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Alguna Vez Fuimos Guerreros

COLUMNA Kino central

Por: Carlos Jesús González

01 / 12 / 2008

Alguna Vez Fuimos Guerreros

¿Acaso hay alguien que lea este espacio y que nunca ha visto la película neoselandeza Once Were Warriors, mejor conocida, gracias a las labores de nuestro tres veces "h" y tres veces "s" -de surrealista- departamento mexicano de traducción de títulos cinematográficos como Somos Guerreros? De ser así sugiero que vayan corriendo a sacarla.

Sobre todo porque es una película que destruye.

Y es que, como en la literatura, probablemente los mejores filmes son los que lo dejan a uno roto como muñeca de trapo. Y eso fue justo lo que me pasó con esta cinta. Recuerdo que la vi antes de realizar un viaje a Querétaro y que durante todo el trayecto me vi sumido en una angustia que sonaba a Chopin y sabía a ceniza. En mi cabeza se agolpaban una imagen tras de otra y si no lloré es porque más que una tristeza acarreaba un estado de shock de lo más singular, como si caminando por la calle hubiera presenciado el salto a la nada de un suicida.

Ahora, y gracias al paso del tiempo, he sido capaz de atar algunos cabos que me han permitido dilucidar porqué caí en tal estado de ánimo. De hecho todo se reduce a una sola razón: la cruda realidad presentada en la cinta de Lee Tamahori se puede adaptar perfectamente a varias culturas, entre ellas, sin duda, la mexicana: mujeres golpeadas brutalmente por su maridos alcohólicos; abuso sexual infantil perpetrado por gente cercana a la familia de la víctima; violencia gratuita por exceso de cerveza, de testosterona o solamente porque sí. Todo ello manchando, quebrando, mancillando aquel núcelo de toda sociedad que es la familia. Fue como si en lugar de mirar mi rostro en un espejo de obsidiana me lo hubiese observado en uno enmarcado con roca volcánica o coral. De allí los escalofríos, de allí ese ahogo existencial tan trepidante. De eso, repito, hace muchos años..

Ayer vi de nuevo la película y la angustia regresó. Pero con ella, también aquellos dejos de esperanza que no había visto pese a ser muy claros. Aunque se viva en una cueva de lodo se puede permanecer más limpio que las sábanas de una duquesa. Así lo entiende Boogie Heke a través del Haka, la danza tribal guerrera de los Maorí, y así lo expresa con sus movimientos, con esas golpes de pecho y gestos grotescos que hacen algo más que honrar a los antepasados: aliviar el dolor y darle un nuevo cauce a la ira. Es, sin duda, mi secuencia favorita de esta recomendable película que abre la piel y cicatriza las heridas por igual:

 

 

Carlos Jesús González

Carlos Jesús (aka Chuy) es escritor y periodista freelance. Desde 2006 radica en Berlín, desde donde colabora para distintos medios. Sus pasiones son su familia, la cerveza, escribir relatos y el cine de los setenta.

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