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COLUMNA LaMadrePatria

Por: Jaime Iglesias

30 / 01 / 2009

"De pobre a millonario", el triunfo del cine global

 

Consulten hemerotecas y verán que en la crítica de Millions (2005) que, en su momento firmé para CinePremiere ya hacía constar el deseo de Danny Boyle, el otrora enfant terrible del moderno cine británico, por transmutarse en una suerte de Frank Capra para el siglo XXI. Esto, que en su momento resultaba chocante, es hoy ya una realidad y cualquiera que después de acercarse a su nueva realización De pobre a millonario intente aislar las piezas que componen este singular rompecabezas dispuesto a partir de influencias dispares, descubrirá, con sorpresa, que esas piezas siempre estuvieron ahí, aun cuando rara vez reparásemos en su singularidad, atentos como estábamos a catalogar, en función de la evidencia, la obra de un cineasta inclasificable. En España hay un refrán que resulta absolutamente revelador a la hora de definir la injustificable percepción que, insistentemente, ha venido pesando sobre la obra de Danny Boyle: “A menudo los árboles no nos dejan ver el bosque”.
Es cierto que en sus primeras películas es perceptible el legado del mejor cine social británico, pero a diferencia de un Ken Loach o un Mike Leigh, formados como él en la televisión, el mundo histórico ha venido siendo para Boyle un punto de partida y nunca un lugar de llegada, el percibir la realidad sin una vía de escape se antoja imposible para este cineasta. De ahí su renuncia expresa a la representación realista y la insistente presencia en sus películas de canciones que fungen como una suerte de “coro griego” que ayudan a entender las motivaciones de los personajes aun cuando la puesta en escena sea a veces discutible en su proximidad a la estética del video clip. Pero es que Danny Boyle no es capaz de comprender la realidad sin música como tampoco sin sueños, sin aspiraciones, sin esperanzas. Más dickensiano que sus “mayores”, educados en el pesimismo de los angry young men, incluso en películas tan aparentemente desalentadoras como Trainspotting o Strumpet se vislumbra algo de luz al final del túnel.
 
En A life less ordinary, rodada inmediatamente después de Trainspotting y repudiada por muchos al ser considerada una concesión al comercialismo, por optimista, se entiende, ya estaba presente esa estructura de fábula que se hacía evidente en Millones e incluso en 28 días después y Shunsine en su visión apocalíptica de un mundo futuro demasiado presente. Por eso no choca ahora que con De pobre a millonario, el cineasta haya querido evidenciar sus deseos de construir un cuento en el escenario aparentemente menos propicio para ello, como es Bombay, verdadero hacinamiento de miserias y tristezas. El reto era considerable pero Danny Boyle sale bien librado, el retrato social es de una desolación extrema, el triunfo del amor y el bien absolutamente liberador. Tenemos las dos caras de la moneda, nadie le puede acusar a Boyle de falsear la realidad, de dulcificarla pues previamente nos la ha mostrado en toda su crudeza, nadie le puede tampoco acusar de regodearse en las miserias de sus protagonistas para explotar impecablemente el drama pues el optimismo que derrocha el filme es desbordante.
 
Pero si en su contenido la película resulta reveladora, la mixtura que presenta en el plano formal es digna de mención. Cansado de que le acusen de poseer un estilo demasiado videoclipero, Danny Boyle se alía con la esencia del cine hindú a la hora de plantearnos una suerte de musical sin coreografías manifiestas como suele ser norma en muchas producciones de Bollywood y para quienes le echan en cara tener una realización televisiva, el cineasta justifica su estilo en el hecho de que en núcleo narrativo de esta película se concentra en las consecuencias de un programa de televisión.
 
Que quieren que les diga, mal que les pese a muchos puristas me parece una digna candidata al Oscar, su aparente innovación (que no es tal, mas bien mezcla de estilos e influencias) resulta bastante mas estimulante que el rancio academicismo de The reader, el sentimentalismo hollywoodiense tradicional de Benjamín Button, la teatralidad trascendente de Frost/Nixon y la martirologia liberal de Milk. De pobre a millonario es puro cine y además cine global, lo cual últimamente tiene mucho predicamento a la hora de ser reconocido. Piénsese en Babel, Brokeback Mountain o El laberinto del fauno. Ahora que lo pienso ninguna de estas cintas fue reconocida con el Oscar al mejor film. ¿Demasiado exóticas para la Academia? ¿Preferirán a Forrest Gump/Button o a El paciente ingles/reader?
 
Espero que este año no y que triunfe el cine.
   

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