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Y dónde está el Blu-ray

Por: Sergio López Aguirre

25 / 06 / 2009
24/79

Monsters, Inc: La Teoría del Monstruo del Clóset

El monstruo del clóset. Como las enfermedades que ameritan cuarentena –ahora que el tema está tan de moda–, todos tuvimos al menos uno en la infancia. De hecho el mío, casi tan peludo y grande como el tal Sully de la cinta referida, pero carente de sus dulces rasgos de osito de marca de pan, tuvo la ocurrencia de visitarme justo cuando una varicela de antología me obligó al encierro a cal y canto. Lo peor que podía sucederme a los cinco años, cuando el mundo empezaba convertirse en algo que merecía la pena descubrir. Hipersensible a causa de la fiebre y condenado a pasar las noches en vela por una comezón que ni copiosos embadurnamientos de caléndula conseguían aplacar, mi estado era el de un zombie lúcido, al que perderse en el sonido de las gotas de lluvia o los ronquidos del hermano, le parece de lo más entretenido. Para ser claros, diría que el modo de percibir las cosas alrededor mío era similar al que el Al Pacino de Insomnia guarda en cierta secuencia de la película, cuando fija toda su concentración de policía insomne y culposo en el movimiento hipnótico de un ventilador, en sus sonidos de mini helicóptero, en la simpleza de su mecanismo.

Ciertamente frente a mí lo que menos había en aquel entonces, invierno del 79, era un ventilador, pero sí una puerta que por las noches, y por más que mi madre se asegurase de cerrar bien, se abría, con rechinido de cuento de Poe incluido, para dar paso a una masa informe –y, ya dije, cubierta de vello pequeño e hirsuto, como un kiwi gigante–, que se paseaba por mi cuarto con la parsimonia de un general recorriendo los terrenos recién conquistados por sus tropas. Confieso que, aunque al principio el miedo me hacía meterme bajo las sábanas –con un ojo siempre atento, asomado entre las mantas– hasta que mi monstruo concluía su rutinaria revista, su presencia se volvió poco a poco en algo esperado, anhelado incluso, hasta la noche en que por fin la calentura cedió y mi cuerpo se entregó al sueño. Luego no lo vi de nuevo, y al tiempo lo olvidé, como se olvidan tantas cosas de la niñez, sin sospechar que al cabo de tres décadas un filme de animación de argumento de entrañable sencillez bastaría no sólo para recordármelo, sino también para hacerme pensar que quizás aquella aparición no era maligna, sino buena y caritativa, y que su misión era velar por mi salud hasta que me aliviara por completo. Eso: que contra lo que comúnmente se piensa, los ángeles de la guarda no son rubios ni hermosos ni se sitúan en las esquinas de las camas, sino que son peludos y de común viven, entre tenis enlodados y cajas de juguetes, en los estómagos de los armarios.

–Carlos Jesús González
 

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