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¡Viva Penélope! ¡Viva Alcobendas!

COLUMNA LaMadrePatria

Por: Jaime Iglesias

23 / 02 / 2009

¡Viva Penélope! ¡Viva Alcobendas!

La resaca post-Oscar resulta tan devastadora como la que antecede a la entrega de las doradas estatuillas, una semana intensa en la que este blog quedó huérfano de entradas, pido perdón por ello.

Bueno pues ahí la tenemos, Penélope Cruz se hizo con el Oscar. Era una apuesta clara pero con un riesgo evidente como es el que este premio reconozca la calidad de un filme extranjero realizado por uno de los más reputados cineastas norteamericanos. Porque Vicky, Cristina, Barcelona, aun siendo una película de Woody Allen, se trata de una producción 100x100 española, con todo lo que eso significa de cara a constatar que a aquellos cineastas estadounidenses empeñados en cultivar una cierta independencia creativa no les queda otra que exiliarse de cara a mantener dicho status. Un hecho de dimensiones trágicas sobre el que la Academia ha querido llamar la atención con el Premio a Penélope Cruz.
 
Súmese a esta circunstancia la arrolladora victoria de Slumdog Millonaire, película rodada en la India con actores y técnicos prácticamente desconocidos que, hasta hace poco mas de un año, parecía tener su distribución vetada en EE.UU pues ninguna compañía encontraba estrategias de promoción válidas para un titulo alejado de los estándares industriales, y convengamos que la 81 ceremonia de entrega de las estatuillas ha supuesto una sonora bofetada a la maquinaria hollywoodiense inflingida por aquellos que se ocupan de la puesta al punto de sus engranajes.
 
Los responsables de la mega producción Forrest (uy, perdón, Benjamin) Button se quedaron con palmo de narices al verse superados por un film cuyo presupuesto es 20 veces menor al que ellos defendían con el valor seguro de una estrella como Brad Pitt que luce mucho más expresivo con maquillaje que sin él ¡manda a cojones!
 
Hollywood, la gran Babilonia de los fastos, el fariseísmo y los oropeles sucumbe a su propio mito y premia la búsqueda de la verdad, aun a costa de falsearla con ritmos videocliperos y una vana confianza en el improbable triunfo del destino (yes, we can!). Una apuesta que emerge como la limosna que tranquiliza las conciencias de los poderosos ante la miseria ajena, ejerciendo de caritativos anfitriones ante esa legión de parias hindúes que irrumpieron en el escenario del Kodak Theatre para recordarnos que, por obra y gracia del impetuoso director de Trainspotting, los sueños pueden llegar a hacerse realidad.
 
Alcobendas no es la India, es un pueblo 20 kilómetros al norte de Madrid que linda con el municipio vecino de San Sebastián de los Reyes (desde donde les escribo) formando un vasto núcleo poblacional de unas 180.000 personas. Pero gracias a los Oscars los sueños de infancia de una muchacha, a quien conocí ocasionalmente durante mis años de infancia en este municipio, también se han hecho realidad. En el emotivo discurso de aceptación del premio evocó Penélope sus madrugadas adolescentes en Alcobendas frente al televisor para seguir en vivo la ceremonia de entrega de los Oscars. ¡Que curioso pensar que a un kilómetro y medio ambos compartíamos desvelos cinéfilos simultáneamente en el tiempo! Y ¡que cruel constatar cómo su tenacidad la ha conducido hasta Hollywood mientras que mi conformismo no me ha sacado de San Sebastián de los Reyes!
 
Ayer por primera y, quizá, por ultima vez, el nombre de Alcobendas hizo acto de presencia en la gran noche de los Oscars, mientras escuchaba anonadado a mi paisana invocar un lugar conocido y frecuentado por ambos no podía dejar de pensar en el abismo que nos separa de los estadounidenses en lo que a tareas de promoción y organización de espectáculos y eventos se refiere. Verán, seguro que en la aldea más remota de Wyoming si tuvieran a una de sus vecinas a las puertas de ganar el Oscar a la mejor actriz de reparto, a buen seguro organizarían en la plaza mayor del municipio un reventón de padre y muy señor mío. Instalarían una pantalla gigante para seguir la retransmisión de la gala y se desvivirían por acoger a enviados de medios de comunicación anhelantes de hablar con los familiares de la actriz y evocar con ellos sus años de infancia, dando de paso una publicidad impagable al pueblo natal de la artista.
 
Ayer por la noche, sin embargo, Alcobendas dormía indiferente a la suerte de su hija pródiga, quizá porque, en el fondo, este es un país de descreídos y nuestro orgullo nos lleva a no humillarnos recogiendo las migajas del pastel con las que, desde la capital del Imperio, nos obsequian para alimentar nuestra servidumbre motivados por la estéril esperanza de que un día seamos nosotros o nuestros allegados los que nos veamos protagonistas del evento más importante del año cinematográfico como la caterva de hindúes agradecidos que hicieron acto de presencia anoche a rebufo del triunfo de Slumdog Millonaire.
 
Aquí hubo un Presidente del Gobierno, consumado lameculos, que intentó reconvertir nuestro ancestral descreimiento en una suerte de lealtad infinita a los amos del Imperio ordenando a sus ministros realizar serviles reverencias a pie de pista al Presidente Bush Jr. mientras éste descendía de su Air Force One creyendo hallarse en América Latina. El mencionado ex presidente español  nos metió incluso en una guerra junto al “Eje del Bien” para consumar esos lazos de afinidad afectiva que pretendía con el noble pueblo americano. La respuesta fue la contraria a la pretendida, 5 millones de personas se echaron a la calle para recriminarle sus afanes bélicos que finalmente trajeron el mayor atentado terrorista padecido por España y la derrota electoral del partido político capitaneado por tan siniestro personaje.
 
Desde entonces lo que se cueza en la capital del Imperio en lo referente al reconocimiento recibido por nuestros representantes nos llena de orgullo en idéntica medida que nos vale madres. Para unir a un país nos basta el fútbol y nos sobran los Oscars (lean atentamente los despechados y envidiosos comentarios que circulan en algunos blogs españoles sobre el Oscar de Penélope y comprenderán la naturaleza del carácter español).
 
En lo que a mí respecta, desde San Sebastián de los Reyes, me sale del alma, gritar con calor y abrir todo el pecho pa’ echar este grito ¡Que linda es Penélope, palabra de honor!       
                    
 

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