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Las bodas de Anne Hathaway

COLUMNA Viajes a la luna

Por: César Albarrán Torres

02 / 02 / 2009

Las bodas de Anne Hathaway

Ayer presencié el nacimiento de una actriz. No una niña bonita que se ve bien (a veces) ante la cámara y tiene buena memoria para decir sus líneas y domina el espacio. No: una mujer a la que no le da miedo echarse un clavado hasta lo más cabrón de su interior (real o imaginario) y escupirnos alegría y tristeza en la cara, explotar y dejarnos entrar en su intimidad, verse rota, todo menos una princesa. En la tarde, a eso de las siete de la noche, G y yo fuimos a ver Guerra de novias, con Anne Hathaway y una muy disminuída Kate Hudson. Ya sabía que me esperaba una comedia romántica promedio, que el plot sería predecible y que por dos horas podría ver a Anne Hathaway, que me gusta desde que vi The Devil Wears Prada y después Get Smart, enloquecerse al competir contra su mejor amiga por la fecha de su boda. No vale la pena seguir hablando de este verdadero bodrio: obviemos las sobreactuaciones, lo mal que se ve Hudson y lo poco favorecida que, sorprendentemente, se ve Anne Hathaway.... Pero regresamos a casa: un poco cansado, ajeno a la fiebre del Super Bowl (¿quién ganó?), escogí otra película: Rachel Getting Married. Ahí, Anne, delgada, de pelo corto, de tez pálida, es Kym, una exdrogadicta que regresa a la casa paterna para asistir al matrimonio de su hermana, una celebración llena de música, fantasmas de los tiempos pasados y un ambiente multicultural, muy a tono con la era Obama. La cinta de Jonathan Demme (coincido con PT Anderson en que es uno de los mejores realizadores norteamericanos vivos) es quizá lo mejor del 2008: al estilo Dogma, pero refinado, narra los eventos de la noche anterior a la boda y la larga jornada nupcial. Como sucede con todo exdrogadicto o con cualquier hijo conflictivo, Kym busca ser el centro de atención, y toma la oportunidad de la boda para destapar la cloaca de sus resentimientos, de sus perdones, de sus culpas no asumidas. Anne Hathaway brilla: se te olvida que es la sexy agente del vestido entallado en Get Smart, o la esposa vaquera de Jack en Brokeback Mountain, o la niña que hace mucho dejó de ser princesa. Anne ES Kym, con todas sus heridas y su cuerpo diminuto adornado de tatuajes, con su ternura escondida tras capas y capas de self pity, con los cigarrillos que consume para no hablar. Me atrevo a decir que Hollywood, en el temprano siglo XXI, será de Anne, de la Anne que, por fortuna, ya no se siente en su elemento nadando en las aguas del chick flick barato, la Anne a la que dio luz Jonathan Demme, la Anne que podría ser, sí, la heredera de Jodie Foster.

César Albarrán Torres

Es investigador del Programa de Culturas Digitales de la Universidad de Sydney. Es el editor fundador de cinepremiere.com.mx y escribe sobre cine, televisión y tecnología en diversos medios nacionales e internacionales.

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