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1969: Ansiedad, subversión y un Hollywood olvidado

Por:

27-12-2019
Hollywood

En los 60, los septuagenarios del sistema hollywoodense se quedaron atrás de las aventuras intelectuales de los nuevos autores y no podían conectar con una audiencia joven.

Hay una razón importante por la que la nueva película de Quentin Tarantino se llama Había una vez… en Hollywood. Además de contener un sabor de fábula, sugiere la nostalgia típica del spaghetti western. Sergio Leone tituló Érase una vez en el Oeste (1968) a su filme sobre la modernidad y sobre el riesgo que significa para las historias de la pistola y el sombrero. Las leyendas se construyen de exageraciones o, de plano, mentiras, y el mundo nuevo de los trenes y las instituciones federales las desplazó con una moral inédita que vino a cuestionar el salvajismo. El cine de Leone es ambivalente en cuanto a que, supuestamente, nos entrega un Oeste más creíble, más feo, pero también nos da uno moralmente claro, es decir, no era difícil –y ahora menos– saber que Clint Eastwood era el bueno y que Lee Van Cleef era el malo. En Érase una vez en el Oeste, Henry Fonda, el pistolero de un magnate ferroviario, representa claramente al malévolo progreso, y a él se opone el idealizado Charles Bronson junto con un simpático Jason Robards, que defienden en realidad una construcción romántica del pasado. En el filme de Tarantino, por su parte, también es obvio quiénes son los buenos y los malos, pero conviene saber más del periodo para entender el malestar que refleja sutilmente.

A menudo, el protagonista de Había una vez…, Rick Dalton (Leonardo DiCaprio), se topa con Roman Polanski (Rafal Zawierucha) y Sharon Tate (Margot Robbie). La pareja son sus vecinos, es decir, tanto como la distancia entre una mansión y otra lo permiten. Él los conoce porque todo Hollywood habla del nuevo director polaco en la ciudad, pero él es invisible para ellos porque probablemente nunca han visto una de sus películas. Dalton es un actor de cine de acción y su mundo incluye a su doble y chofer Cliff Booth (Brad Pitt), y a figuras como Bruce Lee (Mike Moh), que entonces comenzaba en la televisión estadounidense, o Steve McQueen (Damien Lewis), que se dedicaba a filmes comerciales sin mucha ambición estética. Tate es parte también de ese mundo con sus apariciones en películas como El signo del diablo (1967) y Valle de las muñecas (1967), pero su matrimonio con Polanski la convierte en el vínculo entre ambos universos y también en el símbolo principal de Tarantino. Sería despiadado explicar por qué a quien no haya visto la película, pero es importante recordar esto cuando empiecen los créditos.

Polanski es simultáneamente una amenaza y una oportunidad para Dalton. Por un lado, representa el tipo de cine que está poniendo en crisis a las producciones que Dalton suele protagonizar, aunque si tan sólo el actor en caída pudiera congraciarse con el director que despunta, quizá su futuro estaría asegurado. Rick Dalton no es una figura histórica, pero representa la ansiedad del Hollywood de finales de los 60. En 1969, año en que se sitúa la cinta de Tarantino, comenzó una caída histórica en las cifras de recaudación. Variety muestra que entre ese año y 1971, la taquilla llegó a recibir solo $15.8 MDD a la semana. La cifra adquiere su significado ominoso si nos fijamos en 1946, cuando entraban hasta $78.2 MDD a la semana. Hay muchas explicaciones para este cambio, la mayoría de ellas lejos de Hollywood.

Había una vez… en Hollywood (Dir. Quentin Tarantino, 2019)

Culturalmente, la economía, el movimiento por los derechos civiles y la Guerra de Vietnam habían tenido un efecto importante en la juventud. El empleo de medio tiempo, provocado por la estabilidad y el crecimiento económico en Estados Unidos, creó a su vez un nuevo grupo de consumidores, los adolescentes, que empezaron a comprar más ropa, más música, más cine. Los grandes capitales se adaptaron y coincidieron con el auge del rock & roll, que se masificó rápidamente y pasó de ser un accesible entretenimiento que hablaba de amores tiernos a principios de los 60, a adquirir una retórica revolucionaria conforme la cultura iba dándole temas nuevos. Bob Dylan comenzó a ascender con sus canciones de protesta, para luego escribir letras esotéricas sobre avenidas donde aparecían juntos Cenicienta y Ezra Pound. Más adelante aparecieron grupos como MC5, que estaban ligados abiertamente con las Panteras Negras de Detroit, o The Stooges, que no aspiraban a mucho más que el dinero suficiente para inyectarse heroína y, de paso, destruir el statu quo de la música comercial con álbumes ruidosos.

La leva, que obligaba principalmente a jóvenes marginados a combatir en el sudeste asiático, mantuvo la paz social en Estados Unidos hasta que en 1967 el presidente Lyndon Johnson ordenó modificaciones que comenzaron a incluir en el servicio militar a los universitarios –en su mayoría blancos y privilegiados– y que orientaron a los estudiantes convenientemente a la izquierda. Disturbios como el de la Convención Nacional Demócrata en Chicago en 1968 sólo habían sido llevados a cabo por los ciudadanos afroestadounidenses, como pasó en Detroit en 1967, y entonces negros y blancos se unieron para exigir el fin de la guerra. La revolución en Estados Unidos, sobre todo después del alzamiento de mayo de 1968 en Francia, comenzaba a parecer probable.

A lo largo de los años 60, la taquilla cinematográfica comenzó a reflejar ese deseo subversivo que explotaba a finales de la década. Psicosis (1960), La dolce vita (1960), Por un puñado de dólares (1964), El bueno, el malo y el feo (1966), Blow-Up (1966), El graduado (1967), Bonnie y Clyde (1967), 2001: Odisea del espacio (1968), y El bebé de Rosemary (1968) son ejemplos de películas formal y moralmente desafiantes, que accedieron a alguno de los diez lugares de mayor recaudación anual en la taquilla estadounidense. En comparación, Burning (2018), una película similar en estilo y tono al cine del director de Blow-Up, Michelangelo Antonioni, apenas si se ubicó en el lugar 282 de 2018.

El bebé de Rosemary (Dir. Roman Polanski, 1968)

El auge de este ambicioso cine empezó principalmente en Europa y Japón, cuando la generación de directores nacidos a principios del siglo llegó a su madurez y comenzó a atraer la atención del público local y de los distribuidores estadounidenses. En contraste, los septuagenarios del sistema hollywoodense, que se veían a sí mismos sólo como técnicos al servicio de los productores, se quedaron atrás de las aventuras intelectuales de estos nuevos autores y simplemente no podían conectar con una audiencia joven. Antonioni comenzó a filmar en Estados Unidos, y con él vinieron jóvenes como Polanski, el checo Miloš Forman, el francés Louis Malle y otros, pero el grueso de la nueva generación de directores que buscaba imponer en Estados Unidos la teoría del autor de François Truffaut salió de las escuelas de cine.

En Había una vez… en Hollywood no hay mención de Peter Bogdanovich, Dennis Hopper, Francis Coppola, Martin Scorsese y mucho menos George Lucas o Steven Spielberg. En 1969 sólo Hopper comenzaba a figurar con Busco mi destino (Easy Rider), que dirigió, escribió y protagonizó, pero Tarantino parece más bien interesado en imaginar cómo el cine más olvidado de esa época habría contribuido a salvar el espíritu de los 60.

Cineasta pasional, más que intelectual, Tarantino elude la comprensión del periodo en favor de pasearnos por lo que él habría querido que fuera. Su aparente explicación del fin de Hollywood es muy simple: Charles Manson y su “familia” acabaron con él. Esto lo hace mirar a la cultura hippie con el desdén de un fanático conservador, pero, de algún modo, amoroso. El Hollywood que nos presenta Tarantino dista del real porque, descubrimos al final, no se trata más que de un sueño. Como un niño encaprichado, Tarantino se pregunta cómo salvar ese mundo y no se le ocurre mejor forma que destruyendo el mal y preservando una imagen de la belleza.

Sin embargo, los paraísos más resguardados y más eternos son sólo una ilusión. En la realidad, Hollywood cambió junto con una cultura revolucionaria que, como una estrella moribunda, se consumió en su propio incendio.

Leonardo DiCaprio y Quentin Tarantino en el set de Había una vez… en Hollywood (2019)

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