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El Rojo amanecer interminable
Kino central
Carlos Jesús González

El Rojo amanecer interminable

Por lo general las fechas no me dicen nada. Mi memoria es resbaladiza, tramposa, esquiva. Olvido los cumpleaños de mis mejores amigos y no recuerdo aniversario de enamorados alguno que me haya atrapado con un buen regalo en las manos. En resumen, soy un desastre. Sin embargo, y por razones que no comprendo en absoluto, el 2 de octubre es una fecha que jamás olvido. Como si se aproximara una cita con el dentista, soy invadido en días previos por una sensación incómoda que empieza por la nuca y se expande por mis extremidades y la angustia se instala en mis noches, inmiscuyéndose entre mis sueños o de plano rebotándome de la cama por las madrugadas, dejándome con esa cara de pregunta abierta e irresoluble que llevan los insomnes incurables.
Si tuviera que decirlo en una frase, yo diría que el 2 de octubre me duele. No viví la fecha, por supuesto, pero el espíritu de lo acontecido en Tlatelolco en 1968, su fantasma indómito ha navegado alrededor mío desde la primera vez que se me narraron los hechos. Ahora que lo pienso, probablemente lo hizo mi padre en una tarde de domingo, en una de esas tardes de domingo soleadas en las que mi mundo no rebasaba el tamaño de una cuadra. En cualquier caso, lo que escuché me marcó para siempre, quizá porque fue la primera vez que fui capaz de razonar lo que era el poder y hasta dónde podía llegar el ser humano con tal de conservarlo.
Después, ya durante mi adolescencia, vinieron La Noche de Tlatelolco, acaso el único libro salido de la pluma de Elena Poniatowska que me sigue pareciendo obligatorio y luego, a medio sexenio salinista, Rojo amanecer, cinta de Jorge Fons que se nutre en un ochenta por ciento de los testimonios recogidos en el texto de la escritora mexicana y que traumatizó a tres cuartas partes de los espectadores que la miraron -y para otros, como yo, fue directamente el tiro de gracia-. De crudeza brutal, el filme ahora me parece como salido de la mente de Michael Haneke tras aventarse un maratón de películas de Arturo Ripstein. De hecho me marcó tanto que miento si digo que lo primero que me vino a la cabeza cuando supe que el actor Eduardo Palomo había muerto -bastantes años después de su estreno y ya cuando la gente únicamente lo recordaba por su papel como Juan del Diablo-, fue su cuerpo ensangrentado y tembloroso en Rojo amanecer, su voz rota y adolorida, ése retrato absoluto de la agonía llevado al celuloide. Más que la agonía, de la desesperanza.
Alguna vez pensé que en México jamás podría repetirse algo parecido, que la violencia de connacional a connacional, cualquiera que fuese la situación, nunca sería peor que la que se registró en ese 2 de octubre. Por desgracia me equivoqué y los amaneceres mexicanos no han dejado de teñirse de escarlata. Por desgracia, insisto, me equivoqué y los empleados municipales, que dijera Paz, no dejan de lavar la sangre en nuestras incontables e infinitas Plazas de los Sacrificios.
¿Alguien vió en su momento Rojo amanecer?, ¿qué recuerdan de la película?
Aquí les dejo una de sus escenas:
 

Las observaciones de esta columna son exclusivas del autor y no necesariamente reflejan la opinión oficial de Cine PREMIERE

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