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En el nombre del padre (un regreso)

COLUMNA Kino central

Por: Carlos Jesús González

24 / 10 / 2011

En el nombre del padre (un regreso)

Son pocas las veces que en mi inestable vida como bloguero he justificado alguna ausencia. Ahora viene al caso, no solamente por el respeto que me merece la gente que me lee aquí, que es basto y ese sí, a todas luces, justificable, sino por la muy particular naturaleza de aquello que me dejó por algunas semanas fuera de este foro. De hecho no se trata de una cosa sino de dos. De la primera bastará decir que me mudé de casa y que en Berlín irse de un barrio a otro es en muchos sentidos como moverse de Argentina a Turquía o de Australia a Alaska–siquiera en precio y en el grado de estrés que padece el iluso mudado- y que, cual si de un pecado se tratara, al menos para la compañía de Internet a la que se me ocurrió contratar, se me ha castigado con tres semanas sin el mentado servicio (de hecho todavía no lo tengo, lo que me obliga a escribir desde el primer café que encontré en mi nueva colonia), factor que digamos que no ha facilitado precisamente mi existencia. Para terminar, sólo diré que, por inconcebible que pueda parecer, hay cosas que funcionan mejor, al menos en lo que al servicio al cliente respecta, en esos países calificados como “en vías de desarrollo” que en los que se ufanan de poseer un primermundismo absoluto. Y a las pruebas me remito.

Bastante más difícil de sobrellevar que este desplazamiento fue el otro hecho que provocó mi ausencia. Más allá: me dejó paralizado. Se trata de algo bastante íntimo pero he decidido ponerlo en blanco y negro en aras de que mi silencio involuntario se entienda lo mejor posible: mi padre fue sometido a una delicada operación cardíaca y créanme que vivir una situación de este tipo a la distancia no es nada envidiable. No por nada, y ya que estamos en un blog de cine, situaciones del tipo se prestan para que, como se dice en España, uno “se monte su propia película”. Yo, pues, me monté la mía (aunque la mayor parte del tiempo, y gracias a las personas que me rodean y me quieren, estaba tranquilo), y por lo común consistía en una cinta tan mala como inquietante, algo parecido a una pesadilla de David Lynch, una en la que la bruja-madre de Salvaje de corazón se me aparecía a todo momento revelándome los augurios más fatalistas. Por fortuna estas quimeras se revelaban poco e inmediatamente trataba de desecharlas de mi cabeza para dar entrada a pensamientos más positivos. Entre ellos, he de decir que vinieron a mi cabeza varias de las películas que fui a ver con mi padre y el recuerdo fue tan vívido que incluso pude recordar en ciertas ocasiones las salas cinematográficas correspondientes a cada cinta: Karate Kid en los Hollywood; Las brujas de Eastwick en los Satélite, donde también me llevaría a las funciones de La Bamba y Gremlins. Pero el recuerdo que más me conmovió fue cuando, a petición mía, fuimos a ver Imagine, el documental sobre John Lennon, al mítico cine Apolo. A él en realidad, y pese a haber vivido la época que los hizo famosos, los Beatles nunca le parecieron especiales, pero aun así sabía que para mí eran lo máximo y eso le bastó para tragarse dos horas de lennonismo intravenoso apto únicamente para fans.

En sí, mi padre se declinaba y se declina –el modo presente se debe a que por fortuna todo salió bien con la operación- por el Blockbuster. Su escuela apuesta, pues, por el cine como vehículo de divertimento y gozo visual, acaso como vía de escape. Pero nada más. Durante años se lo he achacado –y probablemente seguiré haciéndolo-, y bastará con que se preste la ocasión para recordarle que se durmió en la función de ¿Quieres ser John Malkovich? apenas a los diez minutos de empezada la función, y que luego salió del cine criticándola categóricamente, como si su siesta de más de dos horas hubiera sido algo y mi hermano y yo alucinamos o como si ésta hubiera tenido lugar dentro de la película misma, en fin, una cosa de lo más extraña y por la que todavía discutimos y discutiremos con carcajadas de por medio.

En sí, y aunque lo critique o sea factor de polémica, respeto sus gustos. A decir verdad, lo que más quiero ahora es que siga disfrutando sus películas de “guamazos” y que siga riendo con las gringadas más absolutas entre una palomita y otra. Y que tenga tiempo o se dé el tiempo de mirar de nuevo algunos de sus filmes favoritos de siempre que conocí gracias a él y que, esos sí, nada tienen de convencionales. Por el momento me llegan a la memoria Nacidos para perder (The born losers), Amarga pesadilla (Deliverance) y Rebelde sin causa.

Eso, que siga allí, viendo lo que sea, pero que siga.

Carlos Jesús González

Carlos Jesús (aka Chuy) es escritor y periodista freelance. Desde 2006 radica en Berlín, desde donde colabora para distintos medios. Sus pasiones son su familia, la cerveza, escribir relatos y el cine de los setenta.

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