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Los abrazos rotos, las expectativas destrozadas

COLUMNA LaMadrePatria

Por: Jaime Iglesias

19 / 04 / 2009

Los abrazos rotos, las expectativas destrozadas

Para nuestro corresponsal en España, el nuevo filme de Almodóvar es una "decepción mayúscula". 

Los lectores de este blog saben que tenía mis recelos a la hora de ir a ver Los abrazos rotos de Pedro Almodóvar, y no habiendo acudido a las salas durante su primer fin de semana de exhibición, según transcurrían los días, la pereza se apoderaba de mí y realmente sentía una hueva tremenda, hasta que finalmente, este pasado viernes, a un mes de su estreno y cuando la fiebre almodovariana se ha visto considerablemente rebajada, opté por acudir al cine a encontrarme con esos abrazos que tanto prometían.

 
Al salir de la sala pensé que todos mis temores apuntaban precisamente a intentar evitar lo que finalmente aconteció: la decepción mayúscula. En este país cuestionar la calidad del cine de Almodóvar equivalía, hasta no hace mucho, a blasfemar. Actualmente más de un oportunista se incorpora impúdicamente al frente de quienes disparan con bala sobre el talento del director manchego, pero hasta hace poco el hablar mal de una película de Almodóvar te colocaba en franca minoría y lo peor de estar en una situación así es la obligación que tienes de justificarte ante el mundo como si hubieras incurrido en un pecado por el hecho de no rendirte a la evidencia de genialidad de un cineasta patrio que triunfa en medio mundo.
 
Las virtudes y los defectos que pesan sobre el cine de Pedro Almodóvar son los mismos desde hace más de veinte años, pero mientras las primeras se celebran, los segundos se silencian e incluso se trabaja en invertir su alcance hasta tratar de convertir lo ridículo en sublime y seguir así alimentando el ego de un artista que si en algo resulta excesivo es precisamente en su marcado narcisismo.
 
Esto nos lleva a la primera de las consideraciones que merecen hacerse respecto a porqué Los abrazos rotos es una película que avanza (lo cuál ya es mucho decir) hacia ninguna parte:
 
1-      Resulta francamente insoportable cómo Almodóvar se homenajea a sí mismo recreando, en la película que el ficticio cineasta protagonista de Los abrazos rotos está rodando, varias secuencias extraídas de Mujeres al borde de un ataque de nervios a modo de condescendientes guiños a su audiencia más fiel, esa propensa a babear ante el presunto magisterio almodovariano que, sin embargo, esta vez, a juzgar por las reacciones que ha generado la película, ha preferido esconderse debajo de las piedras antes que tratar de justificar lo injustificable.
 
2-      Almodóvar es un cineasta bastante autocomplaciente. Sus guiones adolecen de rigor, para el manchego basta poner en relación unos cuantos hallazgos y dos o tres buenas ideas para elaborar el libreto. Éste queda pues elaborado a modo de collage sin que, en ocasiones, de la suma de las partes se genere un todo homogéneo, sobre todo cuando Almodóvar se muestra tan convencido de la brillantez de sus diálogos que renuncia a cuestionar su funcionalidad dentro del complejo engranaje que es una película.
 
3-      La irrealidad de sus diálogos encuentra, no obstante, mejor acomodo en formatos de comedia, donde la distorsión en la representación favorece lo abrupto de sus réplicas, que en el drama donde la presunta genialidad degenera en fárrago (basta acordarse de algunas líneas de guión de Tacones lejanos, Carne trémula, Hable con ella, La mala educación o Todo sobre mi madre. Esta última, película muy reconocida, posee una confesión final del personaje de Toni Cantó (el travestí ex pareja de Manuela y padre de su difunto hijo) que resulta de pena ajena. Cierto es que ni Volver ni ¡Átame! ni La flor de mi secreto son comedias en sentido estricto, más bien tragicomedias, el género donde mejor se mueve Almodóvar y aunque a veces desbarre, puestos en balanza aciertos y errores, se asume una propuesta bastante interesante
 
Dicho todo lo cual en Los abrazos rotos acontecen en cascada los peores vicios del genio almodovariano (los que acabamos de enumerar a vuela pluma más algún otro) sin que aparezcan por ninguna parte las mejores virtudes de su cine, la mayoría de las cuáles tienen que ver con su inventiva visual, diluida para la ocasión en un conflicto demasiado verbalizado en su evocación de oscuros sentimientos y arduas pasiones que acontecen ante nuestros ojos sin provocarnos ni frío ni calor, sin que en ningún momento empaticemos con los personajes, asumiendo la naturaleza de los mismos como algo ajeno y ridículo que no nos toca porque no nos interesa.
 
 
Y es de lamentar esa autocomplacencia, esa impostura que lleva al cineasta a desaprovechar las posibilidades de un reparto de grandes actores, probablemente el mejor de todos cuántos ha tenido bajo sus órdenes, con nombres como los de Lluís Homar, Blanca Portillo o José Luís Gómez que son verdaderas glorias del teatro español y a los que Almodóvar reserva unos personajes cercanos a la caricatura como lo es el de Penélope Cruz de quien llegamos a pensar que Almodóvar únicamente la requiere para materializar en ella un fetichismo que le lleva a reproducir sobre el rostro de esta actriz lo mismo una evocación de la sensualidad de las maggiorattas italianas del cine de los 50 (Sofía Loren, Gina Lollobrigida o Claudia Cardinale), tal era su registro en Volver, que del glamour de Audrey Hepburn (espejo en el que se mira en Los abrazos rotos). Con todo, la torrencial potencia del protagónico de su anterior largometraje no puede ni por asomo compararse con la frialdad del que interpreta la actriz en Los abrazos rotos.
 
Talento dilapidado; que lo aprecien en el extranjero, próximo destino de un cineasta que tiene a gloria ser de los pocos que estrenan fuera de España. “Lo tengo que decir bajito”, comenta Almodóvar en un show televisivo de “prime time” dando a entender que no puede presumir de éxito en un país de envidiosos como éste.
Sin embargo lo que él cree que es envidia únicamente es desdén. Cuando nos endosa una película como Los abrazos rotos ¿qué pretende, que encima se le aplauda?

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