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REVISTA Columnas

¡Al abordaje!

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17-12-2008

  Este ha sido un año de triunfos históricos para España: no sólo en el plano deportivo, también en el ámbito de la cultura y las nuevas tecnologías. Nuestro país se ha consolidado a la cabeza de Europa en lo que a descargas ilegales de música y cine vía internet se refiere. En España el […]

 
Este ha sido un año de triunfos históricos para España: no sólo en el plano deportivo, también en el ámbito de la cultura y las nuevas tecnologías. Nuestro país se ha consolidado a la cabeza de Europa en lo que a descargas ilegales de música y cine vía internet se refiere. En España el 52% de los internautas se baja películas de la red frente al 20% de los europeos. Un dato curioso es que el pasado año entre el 15 y el 21 de octubre sobre el total de filmes que se bajaron a nivel mundial, el 18% de esas descargas se produjeron en España.
 
Los productores y distribuidores de cine se echan las manos a la cabeza, los políticos reaccionan avergonzados mientras se dejan llevar por corrientes de opinión ajenas a la ciudadanía y gravar mediante un canon el precio de los CD’s vírgenes, sean estos usados posteriormente para grabar películas o cualquier otra clase de datos. EE.UU, ese gran país que se esfuerza en velar por el orden mundial nos ha ubicado dentro del eje del mal de naciones que atentan contra los derechos de la propiedad intelectual, un concepto que nada tiene que ver con el dinero percibido por los autores de las obras “copiadas” sino con los royalties que perciben agentes, intermediarios, representantes, comerciales y demás fauna que nada tiene que ver con el arte y mucho con la especulación.
Si hablamos de  robo y pillaje, nada como poner en el mercado un CD a 15 € multiplicando por 10 su coste de producción: los piratas se convierten así en la única especie capaz de combatir a las mafias institucionalizadas. Temo que estas palabras puedan traerme problemas, quede claro que mi intención no es justificar los medios sino alentar los fines, es decir, defender el libre acceso a la cultura, un derecho que debería prevalecer sobre los métodos de acceso a la misma.
 
El problema viene dado por una diferencia conceptual: lo que para unos es cultura para otros no. Jungla de Cristal 4, el film que lideró las descargas por Internet el pasado año en España no tiene para quien esto escribe el valor de una obra cultural, pero si lo tiene para millones de consumidores, alentados en sus demandas por los amos del negocio, esos mismos que invocando la sacrosanta libertad de mercado inundan sin pudor las pantallas de medio mundo con sub-productos. Lo que esta claro es que semejante saturación genera en el gran publico una necesidad imperiosa como es la de ver semejante película, ante la libertad de los mercaderes estableciendo qué es lo que toca ver y que no, qué es cultura y qué no lo es, está la libertad de los consumidores para elegir los medios de cara a acceder a ese producto.
 
No es mi caso, yo si de verdad quisiera ver algo como Jungla de Cristal 4 lo haría en el cine aprovechando que es una de las pocas películas a las que voy a tener un acceso seguro dado que va a estar presente en cualquier multisala. Pero dado que en nombre de esa libertad de mercado se limita constantemente mi libertad para elegir película cuando acudo al cine, ya que aquellos largometrajes que me interesan rara vez se estrenan en mi país y cuando lo hacen es con considerable retraso, y dado que no tengo ningún interés en invertir 7 € para ver La jungla de Cristal 4, Harry Potter 5, Las terceras crónicas de Narnia o Scary Movie 28, me veo forzado a ponerme un parche en el ojo, ajustarme mi pata de palo, colocarme bien el garfio y ejercer de pirata si lo que quiero es conocer, pongamos por caso, las ultimas obras del cine rumano pues me llegan rumores de que se trata de una cinematografía emergente y apenas se han estrenado en España (y quien dice España dice únicamente Madrid y Barcelona) un par de filmes.
 
¿Qué juez va a prohibirme hacer uso de emule para acceder a una serie de obras a las que no voy a tener acceso de ningún otro modo? ¿Van a limitarme mi acceso a la cultura? ¿Se van a atrever a juzgarme como caprichoso por decidir desde mi libertad  qué es lo que me apetece y qué es lo que no me apetece ver teniendo en cuenta que lo que me apetece no se corresponde con la oferta cultural a la que tengo acceso? ¿Es que he de limitarme únicamente a esa oferta para satisfacer mis expectativas cinéfilas?
 
Espectadores insatisfechos, mentes libres, inconformistas de pro, gritad conmigo ¡al abordaje! ¡Saquemos a relucir ese orgullo pirata que tan preocupado tiene a nuestros gestores culturales y plantémosles cara haciéndoles saber que lo que ellos gestionan no nos interesa un pimiento.
 
 

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