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Berlinale 63: Día tres

COLUMNA Ciudadano Rosebud

Por: Carlos Jesús González

09 / 02 / 2013

Berlinale 63: Día tres

Revisión de la tercera jornada de la edición 63 de la Berlinale

La de hoy definitivamente no ha sido una jornada que yo calificaría de estimulante. Más bien se inclinó hacia la decepción. La primera cinta presentada en competición y que se tradujo al inglés como A long and happy life, sin ser nada especial, al menos posee una carga de indudable honestidad. No tengo mucho que compartir con los campesinos de la Rusia de hoy día pero sé lo que duele una traición y no se necesita nada más para conectar con su historia. Hasta allí bien.

Pero después de esta película, que, insisto, tampoco se trató de nada del otro mundo, fue que comenzaron a llegar los golpes bajos. Estoy pensando seriamente -y lo digo también por la reflexión que hice ayer sobre Promised land- en que quizá vez yo y nadie más tiene la culpa por colocar un listón demasiado alto a filmes en los que, ni siquiera sé bien porqué, deposito toda mi obsesiva y cinéfila fe. Sin embargo: ¿acaso no están hechos los festivales justamente para eso, en aras de que los que amamos -o nos obsesionamos con- el cine nos hagamos chaquetas mentales con una o más películas de las anunciadas en el programa? Justo hablando de onanismos y temas sexuales, confieso que tenía enormes expectaciones en Lovelace, biopic de Linda Lovelace, actriz que, muy a pesar suyo, será recordada, y por muchas décadas más, por sus técnicas de felación, expuestas gráficamente en ese fenómeno cinematográfico pop de los setenta llamado Garganta profunda. El problema aquí no fueron las actuaciones, pues tanto Amanda Seyfried, en el papel de la fugaz pornstar, como Peter Sarsgaard, en el rol de su abusivo y violento marido son más que convincentes. Si bien, siento que sus esfuerzos no consiguen levantar una película que daba para más. Ignoro el por qué no se profundizó en la personalidad de Lovelace, en esas contradicciones extremas que con el tiempo terminarían trasnformándola en una fiera activista contra la pornografía, lo que por sí solo me parece una gran historia. Tampoco James Franco -omnipresente en esta Berlinale con la presentación de tres películas en las que participa, en una de ellas como director-, en su pequeña intervención como Hugh Hefner, el dueño del emporio Playboy, me pareció convincente. Como sea allí estuvo, respondiendo preguntas que nada tenían que ver con el filme y que pese a ello fueron de lo más interesante en una conferencia de prensa que germinó bostezos. Lástima.

Las pinzas de este día negro fueron cerradas con The necessary death of Charlie Countryman, una cinta que espero olvidar cuanto antes por el bien no tanto de mi paz interior como de mis funciones digestivas. Y es que juro que físicamente soy atacado por retortijones y malestares estomacales cuando me cruzo con películas tan malas en un festival del calibre de la Berlinale. Pienso en todas aquellas cintas que de verdad valían la pena y que fueron dejadas de lado por razones que ni siquiera tengo muy claras. ¿Comerciales? Me temo que ni siquiera. Digo, ¿Quién es Shia LaBeouf?; ¿hay de verdad alguien que piense que es un gran actor?; ¿qué pretende con esta cinta que cuando no roba elementos a Corre, Lola, corre es solamente para agregar esas pizcas de tarantinismo que todo director modernillo guarda en su recetario? Peor aún, ¿quién es ese cineasta que firma Fredrik Bond y que en mala hora dejó la publicidad para hacer sus pininos en el cine? Yo no soy rumano pero igual me sentí degradado por la manera en que este filme pinta a los habitantes de Bucarest, eso por no hablar de la osadía de incluir cierto realismo mágico en su narración. ¡The horror, the horror! Qué desperdicio de latas de celuloide, de tiempo, y de un actor que siempre he admirado -y quien es de lo menos "peorcito"-, como lo es Mads Mikkelsen. Qué lástima.

Mañana más y, como es domingo, espero encontrar una perlita en el mar.

 

Carlos Jesús González

Carlos Jesús (aka Chuy) es escritor y periodista freelance. Desde 2006 radica en Berlín, desde donde colabora para distintos medios. Sus pasiones son su familia, la cerveza, escribir relatos y el cine de los setenta.

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