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El Cine en el Sueño y la Vigilia

COLUMNA Kino central

Por: Carlos Jesús González

19 / 01 / 2012

El Cine en el Sueño y la Vigilia

Tal vez lo dijo el escritor Vila-Matas en alguno de sus artículos. O no. Quizá no fue él sino otro escritor de esos que provocan que uno se sienta solo en un estadio de fútbol inmenso en medio de la lluvia -a mí al menos tal es la sensación que me despiertan las líneas de mis autores favoritos-, pero a lo que iba es que en algún lado leí que había muy pocas cosas en el mundo que fueran tan impactantes, tan increíblemente intensas como quedarse dormido en una función de cine para despertarse en el preciso instante en el que se proyecta una escena clave de la cinta en cuestión. Digamos que dicha experiencia es semejante a la de volver en sí tras un desmayo, tan electrificante -y al mismo tiempo inquietante- como dormirse en el regazo con un libro que, anclado a las emociones, se sigue escribiendo en los sueños.

Confieso que al menos eso me ha ocurrido en unas tres ocasiones. Sinceramente, dos de ellas no las recuerdo con precisión, pero la otra eriza mi piel cada vez que la evoco. A manera de recuento, baste decir que ese día fui al cine sin compañía alguna, a la última función y absolutamente agotado tras una semana plagada de exámenes universitarios. Estaba tan cansado, que creo que apenas y aguanté algo así como los diez primeros minutos, de los que me vienen a la memoria la imágenes de un Gary Oldman muy despeinado y con el rostro severo, como si se hubiera bebido tres copas de amargura y ajenjo. Y después solamente hay negros. O más bien solamente uno. Un único hueco negro en el que me deslicé hasta reposar en su insondable fondo. ... Después mis ojos se abren al tiempo que mis oídos se dilatan. En estos últimos las notas de la Novena Sinfonía de Beethoven se cuelan con habilidad de garrapata al tiempo que miro una pantalla muy oscura, casi de final de función. Pero no es así. Hay algo que contrasta con ese abismo opaco y muerto. Es una figura humana. La figura humana de un muchacho -casi un niño- que flota en ángulo horizontal. La música llega entonces a un punto climático y la toma se abre al tiempo que el cuerpo de agua va transformándose en una bóveda de estrellas.

Así, y gracias al cine -y, por demás, de manera sublime- ése Beethoven adolescente que sufría las constantes golpizas de su padre es redimido, llevado al infinito, inmortalizado en el firmamento. Y yo no podía creer lo que veía. Y quizá hay veces que sigo sin creerlo. Que creo que simplemente lo soñé porque algo tan bello solamente es factible de encontrarse en los sueños. Para comprobarlo bastaría con volver alguna vez -ahora sí completa- la película de la que hablo y que creo que la mayoría de ustedes conoce. Pero mejor dejarlo así. Mejor que que cuando envejezca, dentro de muchos años, y duerma en otra función a causa del peso del tiempo, el porvenir, el destino, dios o como se le quiera llamar, me regale algo parecido.

Es de preguntarse -con curiosidad fervorosísima- si alguno de ustedes ha tenido una experiencia similar. Se valen, incluso, las que no sean tan agradables. Lo que cuenta es que hayan quedadas atadas a la mente, su absoluta imposibilidad de naufragar en el olvido. Jamás.

Carlos Jesús González

Carlos Jesús (aka Chuy) es escritor y periodista freelance. Desde 2006 radica en Berlín, desde donde colabora para distintos medios. Sus pasiones son su familia, la cerveza, escribir relatos y el cine de los setenta.

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