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Dí­a 9 y último: Cuando Berlí­n se derritió

COLUMNA FestivalBerlinale

Por: Staff Cine PREMIERE

21 / 02 / 2010

Dí­a 9 y último: Cuando Berlí­n se derritió

 

Mi acreditación al evento.

El frío de Berlín por fin empieza a ceder. Incluso ha salido el sol, fenómeno últimamente poco visto por aquí y que no cae nada bien a festivales como la Berlinale: visitantes y locales preferirían dar paseos por la ciudad que refundirse en una sala de cine para ver tragedias que les provocarán zancadillas al estado anímico y que, aparentemente, han abundado este año como en ningún otro, como si filmar almas y corazones rotos se hubiera puesto tan a la moda como rodar en 3D. Yo por lo menos he tenido suficiente luego de mirar la danesa En Familie, denso retrato de una familia de Copenhague que es dirigida con gran tino por Pernille Fischer Christensen. Y que no se me malentienda: Como he dicho antes, soy un gran admirador de la escuela que estos cineastas nórdicos han desarrollado durante las últimas décadas. Es sólo que las abundantes lágrimas provocadas por la magistral actuación de Jesper Christensen, quien interpreta al patriarca de la familia –y a quien yo le daría el Oso de Plata de mejor actor en este instante-, no lograron mezclarse adecuadamente con el platón de cereal que he desayunado previo a la función, con lo que salgo de allí con el estómago revuelto y la pena a flor de piel, víctima de la peor melancolía estomacal que jamás haya padecido. De allí, para mi fortuna, me espera una entrevista, la última, y el estrés es capaz de borrar incluso hasta la más triste de las tristezas.

Orgullo homosexual
El hotel Regent es uno de los más lujosos y afamados que hay en Berlín. No son pocas las estrellas que se hospedan allí y solicitan algunas de las habitaciones que poseen vista a la Gendarmenmarkt, espectacular plaza que ha presenciado en silencio los más complejos episodios históricos que la ciudad detenta. Allí, hace algunos años, vía Cine PREMIERE y Berlinale, tuve la oportunidad de comprobar que la locura de David Lynch no es impostada y que la belleza de Natalie Portman es tan grande como pequeño su tamaño. Hoy el encuentro, aunque carente de esa atmósfera de celebridad que admiro con la misma fuerza que detesto, es sin embargo harto interesante. Vivaz y listilla, cuidando con esmero el contacto visual que mantiene con los periodistas, Lisa Cholodenko habla de su película, The Kids Are Allright, con la naturalidad con la que hablaría del pelo de su mascota. Sin avergonzarse en lo más mínimo, narra la manera en la que filmó las escenas amorosas –bastante explícitas, por cierto-, que Mark Ruffalo mantiene con Julianne Moore en su cinta, y de lo mojigata que le sigue pareciendo la sociedad estadounidense con relación al tema de la homosexualidad, incluso en esta era post-Obama. “Faltan todavía muchos años para que podamos hablar de una apertura real”, dice en algún punto de la entrevista, sonriendo, como fuese mejor concebir el tema con sorna que lamentarse una y otra vez. Me parece que tiene razón. Su película probablemente obtendrá un éxito considerable en Europa. Ya veremos qué sucede en Latinoamérica.

Dos para el Grand Finale
Aplausos y abucheos pelean como gallos giros nada más aparecen los créditos. El fenómeno es más bien raro en la Berlinale, caldo de actitudes modestas o prudentes. El periodista arquetípico de este festival aplaude sólo cuando lo visto sublima su alma reportera pero sensible –los cazadores de notas también tienen su corazoncito-, mientras que el abucheo, por el contrario, viene a cuento cuando la cinta lo irrita con la contundencia de un ataque personal y alevoso. De acuerdo a mi corta experiencia, el encuentro de estas dos reacciones opuestas significa problemas, rencillas que saldrán a flote en la conferencia de prensa que se da luego de la proyección de cada filme. Ya algo me empezó a oler mal cuando vi tanta gente salirse de la sala a media película. Supongo, sin embargo, que justamente algo de eso es lo que Michael Winterbottom quiere provocar con su The Killer Inside Me, descarnada radiografía de un asesino –interpretado por un Casey Affleck correcto pero que a veces ya cansa con hablar perezoso y carente de dicción, como si estuviese a todo momento marihuano-, que también provocó ámpulas en el pasado Sundance. Sin Affleck, pero tampoco sin Jessica Alba ni Kate Hudson, las figuras femeninas de la cinta, Winterbottom defendió como pudo su adaptación fílmica que hace del libro Jim Thompson –famoso entre otras cosas por ser uno de los guionistas de Stanley Kubrick-, pero mentiría si dijera que salió bien parado. En lugar de preguntas, los periodistas lo saturaron con claras quejas al realismo gráfico con que Winterbottom fotografía la violencia, en especial con una secuencia que omitiré por respeto a los lectores, quienes de cualquier manera recordarán estas palabras en el momento que la vean. En lo personal, yo no tengo nada contra Winterbottom y he de admitir que me gusta la atmósfera noir con que tiñe algunos episodios de su obra, pero no puedo negar que a veces me impacienta la clara obsesión que posee por cubrir todos los géneros y temas que puede contener el séptimo arte. Es sin duda valiente, pero también hay allí poco o mucho de pretensión. Además, la controversia que creo que busca no me ha parecido nada nueva, o al menos nada que no me hubiesen dado ya David Cronenberg con Crash o Gaspar Noé con Irreversible. Y mejor aquí le paro.

No menos pretensioso, pero sí más ligero y original es lo que el espectador halla en Mammuth, película dirigida por Gustave de Kevern y Benoit Delépine que protagoniza un muy gordo y muy sucio y muy encantador Gérard Depardieu, quien da vida a un carnicero grandulón que trata de encontrar un nuevo sentido a su vida luego de su jubilación. Ejercicio sicotrópico y atrevido, será gustado por esas audiencias que se inclinan por el cine hilarante y experimental. Incluye además una secuencia de lo más poco convencional que yo haya visto nunca, y que el personaje encarnado por Depardieu y su supuesto primo protagonizan. ¡Gulp!

Das Ende
Respiro hondo, exhalo satisfecho. Me siento cansado y feliz al mismo tiempo, como después de jugar un largo partido fútbol bajo la lluvia. La Berlinale apenas llega a su fin –en unas horas darán los resultados de la premiación, mismos que serán publicados en la próxima entrega-, pero padezco ya una nostalgia instantánea, una melancolía de café expreso o de analgésico suministrado por vía intravenosa. Trataré de reponer esta pequeña pena por la noche, en unas horas, cuando mire Repulsión (Roman Polanski, 1965), la única cinta de la sección Retrospectiva que tendré oportunidad de atender. Y seguro que así será, que siquiera me sentiré tranquilo, con una calma apenas perceptible pero gozosa. Después de todo, siempre me quedará Berlín. 

Staff Cine PREMIERE

Este texto fue ideado, creado y desarrollado al mismo tiempo por un equipo de expertos trabajando en armonía. Todos juntos. Una letra cada uno.

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