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Kinski 4 Ever

COLUMNA Ciudadano Rosebud

Por: Carlos Jesús González

22 / 05 / 2009

Kinski 4 Ever

Desquiciado, excéntrico, maniaco e irreverente. Su boca de serpiente parecía hecha para morder serpientes. Sus ojos saltones de sapo en celo sólo podían pertenecer a un esquizofrénico o a un asesino de prusianos a sueldo. Dicen que era adicto al sexo, a los cigarros y a las buenas conversaciones, y que tenía igual capacidad para repartir odio que para hacerse odiar, y que momentos antes de morir se rió a mandíbula batiente, con carcajadas macabras que sonaron casi idénticas a los graznidos que los cuervos y las urracas macho emiten para cortejar a las hembras.

Dicen, dicen, dicen.

Más Iggy Pop que, digamos, Bruno Ganz, Klaus Kinski es a la fecha el ejemplo perfecto de ese actor-rock star en que todo histrión de celuloide -al menos en el fondo-  desearía convertirse, aquello que intérpretes viscerales como Gary Oldman o Birol Ünel quisieron ser pero no les alcanzó ni el hígado ni la locura. Gracias a su híper histrionismo y la facilidad que mostraba por la flagelación autoinfringida al momento de entrar a escena, Kinski creó una escuela de la que, hasta el momento, ha sido el único alumno digno de tomarse en cuenta. Suyos eran el azote gratuito y el gesto cincelado con cada uno de los músculos de su cara, el hacer saber al mundo, o más bien, el recordarle al planeta Tierra que la germanidad todavía tenía tripas removibles y un corazón frágil y susceptible a la destrucción.

De haber llegado a Berlín hace treinta años, haría lo que tuviese en mis manos para conseguir una entrevista con él, ello aunque tras un rato que me imagino más bien corto, cansado de mis preguntas y de mi persona y de mi mal alemán, Kinski me insultase y después me escupiese -estoy seguro de que cuando hablaba dejaba a sus interlocutores bañados en su saliva de reptil- y luego, agotada su limitadísima paciencia, terminara por gritarme a dos centímetros de distancia con la brutalidad de un miembro de la Gestapo con dolor de úlcera duodenal y sangrante; sí, buscaría dicha charla incluso pese a correr el riesgo de que, al igual que al director Werner Herzog, al final me amenazara de muerte lenta y dolorosa a través de cartas repletas de muñequitos colgados en sogas y dibujados en sus márgenes.

No mentiré si digo que lo primero que pensé cuando decidí mudarme a Alemania, probablemente a manera de aliciente, fue que al menos se trataba de la tierra de Kant y de Nietzche, de Wagner y de von Kleist, de Liebermann y, sí señoras y señores, también del gran Klaus Kinski, el brujo cósmico del escenario, el santo patrón de los sobreactuados, el anticristo del cine alemán... la ira de Dios hecha carne.

Aquí podemos ver el trailer de Mein Liebster Feind, interesantísimo documental de Herzog que versa sobre su relación con el intempestivo Kinski:

Y aquí es posible apreciar a Kinski en plena acción confrontando al público durante la presentación de Jesus Christus Erlöser, consistente en un monólogo en el que interpretaba el papel de Jesucristo. El incidente tuvo lugar en la década de los setenta, justamente en el paso de la gira por Berlín, cuando la gente empezó a insultarlo y él a devolverles la afrenta sin nunca abandonar, claro está, las exageraciones:

Carlos Jesús González

Carlos Jesús (aka Chuy) es escritor y periodista freelance. Desde 2006 radica en Berlín, desde donde colabora para distintos medios. Sus pasiones son su familia, la cerveza, escribir relatos y el cine de los setenta.

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