relatos y el cine de los setenta.

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