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Berlinale 2018: Isla de perros arranca con la “pata” derecha

Por:

15-02-2018
isla de perros

Gracias a Wes Anderson, la Berlinale 68 inicia con la “pata” derecha.

En el cine, como en muchas otras cosas, no hay demasiado sitio para las coincidencias. Ciertamente no lo es el haber elegido a Isla de perros, la nueva película de Wes Anderson, como el título abridor de esta edición de la Berlinale. Veamos: para empezar es una cinta animada que se sustenta en el uso de marionetas, plastilina y técnicas de stop-motion, elementos que no pocas personas han relegado a la prehistoria. Además la dirige Wes Anderson, un homo cinefilus absoluto, quien encima se hace acompañar en los créditos de guion por Roman Coppola y Jason Schwartzman, respectivamente hijo y sobrino del director de Apocalipsis ahora. Ante la calidad del fichaje presente el mensaje no podía ser más claro: el cine no ha muerto, señoras y señores, aunque haya voces que no se cansen de clamar lo contrario. Ni siquiera está cerca de hacerlo. Y para demostrarlo han presentado uno de los documentos cinematográficos más inspirados que podrán observarse a lo largo de la presente década.

En cuanto a la temática, no es la primera vez que Anderson se centra en el difícil salto de la infancia a la edad adulta, ni la primera en la que los melódicos Kinks son incluidos en su soundtrack, sin embargo hay un elemento de frescura presente en todo momento, tal vez porque en esta ocasión el director de Los excéntricos Tenenbaum buscó menos homenajearse a sí mismo –o a su singular mundo– y homenajear más al cine. Para empezar, al cine japonés y, si somos más específicos, a los relatos que Akira Kurosawa contó hace muchos años. “Tuve presente película suyas que he admirado siempre, sobre todos las que tuvieron lugar en ciudades, en sitios urbanos”, confesó el cineasta frente a un reducido grupo de periodistas, “me vienen títulos como Stray Dog o Drunken Angel, Roman (Coppola) Jason (Schwartzman) y yo somos grandes admiradores de Kurosawa”.

Fue así que Anderson y esos amigos suyos con sangre marca Coppola en sus venas, se sirvieron de una historia que combina ternura, fantasía y humor, y la dotaron de una estética inequívocamente nipona. En ella se plantea un mundo futuro en el cual los perros han enfermado gravemente y, por razones de higiene, son exiliados a una isla en la que lo único que hay son desechos industriales. El porvenir del hasta entonces “mejor amigo del hombre” parece tener los días contados –al menos en dentro de esta comarca japonesa– si no fuera porque un niño se ha empeñado en recuperar a su mascota a como dé lugar.

Como es de esperarse, la mayor parte de los personajes son cuadrúpedos y cada uno de ellos posee una personalidad distinguible. Quizá para acentuar esas diferencias –y de paso aprovechar el hecho de que no hay actriz o actor en Hollywood que no quisiera formar parte de una película suya– el director tejano ha conformado un elenco de muerte detrás de las voces caninas. Es posible identificar el timbre de los de siempre, es decir, el de Edward Norton, Harvey Keitel o, claro, Bill Murray, pero al microcosmos andersoniano se han sumado nuevos elementos que no demeritan en lo más mínimo y entre los cuales destaca especialmente Bryan Cranston, cuyas modulaciones, dignas de barítono vendedor de metanfetamina, solamente podían surgir del hocico de un perro peleonero y proclive a la anarquía.

Isla de perros rebasa así las expectativas que se tenían de ella. Y otorga bríos a una Berlinale a la que, por diferentes razones –la inminente salida de su director; la propia crisis de la industria; la dictadura del blockbuster a nivel internacional– daba pintas de iniciar un tanto carente de chispa. Gracias a Anderson y su perruna historia, los periodistas reunidos –como sucederá con los futuros espectadores– pudimos recordar que hay pocos rituales más hermosos y saludables para el espíritu que los que se realizan a oscuras, frente a pantallas grandes y rectangulares. Y el gesto, por sí mismo, ya está cargado de poética.

Carlos Jesús (aka Chuy) es escritor y periodista freelance. Desde 2006 radica en Berlín, desde donde colabora para distintos medios. Sus pasiones son su familia, la cerveza, escribir relatos y el cine de los setenta.

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