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Un cuento de Halloween

COLUMNA Ciudadano Rosebud

Por: Carlos Jesús González

30 / 10 / 2011

Un cuento de Halloween

El recuerdo viene borroso, como el de una película que uno miró medio dormido desde el sofá. Si confío en mi maltrecha memoria diría que era de tarde pero no las cuatro o cinco sino como las siete, porque el cielo ya se pintaba de narnja y violeta. Mis tíos no estaban (creo que, irónicamente, habían salido al cine) pero sí las películas piratas que mi tío compraba quién sabe dónde, probablemente en Tepito. De entre ellas mi prima “la Flaca” tomó la que decía Halloween y nos preguntó si estábamos dispuestos a verla. “El Güero” y “Maestrito” dijeron que sí y al instante y “el Garbanzo” y yo nos quedamos de a cuatro. Después de dudarlo creo que no más de dos segundos él también dijo “sí”, remedando a sus primos y a mí no me quedó otra que asentar con la cabeza. Ni modo que le sacara más a estas cosas que mi hermano menor…

 

De la cinta que la reproductora Beta se había empezado a tragar sabía muy poco. Si acaso que mis padres nos la habían escondido –junto con El exorcista, La laguna azul y un par de casetes soft-porno- y que era de terror. Sabía también que a “Panda”, mi mejor amigo de la primaria lo había dejado traumado y fascinado al mismo tiempo y por él también supe que en ella aparecía un asesino horrible. Y sabía también que no iba a dormir esa noche.

Mi retentiva, insisto, siempre ha sido deficiente, pero me alcanza para acordarme del silencio casi absoluto que reinó en los siguientes noventa minutos. No hubo gritos de montaña rusa sino gemidos mudos que se nos venían para dentro, provocando una implosión en nuestras conciencias pubertas e ingenuas, tragos copiosos de saliva espesa y dolorosa. Hubo sacudidas en las secuencias efectistas, claro está, pero incluso éstas eran tiesas y a destiempo, como si de repente estuviésemos hechos de madera. Por fortuna, tampoco hubo llantos. Únicamente eso: un silencio largo que se prolongó incluso tras apagar la televisión. No hablamos mucho de la película (tal vez habremos dicho algo como: “pensé que iba a estar mejor”, o el típico: “a mí no me dio tanto miedo”) pero tampoco jugamos a nada después de verla, como era la costumbre.

El verdadero problema vino cuando mi mamá llamó para exigirnos a “el Garbanzo” y a mí que volviéramos a casa en ese preciso instante. Al asomar la cabeza por el portón del hogar de mis primos ya era de noche, una noche sin estrellas y carente de viento, una noche calurosa y seca como lo son las noches de México en primavera. Estoy seguro de que no lo hice pero también de que lo que más quería hacer en ese instante era irme abrazado de “el Garbanzo” hasta la casa y pedirle que esa noche, como cuando pequeños, durmiéramos juntos. Y estoy seguro de que él deseó lo mismo pero no nos dijimos nada. Simplemente caminamos a paso rápido y sin girar la cabeza, un hombro chocando con el otro.

Nunca hablaríamos de eso, probablemente nunca lo haremos. Pero esa tarde algo sucedió con los cinco, algo nos transformó. Porque lo que vimos no fue el retrato de un asesino insaciable sino simple y llanamente al mal, un mal sin conciencia y que existe porque sí, un mal que solamente los niños entienden -o entienden como ningún adulto- y que se encarna en leyendas y en monstruos de closets y en palabras como “coco” y “hombre del saco”. Un mal en estado puro, primitivo, identificable con la noche y lo desconocido y con los vientos ululantes que nos despiertan en medio de la noche.

Corrijo: no un mal: el Mal.

(Que nadie me pregunte entonces porqué me pongo nervioso cada vez que escucho la inconfundible musiquita de la película de Carpenter aquella).

Carlos Jesús González

Carlos Jesús (aka Chuy) es escritor y periodista freelance. Desde 2006 radica en Berlín, desde donde colabora para distintos medios. Sus pasiones son su familia, la cerveza, escribir relatos y el cine de los setenta.

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