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Recomendaciones para el fin.

 Este fin de semana marca también el fin del FICCO, dos últimos días para clavarse en una diversidad de filmes tan grande que, lo creamos o no, hay algo para cada quién.

Me parece que esta edición del festival no se nos puede ir sin ver Aquiles y la tortuga (Akires to kame, Japón, 2008), de Takeshi Kitano, así como Chelsea en las rocas (Chelsea on the rocks, EUA, 2008), de Abel Ferrara. Kitano y Ferrara son dos de los grandes, y éstas son su películas más recientes. Hay que ver también Katyn (Polonia, 2008), de Andrezej Wajda. Y Macario (México, 1960), de Roberto Gavaldón. Todos son cineastas consagrados.

Me queda por ver aún cualquier cosa de Craig Baldwin, un cineasta cuyo trabajo con found footage resulta fascinante, así como Leolo (Canadá, 1992), de Jean Claude Lauzon, que complementa muy bien todo lo que hemos platicado del cine onírico en este espacio. Y cualquier cosa de tati, que se me fue vivo este año.

Recomiendo muy especialmente la película El hijito de mami (Momma's man, Azazel Jacobs, EUA, 2008), un filme entrañable que ya tendremos ocasión de discutir aquí, así como las películas de las que ya hemos platicado. Todas valen mucho la pena.

¡Feliz fin!

—Antonio Camarillo

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En el corazón de las tinieblas.

 O lo que es lo mismo: un descenso a los infiernos, esa espiral descendente a la que se refiere Trent Reznor en el magnífico álbum de NIN The Downward Spiral. Como muchos saben ya, Apocalypse Now no es sino una adaptación de la novela de Conrad que lleva ése mismo título: El Corazón de las Tinieblas. Ambas, novela y película, son la crónica de una travesía "hombre adentro", como diría Arreola; un viaje que nos lleva a los más recónditos rincones del alma humana, a ese infierno de todos tan temido: el que se incuba dentro de nosotros mismos.

Dos películas que vi esta semana en FICCO hacen, cada una a su manera, el relato de una de tales expediciones. En el drama Génova (Michael Winterbottom, Reino Unido, 2008), la trágica muerte de una madre de familia mueve a su esposo e hijas a desplazarse a la ciudad de Génova, Italia, para intentar poner distancia entre su duelo y una vida ahora desdibujada, despojada de sentido.


Tan alejados del hogar como apartados entre ellos mismos, los miembros de la familia —Joe, un maestro al que le han ofrecido chamba en la Universidad local, su hija adolescente y la pequeña Mary, sobre todo— deberán enfrentar a sus fantasmas, a la culpa y el resentimiento que han sido condenados a cargar.

Exactamente la misma odisea es aquella en la que se embarcan los protagonistas de Vinyan (Fabrice Du Welz, Francia/Reino Unido/Bélgica, 2008). Tras perder a su hijo Joshua en el tsunami de 2004, Janet y Paul —Emmanuelle Béart y Rufus Sewell— deciden aventurarse en las peligrosas aguas y junglas de Burma, convencidos de que su hijo se encuentra vivo aún. Sin embargo, y a diferencia de la cinta anterior, aquí ese infierno del que hablábamos toma tintes bien literales, encarnado como se encuentra en la hostil geografía de la selva y en sus siniestros habitantes.


 Para los nativos de Tailandia, un vinyan es un espíritu vagabundo, que no encuentra el descanso. Y para Janet y Paul, al igual que Joe y su familia en la cinta anterior, esos fantasmas habrán de guiar su paso por territorios de los que no siempre se sale con bien.

Se han extraviado en las tinieblas.

—Antonio Camarillo.

 

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Mártires.

 Había mencionado ya que 11:59 es mi sección favorita de FICCO. Y películas como Martyrs (Pascal Laugier, Francia/Canadá, 2008). me recuerdan por qué.

También me encantan esas películas cuya construcción te agarra desde un principio, que te dejan la sensación de haber llegado tarde al cine, en medio de la acción —en media res, pues— y que te obligan a seguirles el paso, sin darte tiempo siquiera a entender qué está pasando. Martyrs es una película violenta, y su violencia va más allá de lo que nos muestra; es violenta desde la forma en que te lo cuenta.

Como bien apuntaba mi buen amigo Alfonso la otra noche, cuando salíamos de ver otra de las películas del ciclo, quién sabe qué les ha dado a los franceses por hacer películas particularmente sangrientas, y aquí Pascal Laugier —quien ha sido escogido para dirigir el remake de Hellraiser, anunciado para este año— demuestra que tiene las credenciales para hacerlo. La película no sólo está cuajada de sangre, y de un terror tan visceral que, sino que además deja claro el buen ojo del director para las imágenes perturbadoras. Martyrs es, en ese sentido, el sueño —¿o pesadilla?— hecho realidad de un fetichista.

En la cinta, dos jovencitas buscan venganza por algo que ocurrió en el pasado. Perseguidas por una criatura aterradora y sanguinaria, su revancha —cruenta y brutal como parece— resulta poco en comparación a lo sucedido con Lucie, y que su amiga Anna habrá de vivir en carne propia. Mártir es aquél que se sacrifica por una causa, y aquí ese sacrificio resulta en una película en la que la trascendencia va más allá de la carne, de sus límites y de sus posibilidades.


—Antonio Camarillo

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Y arriba la diversidad.

 La conclusión a la que llego cada vez que asisto a un festival de cine es siempre la misma. Creo que el cine es un fenómeno maravillosamente diverso, que engloba tantas y tan variadas posibilidades que al final resulta trivial hacer comparaciones. ¿Qué tienen que ver una película de súper héroes y un filme de Tarkovski, o un documental duro y una cinta animada en 3-D? Mucho, y muy poco a la vez.

Una película debería juzgarse en función de sus propios méritos, no de tu género favorito o de cual fue la última película que viste antes de esa. Y varias películas que vimos en FICCO a principios de la semana lo dejaron más claro que nunca.

Un filme taciturno y opaco, casi impenetrable, la cinta japonesa Síntoma X (Shorei X, Yosshida Kohki, Japón, 2007) es una meditación sobre la alienación, y las dificultades que enfrentamos los seres humanos a la hora de conciliar nuestra vida con la de los demás; Goliat (Goliath, David Zellner, EUA, 2008), por otro lado, es también una historia sobre la soledad, y la manera en que nos aferramos a esas cosas que creemos dan sentido a nuestra vida. Ambas películas comparten quizás la factura, video en los dos casos, y la manera tan íntima y directa de abordar a sus personajes. Pero no podrían ser más distintas.

Diferentes también, dos polos totalmente opuestos en el universo fílmico, un documental y una cinta animada en stop motion nos muestran dos formas opuestas también de acercarse a la realidad. Hollywood, California la ópera de los perdedores (Hollywood, California: a loser's opera, William Klein, Francia, 1972) es la historia de aquellos que llegan a la Meca del Cine en busca de fama y fortuna, que buscan dar sentido a su existencia en el más artifical de los mundos posibles.

La búsqueda del sentido de la vida es también el pretexto argumental de $9.99 (Tatia Rosenthal, Israel/Australia, 2008), una película cuyos personajes, aunque hechos de plastilina, resultan todo menos artificiales. Delirante a momentos, la trama gira alrededor de un microcosmos compuesto por seres demasiado humanos, ya sea que se trate de un vagabundo gandaya convertido en ángel alado o del amante de una caprichosa modelo, dispuesto a llegar a cualquier extremo con tal de complacer a su amada. Y todos más reales que muchos de aquellos que pueblan las películas de Hollywood.

Es una lástima que hayan habido tan pocas proyecciones de la cinta, de lo mejor que he visto en FICCO hasta el momento. Así que, si aún pueden cacharla, háganlo.

Le daria sentido a todo esto.

—Antonio Camarillo

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Más extraña que la ficción.

 "No me sorprende que la verdad sea más extraña que la ficción —dijo alguna vez Mark Twain—. La ficción debe de tener sentido". Dicho de otra manera, a nadie le extraña que las películas inspiradas en "casos de la vida real" terminen, las más de las veces, resultando en unas jaladas imposibles de tomarse en serio. El absurdo, y pregúntenle a Lynch si no, es mucho más sencillo de aprehender y de interpretar, y eso tan sólo porque la naturaleza humana es también insensata, e irracional.

Siempre he creído que los términos documental y ficción, cuando se habla de cine, no son sino meras etiquetas arbitrarias, y terriblemente confusas además. Todo filme documental es en cierto sentido una ficción, desde el momento en que es casi imposible ser completamente objetivo, y hasta la cinta de ficción más fantasiosa documenta la realidad en cada toma que se hace de un actor parado frente a cámara. Y es por eso que una película como Noches y fines de semana (Nights and weekends, Joe Swanberg y Greta Gerwig, EUA, 2008), resulta fascinante.


En ella, los propios directores interpretan a una pareja en la que la distancia comienza a hacer estragos; uno vive en Chicago, la otra en Nueva York. Y, más allá del innegable realismo —y la inseguridad, y hasta la torpeza— con que los vemos titubear ante los conflictos o entregarse a la intimidad, es el estilo documental de la cinta, grabada en video e improvisada de principio a fin según Swanberg, lo que la convierte en un drama sorprendentemente genuino, en un jirón de vida arrancado a la realidad.

Otra película que vimos el Domingo intenta también, a su manera, prescindir de esa certeza con que el cine de ficción lima las rebabas más incómodas de la vida real. El Dorado (Bouli Laniers, Bélgica/Francia, 2008) es la historia de aún otra pareja dispareja —un vendedor de autos y el ladrón que trató apenas de robar su casa— que, a fuerza de subvertir las expectativas del público, pretende hacernos entender a golpes de realidad que la desconfianza hacia el prójimo tiene sus por qués.

Sin embargo, y de manera no muy distinta a como Swanberg y Gerwig se interpretan a sí mismos en pantalla en Noches y fines de semana, sería El luchador (The Wrestler, Darren Aronofsky, EUA, 2008) la más demoledora constatación de lo tenues que pueden ser los límites entre fantasía y realidad. La historia de Randy "The Ram" Robinson —una estrella de la lucha libre venida a menos— no es sino la historia del histrión que lo interpreta, Mickey Rourke, otrora joven promesa del cine norteamericano. Al igual que éste, "The Ram" ha visto pasar sus épocas de gloria entre excesos, arrepentimientos y la certeza de que todo ha sido su culpa, aunque no quiera admitirlo.

Cuando ambos, personaje y actor, reciban una última oportunidad, la promesa de un último round para obtener su revancha y reivindicarse, ¿quién será el vencedor? ¿El final de película de Hollywood, o la certeza de que la realidad es siempre inescapable?

—Antonio Camarillo

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