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Jess Franco: De Orson Welles al cine porno

COLUMNA LaMadrePatria

Por: Jaime Iglesias

18 / 01 / 2009

Jess Franco: De Orson Welles al cine porno

Este año el Goya de Honor que tiene a bien conceder la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España como reconocimiento a toda una carrera, va a reconocer la obra de un cineasta insólito, de un auténtico francotirador de la industria audiovisual, su nombre es Jesús Franco. Director, montador, guionista, intérprete, compositor y lo que le echen, este veterano “hombre de cine” ha sido a lo largo de sus 50 años de trayectoria, el auténtico Rey de la “Serie B” made in Spain. Sus admiradores se cuentan por decenas –entre sus fans declarados está Quentin Tarantino–, sus detractores también son muchos, sobre todo en nuestro país, haciendo, una vez más, bueno el dicho de que “nadie es profeta en su tierra”.

 
Reconozcamos, no obstante, que la “Serie B” nunca ha tenido buena prensa y que, únicamente, de un tiempo a esta parte, se ha venido reivindicando como esencia de la cultura de masas. En términos económicos se trata de películas altamente rentables, dado lo bajo de sus costos, y al fin y al cabo “hacer industria”, el viejo anhelo de los profesionales del cine en España, pasa precisamente por este tipo de realizaciones: largometrajes adscritos a los géneros tradicionales con preferencia por el terror, el fantástico, la comedia y el erotismo, realizados al gusto de un público amplio por artesanos curtidos en los entresijos de una profesión en la que sobran artistas y faltan buenos profesionales.
 
Todo eso es correcto pero ¿qué pensarían ustedes si la Academia del Cine Mexicano honrase con su Ariel de Honor al Santo o en Argentina Armando Bo e Isabel Sarli obtuvieran un reconocimiento semejante? Personalmente me parecería justo ya que sus películas, llámense “nacadas”, están en la memoria de muchos espectadores e irremediablemente han marcado a más de una generación.
 
La carrera de Jesús Franco, nacido en el seno de una familia de amplio reconocimiento entre las elites intelectuales españolas puede asemejarse, sin problemas, a la de los artistas citados. Tras debutar a comienzos de los años 60 como director de comedias insustanciales y ñoñas muy del gusto de la época su progresivo flirteo con el terror, en su versión mas bizarra, con títulos como Gritos en la noche  o La mano de un hombre muerto, le abren las puertas del mercado internacional al cuál accede después de haber sido ayudante de dirección de Orson Welles en Campanadas a Medianoche (film rodado en España) y de protagonizar El extraño viaje de Fernando Fernán Gómez. Alentado por la interesante factura que presentaban los films de “Serie B” que en aquellos se momentos rodaban en Francia, Italia o Alemania y asumiendo que en España la maquinaria de la censura franquista le impedía poder realizar el tipo de cine que a el le interesaba, resolvió emigrar u colocar su cámara allí donde era contratado sin dejar de rodar películas en su país de origen.
 
Consumado especialista en el cine fantástico desde una óptica pop que mas que con Roger Corman le emparenta con Mario Bava y Dario Argento, una de las primeras concesiones que tuvo que hacer a sus productores extranjeros fue firmar sus trabajos bajo seudónimo, por aquello de que nadie se tomaría en serio películas de terror con personajes anglosajones ejecutadas por un cineasta español llamado, para mas señas, Jesús (como el hijo de Dios) y apellidado Franco (como el dictador). Así surgen los “alias” de Clifford Brown, Robert Griffin y, sobre todo, Jess Frank, macarrónica adaptación al inglés de su nombre original, que fue con el que hizo mástil fortuna.
En la década de los 60 y hasta mediados de los 70 rodó varios films hoy considerados “de culto” como Necronomicón, Justine (adaptación de la novela homónima del Marqués de Sade),  La sangre de Fu Manchú, Vampiro Lesbos o Maciste contra la reina de las Amazonas. Con el británico Christopher Lee llegó a rodar películas protagonizadas por el Conde Drácula financiadas, en su mayoría, por capital alemán.
 
A finales de la década de los 70 y aprovechando la relajación de costumbres que siguió en España al proceso de Transición Política, le pegó duro al cine erótico, la incomprensión social hizo el resto. Para algunos críticos, aquellas obras eran, simple y llanamente pornografía, a lo que se ve en España la moral seguía siendo rígida y Jesús Franco, harto de hacer cine para mojigatos y que tildaran sus películas como pornografía se pasó directamente al cine X, en el que estuvo trabajando exhaustivamente hasta iniciados los años 90.
 
Olvidado por la industria, siguió rodando “Serie B” en el extranjero hasta que en 1997 y apadrinado por Santiago Segura realizó esa regocijante guarrería titulada Killer barbys en las que los componentes del grupo pop homónimo iban, después de un concierto, a dar con sus huesos a un siniestro castillo donde un grupo de enajenados científicos y monstruosas criaturas trataban de exterminarlos en medio de una autentica orgía gore. A partir de ese momento el nombre de Jesús Franco se rehabilitó y, aunque nadie en su sano juicio, reivindique la ínfima calidad de sus trabajos (de hecho ni a él mismo se le ocurre presumir de filmografía), lo que sí se tuvo a bien es reconocer sus méritos como hombre de cine, su singularidad y su absoluta sabiduría sobre los entresijos de una industria que él ha conocido de primera mano a lo largo de todos estos años entregado a la “Serie B”, tal y como se refleja en su libro autobiográfico: Memorias del Tío Jess.
 
 
A mí, particularmente, me hace gracia que se le haga depositario de un Goya de Honor, me hace gracia y me congratula a la vez, creo que se lo merece y como él otros muchos cineastas que han desarrollado su carrera en las alcantarillas de la industria brindándonos momentos de sincero regocijo dejando al margen toda clase de prejuicios. El tío Jess es mucho tío.
 
 

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