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En España hemos dejado de ir al cine

COLUMNA LaMadrePatria

Por: Jaime Iglesias

11 / 02 / 2009

En España hemos dejado de ir al cine

 
Desde que el cine dejó de tener consideración de manifestación artística y comenzó a percibirse como un artículo de consumo ha ido creciendo la indiferencia del público hacia el mismo. La gente acude a las salas porque toca acudir, igual que toca ir a la disco, tomar unos tragos con los cuates o dar una vuelta por el centro comercial de moda, ir al cine es una opción de ocio más y no le damos mas valor que ese.
 
En consecuencia si el cine es un artículo de consumo nadie atiende a calidades, en esta sociedad voraz prima la cantidad por encima de la calidad y el hecho de asistir a una proyección pública en sala oscura con una calidad de imagen y sonido óptima parece no compensar el desplazamiento, el estacionamiento y el gasto en el precio del boleto frente a la opción de quedarse en casa y ver, no una, sino varias películas en la pequeña pantalla del televisor o, aun peor, en el monitor de la computadora en unas condiciones que dejan bastante que desear.
 
La gente no ve cine, consume cine que es algo muy diferente. En España, la asistencia a las salas descendió por cuarto año consecutivo en 2008, la caída de espectadores ha sido la más espectacular de entre todos los países europeos. Pero lo peor de esta coyuntura es el hábito que se está generando de no asistencia a las salas. Es desesperante comprobar como cuando en una reunión de amigos alguien comenta “fui al cine a ver esta película y la verdad es que merece mucho la pena” siempre hay alguien que responde “¡ah! pues a ver si me la bajo”. El problema no es la piratería en sí sino la rutina que genera, la costumbre que crea. Porque pensemos que en 2005, España, era después de Gran Bretaña y Francia, el país que registraba una mayor asistencia a las salas de cine.
 
Sin embargo más allá de estos datos uno cabe preguntarse a que salas de cine puede acudir el espectador cuando el cierre de estas es masivo. Antes ir al cine constituía un ritual, era desplazarse ir a la Gran Vía, dejarse deslumbrar por sus neones y finalmente sacar tus entradas para un estreno exclusivo que compartías con otras 1000 personas. Hoy, uno pasea por Madrid y contempla que de las 22 pantallas que albergaba la Gran Vía tan solo quedan ocho operativas y lo peor no es que cierran cines para abrir un teatro o una cafetería, lo mas dañino a la vista es contemplar como los edificios que albergaban algunos antiguos cines como el Rex o el Avenida amenazan ruina mientras de las marquesinas cuelgan aun los espectaculares de las ultimas películas exhibidas ha mas de dos años y en su antaño suntuosa entrada duermen hoy mendigos.
 
Hoy, sin embargo, las principales salas forman parte de la oferta de ocio de los grandes centros comerciales de la periferia ya no se trata de echar el domingo sino de ir en coche, estacionar, subir dos tramos de escaleras mecánicas, ir al cajero para retirar los boletos que previamente se han reservado por internet, sentarse en la sala, disfrutar de la película, ir a alguna franquicia de la alimentación después de la sesión para reponer fuerzas, descender las escaleras mecánicas, agarrar el automóvil y regresar a casa. Sospecho que es la monotonía que implica este ritual la que nos disuade de ir a los cines mucho más que la opción de bajarnos a través del e-mule la película en si. Cuando desaparece la magia, se aniquila la ilusión y sin ilusión es bastante sencillo infravalorar los placeres que nos puede proporcionar ver una buena película en la oscuridad de una sala de cine.
 

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