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Miley Cyrus

Por Vera Anderson

A Miley Cyrus, cuyo nombre real es Destiny Hope Cyrus y luego apodada “Smiley” (sonriente), la conocí cuando era todavía una niñita, hace un par de años. Ahora, a los 16, ya es toda una señorita en camino a convertirse en una mujer, y una estrella de la música y televisión. Afortunadamente, destellos de Miley, la niña normal con los pies en la tierra, todavía se alcanzan a ver.

¿Cómo han cambiado las cosas desde la última vez que nos vimos?
Es muy diferente. Antes solía caminar por la calle y ver un póster de Hanna Montana, con una foto tomada con alguien diciéndome que pusiera mi dedo frente a mi boca diciendo “Shhh”... no sé, me tenían que dirigir mucho, no sabía qué hacer. Y ahora camino por un cartel que dice Miley Cyrus y John Travolta protagonizando Bolt. Siento que he expandido las cosas por las que se me conoce.

En el filme hablas sobre tener un momento adulto, tu personaje, Penny, tiene que ser profesional a pesar de que su corazón se está rompiendo. ¿Cuál a sido tu momento adulto?
Suena bastante tonto, pero cuando voy a algún lado sin mi mamá, sigo sintiendo muy raro. Estoy muy acostumbrada a tenerla conmigo y que me de su aprobación. Es casi como si ella me diera seguridad. La primera vez que fui al Reino Unido mi mamá no pudo ir, y en ese momento me di cuenta que iba a tener que aprender a cuidarme yo sola porque ella no iba a poder estar siempre.

Sobre esas mismas líneas, tu personaje está muy regida por lo que la gente alrededor le dice y todos siempre la cuidan, ¿tu vida es así?
Pues no me levanto luciendo así, y esto toma un equipo completo de gente –ríe–. Me despierto, me pintan, me ponen en esta ropa y, aunque son de mi estilo, me dan como diez opciones que juntan ellos. No me veo tan bien cuando estoy en mi casa en pants y con el cabello amarrado. Sigo siendo una niña.

Pero como artista y como niña, ¿cómo te sientes al respecto de que tu vida esté siendo trazada por adultos?
Una cosa que yo no quería es que cuando me mudara a Los Ángeles, mi vida se convirtiera en un proyecto, donde crecer es tan sólo otra decisión de negocios, porque no lo es. Todavía estoy creciendo y necesito guías, pero no dejo que otra gente tome decisiones por mí. Hay veces en las que nada más quiero salir y decir lo que quiera, pero a veces hay que dar un paso hacia atrás y tomar un consejo. Mi abuelo solía decirme: “Cuando no sepas qué hacer, quédate parada”. Hay momentos en los que la niña dentro de mí necesita recordar eso. Lo más importante es rodearte de gente a quienes les importas y en quienes puedes confiar.

Todavía pareces muy natural, ¿alguna vez te ha pasado que alguien te diga que para ser estrella tienes que cambiar algo de quien eres?
Cuando apenas llegué a LA nadie entendía una palabra de lo que decía. Parecía que les hablaba en otro idioma. Siempre que pedía algo en el Starbucks se me quedaban viendo sin entender. Creo que mi acento sureño fue un problema al principio, lo mismo que tener la voz grave, porque sentían que debía ser más femenina. Pero es quien soy. Hay mil actrices muy femeninas allá afuera, pero ¡no hay tantas con la voz así y con un acento sureño tan pesado! –Ríe–. ¡Siempre lo pueden subtitular! La gente no estaba acostumbrada a ver las cosas que me hacen única, pero si tuviera que cambiar quien soy para estar en este negocio, no lo haría.

¿La actuación te da lo mismo que te da la música?
Creo que no hay muchas profesiones que te permitan hacer lo que tu corazón quiera, así que tengo suerte. Amo escribir canciones, me parece una forma muy buena de relajar tu mente cuando todo se nubla, es como una desintoxicación. Siempre digo que es como terapia gratis, porque sacas todo tu enojo, y no siempre funciona, pero me encanta. Es un gran escape y hay tantas canciones que he escrito sola que eventualmente me gustaría sacar. Ahorita estoy en un punto en el que disfruto trabajar con la gente con quienes lo hago haciendo buena música.

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