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Ringo, el Cavernícola

COLUMNA Kino central

Por: Carlos Jesús González

13 / 03 / 2009

Ringo, el Cavernícola

Una Mini-Ficción

                                                                                                                                                           Para Ch.

Yo conocí a Ringo antes que a los Beatles, o más bien, conocí a Atouk previo a saber que el individuo que lo encarnaba había sido baterista del mejor grupo que ha habido jamás en el mundo. Para que se me entienda mejor, los gritos Tooondaaa, Toooondaaa representaban para mí un mensaje mucho más reconocible y próximo que los yeah, yeah, yeah que posteriormente escucharía en She Loves You. Supongo que era un niño bastante precoz porque el origen de la reflexion anterior, digamos, esa película ochentera que en México fue bautizada como El Cavernícola, contenía gags para adultos que sin embargo yo entendía a la perfección, cosa que no deja de inquietarme dado que no tenía hermanos mayores y mi casa estaba forrada de cuadros con santos a los que había que rezar todas las noches.

Me alegra que pese a la educación conservadora de la que fui objeto, mis padres, tal vez desconocedores ellos sí de los chistes picantes que incluía en su script, dejaran que mi hermano y yo viésemos la cinta Beta de El Cavernícola cuantas ocasiones nos diese la gana. La pusimos tantas, pero tantas veces, generalmente después de comer y antes de hacer la tarea, que estoy seguro de que a la fecha soy capaz de describir cada uno de esos detalles pequeños que a cualquiera se le escaparían con sólo una primera ojeada, entre ellos el color y forma de los frutos que Atouk come antes de desmayarse, la cantidad de segundos que el T-Rex mueve los ojos antes de retorcer sus manitas y caer al precipicio, el momento preciso en que el monstruo de las nieves volteará su cuerpo ante la cámara para mostrar sus nalguitas rasuradas y redondas, casi femeninas. No contento con eso, puedo recordar la melodía clave de la cinta en cuestión de microsegundos y dibujar a la perfección cualquier letra con tipografía idéntica a la que se muestra en los créditos.

Eso, creo, me parece suficiente como para considerarme el fan número de El Cavernícola, al menos en México. Sí, es cierto que datos como el que la película haya sido filmada, al menos en parte, en nuestro país (en unos estudios en Durango, si no me equivoco), o que dentro de su casting se encuentre un jovencísimo Dennis Quaid también son importantes, pero ninguna información de este tipo vale si no se conoce lo llevado a pantalla como la palma de la mano. Con el tiempo, y a partir de que, claro, poseo el DVD, he llegado a tener incluso reflexiones meta-peliculeras, como la posiblidad de que Lar (Quaid), quizá de manera consciente, represente en pantalla el personaje de Sancho Panza, de Robin, de Kato, para con Atouk (Ringo), como producto de una revancha del mismo Starr, puesto que en la vida real él siempre desempeñó ese papel para con los otros integrantes del también llamado Cuarteto de Liverpool, sobre todo con respecto a John Lennon. Tal vez en la ficción, pues, Ringo Starr se concedió una especie de elegante venganza.

Aunque ciertamente y desde mi humilde opinión, no tenía necesidad de hacerlo. Para mí, al igual que para Marge Simpson y cientos de miles de personas más, Ringo siempre será el mejor Beatle, el más carismático, el más sencillo, el que mejor ha sabido vivir con su fama. Caveman y sus redobles enérgicos y exactos en She Said She Said me parecen más que muestras fehacientes de ello. Y si no que basten el que siga siempre sonriendo como si acabara de gastar alguna broma, su cara de ex-alcohólico reformado detrás de esas eternas gafas de sol o el que haya conquistado a ese mujerón que continúa siendo Barbara Bach (Lana en la consabida cinta).

Yo hoy, y a años de distancia de sentir a Ringo algo así como un tío que se fue a recorrer el mundo y ya no volverá más, aquel de cuya existencia uno se olvida hasta que llega una postal de lo más kitsch con su nombre y un chiste corto, brindo por él y por su Caveman, mi comedia favorita de todos los tiempos. Lo hago con este tequila doble que traigo en las manos y ese single original de su canción Photograph que me salió en un dineral pero que ha valido la pena. Y cuando termine trago y música me seguiré, como es mi tradición, con su mejor película, esa que en ocasiones siento que filmó solamente para mí.

Otra vez y para siempre.

 

Carlos Jesús González

Carlos Jesús (aka Chuy) es escritor y periodista freelance. Desde 2006 radica en Berlín, desde donde colabora para distintos medios. Sus pasiones son su familia, la cerveza, escribir relatos y el cine de los setenta.

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