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Los papás de King Kong

COLUMNA LaMadrePatria

Por: Jaime Iglesias

08 / 05 / 2009

Los papás de King Kong

Uno de los momentos más emotivos que se han vivido estos días al calor de la inabarcable programación con la que nos obsequia el Festival Documenta Madrid, lo ha procurado el visionado de tres documentales etnográficos fechados entre 1925 y 1931 y dirigidos por Ernest B. Schoedsack y Merian C. Cooper, dos cineastas cuyo nombre quedó eclipsado por la extraordinaria repercusión que alcanzó sobre la imaginería popular King Kong (1933) su segundo largometraje de ficción.
 
Si recordamos la sinopsis del filme, éste se inicia cuando un grupo de cineastas se embarcan rumbo a una remota isla con la pretensión de rodar una película de inspiración etnográfica sobre los encantos naturales de dicho territorio. Pues bien, dicho punto de partida no es sino un homenaje (con algo de vocación paródica, todo hay que decirlo) de las andanzas previas de este par de veteranos de las fuerzas armadas para quienes el cine constituyó el medio idóneo desde el que dar rienda suelta a sus afanes aventureros. De este modo, antes de realizar King Kong, Schoedsack y Cooper acompañaron a la tribu de los bakhtiari en su peregrinar por tierras persas en busca de un nuevo asentamiento cuya excedencia de pasto garantice la supervivencia de su ganado y de la suya propia. Un recorrido que les hará atravesar caudalosos ríos en balsas sostenidas por aparejos flotantes realizados por piel de cabra, subir escarpadas montañas sin vías de tránsito a la vista, caminar descalzos por la nieve mientras los líderes de la tribu abren el paso a su pueblo y, finalmente, llegar junto a su ganado a la tierra prometida. Para que no quede ninguna duda de la presencia destacada de Schoedsack y Cooper en este inhumano peregrinar desafiando las leyes de la naturaleza por más de un año, la película concluye con el certificado expedido por los jefes de la tribu y rubricado por el cónsul británico donde se deja constancia de que ambos cineastas fueron los primeros extranjeros en ascender el poderoso monte Zardeh Kuh y recorrer las tierras persas cuyas locaciones dan sentido a este bello film titulado Grass.
 
 
 
Dos años después de estrenar este film Schoedsack y Cooper cambiaron las montañas iraníes por la jungla de Siam donde rodaron Chang (nombre con el que los nativos siameses conocen a los elefantes). Más amable y tierna que su largometraje precedente, en Chang resuenan los ecos de Flaherty y su Nanook el esquimal (1922) toda vez que como en aquél largometraje pionero, Schoedsack y Cooper presentan ante nuestra mirada a una familia nuclear próxima en comportamientos y actitudes al patrón occidental pero afectada por la pureza que se presupone a quienes resultan observados bajo el estigma que procura el mito del “buen salvaje”. En cualquier caso, nuevamente lo que aquí se nos narra es la lucha por la supervivencia de esta familia y de su pueblo ante los peligros inherentes que procura la jungla, un escenario natural en su plenitud primigenia. El modo en que estos pueblos hacen frente a los animales salvajes y capturan y domestican elefantes para que no les arruinen sus cosechas, divierte y conmueve por la épica narrativa que procuran Schoedsack y Cooper a su representación documental.
 
Así las cosas, cuando en 1933 estos dos directores aúnan esfuerzos en la realización de King Kong, vistos los antecedentes que acabamos de comentar y habida cuenta del tratamiento megalomaniaco que caracteriza al cineasta Carl Denham, protagonista de la cinta en su empeño por anteponer el cine a la vida, cabe preguntarse si tanto Schoedsack como Cooper no estarán cuestionando desde la vía del humor el sentido último de su trabajo y esa mirada condescendiente que reservamos en las sociedades avanzadas hacia lo que consideramos culturas exóticas donde el estereotipo prima sobre la verdad.
 
Posteriormente Merian C. Cooper trabajó como productor para su compadre John Ford en un buen número de películas mientras que Ernest B.Schoedsack mantuvo una anodina carrera como realizador intentado resucitar en vano el éxito de King Kong. Así las cosas cabe preguntarse si la mítica película sobre el gorila gigante no habría de ser percibida como el punto y final de un viaje que sus dos directores habían emprendido diez años antes, hasta el punto de dejarles francamente agotados en el intercambio de ideas sobre cómo ha de representarse el mundo real desde la honestidad.
 
En cualquier caso se trata de dos cineastas a recuperar
 
 

 

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