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Sócrates -el Doctor-, héroe de tintes cinematográficos

COLUMNA Ciudadano Rosebud

Por: Carlos Jesús González

04 / 12 / 2011

Sócrates -el Doctor-, héroe de tintes cinematográficos

Sobre el universo del fútbol actual sinceramente sé poco. Diría que apenas poseo los básicos conocimientos que me permiten discenir los uniformes de uno que otro equipo -europeos, en su mayoría- y diferenciar, ya por sus cabelleras u otros rasgos físicos, ya por sus amagues en la cancha, a un Messi de un Rolando, a un Cacá de un Ribery, por citar algunos nombres.

En resumen -de no ser los mundiales de cada cuatro años, que esos sí no perdono-, ya no veo futbol.

Pero que me pregunten de jugadores famosos y de partidos históricos que podrían ubicarse entre 1978 y 1986. De eso sí que sé mucho porque los partidos de futbol eran mi cine y los jugadores mis ídolos cinematográficos. Porque cuando se tiene entre los 8 y 13 años cada partido es como una película. Se sufren y se gozan de igual manera, con la emoción circulando por aquellos huesos aún en desarrollo, por esas pieles estiradas que en su región facial se preparan para el acné adolescente, por esas mentes para las que el caprichoso movimiento de un esférico sigue siendo más atractivo que el contoneo de una precoz Lolita. Yo, que lloraba mucho y lloraba bien, con ganas -es curioso, pero esa virtud de llorarlo todo se me ha ido con los años-  lo hacía por igual con cada capítulo de Remi, aquella serie de televisión que nos rompió el alma a incontables niños, que cuando perdía el América, equipo que -como muchas otras cosas en mi vida que dejé de apreciar y defender-, ya no cuenta con mi favor.

Aunque sobre todo lloré a Brasil. Para ser específicos, en el Mundial de 1982, cuando perdió con Italia en un partido dramático que tuvo 3 a 2 como marcador final. Quizá lloré más a ese Brasil que a la mamá de Bambi -mi generación también pasó por ese dolor cuando alguien tuvo la maravillosa idea de reestrenarla a principios de los ochenta-, acaso la madre más llorada en la historia del cine.

A la fecha, Zico y Falcao me siguen sonando a nombre de grandes guerreros, caballeros jedi del fútbol, honorables y justos maestros, a la vez que Paolo Rossi y Dino Zoff invariablemente me provocan repele, una sensación de incomodidad que podría comparar a la que experimento cuando evoco al malvado profesor de los Kobra Kai en Karate Kid. Pero no cabe duda que sobre todos estos héroes y villanos al que recuerdo a mayor detalle es a Sócrates, un brasileño mediocampista alto y barbudo y con look de Ché estirado que parecía que saldría a la cancha a dar un discurso izquierdoso y no a hipnotiza al balón. Lo recuerdo siempre tranquilo, proyectando una sensación de coolness a la que apenas llega, y eso a veces, el mejor Steve McQueen, y que se mantenía incluso cuando tenía que pegarle a la bola desde los once metros. Lo recuerdo grande e imbatible, contorneado por un aura de calidad technicolor que a mí y a todos mis compañeritos de primaria nos tenía con la boca abierta, y su sitio ha permanecerá inamovible en ese rincón donde escondo los héroes de la infancia, junto a Han-Solo, Elliott (de E.T.), La Pantera Rosa y el insufrible Remi.

Descansa en paz, doctor.

Aquí uno de sus míticos cobros de penal: 

Carlos Jesús González

Carlos Jesús (aka Chuy) es escritor y periodista freelance. Desde 2006 radica en Berlín, desde donde colabora para distintos medios. Sus pasiones son su familia, la cerveza, escribir relatos y el cine de los setenta.

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