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La película más triste del mundo
Viajes a la luna
César Albarrán Torres

La película más triste del mundo

En 2003, el director canadinse Guy Maddin estrenó The Saddest Music in the World, extraño y maravilloso filme sobre un concurso organizado en Winnipeg y convocado por una baronesa que por piernas portaba unos enormes tarros de cerveza, para elegir la música más triste del mundo. En este mundo en 8mm y materialidad atemporal, desfilan músicos croatas, africanos y hasta mariachis (los concursantes se van eliminando, los triunfadores caen en un enorme barril de cerveza).

En fin, todo esto viene a colación porque ayer vi una película australiana que, de organizarse un concurso similar en el ámbito cinematográfico, de seguro ganaría. Se trata de Mary and Max, de Adam Elliot, animación de stop motion que abrió Sundance el año pasado y que trata sobre una niña australiana que, intrigada si es cierto que, como dice su padre, los bebés se encuentran en el fondo de un tarro de cerveza, le escriba a un norteamericano, Max Horovitz, escogiendo su nombre al azar en el directorio telefónico (en los primeros minutos del filme, nos recuerda a Ámelie). Lo que sigue son años de correspondencia entre esta pequeña que luego crece y se da de frente con la vida, y Max, comedor compulsivo, paranoico, infeliz, neoyorquino. La cinta, como lo hiciera Up en el mismo 2009, expande los límites de un género, la animación, que ha dejado de ser mero vehículo para vender artículos promocionales y se ha tornado en un medio de expresividad ilimitada en que se pueden tratar tribulaciones como la viudez, la soledad, el alcoholismo y el aburrimiento extremo. En Elliot, la industria tiene a un director al que no hay que dejar de seguir.

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