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Las comedias trágicas o las tragedias cómicas de Alexander Payne

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05-02-2012

Era un invierno inclemente, de esos que hacen que descubras huesos que no sabías que existían y que te hacen sentir el paso de la edad. Yo vivía en Toulouse, Francia, en un departamento de 35 metros cuadrados en el que llevaba días encerrado, leyendo Middlesex de Jeffrey Eugenides, presa de las nevadas y de […]

Era un invierno inclemente, de esos que hacen que descubras huesos que no sabías que existían y que te hacen sentir el paso de la edad. Yo vivía en Toulouse, Francia, en un departamento de 35 metros cuadrados en el que llevaba días encerrado, leyendo Middlesex de Jeffrey Eugenides, presa de las nevadas y de una melancolía que amenazaba con ser una suerte de depresión. El mal de los exiliados, tal vez. Entonces marqué el teléfono de casa de mis padres y hablé con mi mamá, una mujer sabia y bastante práctica. "Estoy medio depre", le dije. A lo que respondió: "Pues deberías de ir al cine, tu papá y yo acabamos de ver una película muy chistosa con Jack Nicholson, algo de un tal señor Schmidt".

Me incorporé, me tomé un cafecito bien cargado, me puse bufanda-guantes-gorro-suéter-abrigo y salí al tenaz frío europeo. Habían pocas personas en la calle ("Todas han de estar a puerta cerrada, con sus familias", pensé), y el cine Utopia se reveló entonces como un oasis (disculpe usted el grosero cliché) en medio del ambiente gris. Me compré una Coca Light, unas palomitas y un Toblerone, y me senté en la butaca dispuesto a reír y olvidar la saudade por unas dos horas. Y entonces comenzó la historia del tal señor Schmidt, un viudo recién retirado que encuentra algo de alivio enviándole dinero a un niño en África, y escribiéndole cartas de una curiosa ternura. Comenzó entonces un road trip existencial intensísimo que a mí me pareció la cosa más triste del mundo, y que me hizo llorar en aquella sala del cine Utopia, tanto por Schmidt como por mí. Por la ridiculez de la existencia humana. Por las ausencias y los desencantos y el poder redentor del cariño y la familia. El Toblerone adquirió un sabor extraño pero placentero, aderezado con esas lágrimas mías, escasas pero tan saladas como el mar. Fue una real catarsis, uno de esos extraños momentos en que lo que ocurre en tu vida y lo que se despliega en pantalla entran en una perfecta sincronía. Salí de la sala abatido pero también liberado, pensando en mi padre y en lo que haría si un día (toco madera) mi madre le llegara a faltar. Salí triste, sí, y pensando en mis propias ausencias, reales e imaginarias. Quería invitarle una copa de vino francés a Jack Nicholson, apoltronarnos en una mesa del Café Saint Sernin y decirle que todo estaría bien, pero también que nada estaría bien, que así es la vida. Le llamé a mi madre y le reclamé aún con la voz entrecortada: "Me dijiste que era una comedia, que estaba chistosísima, y terminé más depre. ¿Me pasas a mi papá?".

Como buen cinéfilo investigué quién era el director y me topé con el nombre de Alexander Payne, quien hoy es de mis cineastas favoritos y de quien ya había visto la muy divertida Election. Volví a ver About Schmidt unos años después y, ahora sí, reí en ciertas escenas. La he visto unas cinco veces y cada vez la experiencia es diferente, y mis reacciones van de las sonrisas a los nudos en la garganta, en ocasiones en los mismos segmentos del filme (como cuando intenta besar a aquella mujer que le ofreció su hombro generoso). Después vi Sideways (ahora que lo recuerdo, la vi precisamente con mi madre, ahora en una sala en Nueva York, también durante una helada tarde de invierno) y la reacción fue similar: un no-sé-qué-que-qué-se-yo que hace que cada vez que visitas la historia del novelista y el actor fracasados tu reacción sea diferente. En ocasiones las tribulaciones de Miles me hacen reír, pero en otras me ponen en el más profundo estado de instrospección. En los fotogramas de Sideways se encuentra, además, la respuesta al misterio de la amistad verdadera, esa que no tiene explicación pero que sin embargo nos define. La escena en que Miles bebe su botella de vino carísima, aquella que había guardado por años para un momento especial, en un vaso de plástico, abandonado por la desdicha en un restaurante de comida rápida, es la cosa más triste del mundo, pero también la más irónica, la más risible. La vida, pues.

Todo esto viene a colación porque acabo de ver The Descendants, la nueva gran cinta de Payne en la que vuelve a mostrarse como un gran conocedor del género humano, como un experto en las ironías de nuestro devenir cotidiano. La historia de un hombre que de pronto se ve obligado a ser un padre de tiempo completo cuando su esposa entra en coma me hizo sonreír, pero también me provocó un nudo en la garganta (y no es que yo sea de los que llora mucho en el cine). Sé que veré The Descendants en más de una ocasión, y que esa escena en la que el personaje de Clooney corre chaplinescamente por las calles de Hawaii me hará reír de pronto, y en otras cuantas ocasiones me hará sentirme mal por él y su incapacidad emocional. Y tal vez por mí y mis propios shortcomings. Siempre me he preguntado por qué la gente ríe tanto en los funerales y velorios: creo que la clave a este misterio está en la respuesta a la pregunta que me ronda desde esa tarde de inicios de 2003: ¿qué hace que el cine de Payne me haga sentir tan cómodo, pero también vulnerable?

Es investigador del Programa de Culturas Digitales de la Universidad de Sydney. Es el editor fundador de cinepremiere.com.mx y escribe sobre cine, televisión y tecnología en diversos medios nacionales e internacionales.

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