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REVISTA Columnas

Borrachos de Película

Por:

22-04-2009

"Nunca debí cambiarme del scotch a los martinis". La leyenda asegura que tales fueron las últimas palabras de Humprey Bogart, gran bebedor dentro y fuera de la pantalla. Suya era la imagen -que ahora sería considerada poco sana y mala influencia para los espectadores más jóvenes-, del macho alfa al que no se le podía […]

"Nunca debí cambiarme del scotch a los martinis". La leyenda asegura que tales fueron las últimas palabras de Humprey Bogart, gran bebedor dentro y fuera de la pantalla. Suya era la imagen -que ahora sería considerada poco sana y mala influencia para los espectadores más jóvenes-, del macho alfa al que no se le podía imaginar sin un cigarrillo enroscado a las comisuras labiales y un vaso con whisky (con hielitos en cubo y tintineantes) desenfundado en la mano derecha.

Ya para entonces, sin embargo, habían visto la luz cintas que se habían atrevido a arrebatarle todo glamour al social acto de empinar el codo. Una de ellas fue A Free Soul, cinta de 1931 en la que Lionel Barrymore interpreta a un abogado alcohólico que tiene que defender a su yerno en los juzgados y que le valió el Oscar como mejor actor ese año. Su interpretación, aunque ciertamente es excelente, queda como poca cosa si se le compara con el tour de force llevado a cabo por Ray Milland en la película de Billy Wilder, The Lost Weekend (conocida en español como Días sin Huella), de 1941 y en la que Milland, también ganador del Oscar, da vida a un escritor que baja directamente y sin ningún atajo a aquellos infiernos terribles y dantescos a los que solamente arriban los que ven en el trago padre, madre, hijo y esposa; el todo de la nada: el único sentido del sinsentido en que se transforma la vida. 

Aquí un fragmento de esta fabulosa cinta:

Años después, en 1958, el cara bonita Paul Newman demostró a propios y extraños que sí podía actuar cuando recayó en sus manos el rol de Brick Pollitt en La Gata sobre el Tejado Caliente, cinta que acaso contenga también la mejor actuación de Elizabeth Taylor. En ella, Newman se bebe "güiscoles" como tés helados para sopesar culpas y en aras de escapar de las presiones familiares y conyugales. Cualquiera diría que tanto licor se le va a la pierna escayolada con la que aparece en todo el filme, un clásico que nadie debiera perderse.

Aquí podemos verlo sirviéndose sus infusioncitas color dorado:

Jake Heke (aka Jake "the Muss"), parece un buen tipo hasta cierto momento de esa cinta neozelandesa de culto que es Somos Guerreros (Once Were Warriors, 1994), pero todo ese carisma maorí y musculoso se va al traste cuando se le pasan los tragos de cerveza y acaba transformándose, cual novela de Robert Louis Stevenson, en un cobarde y detestable macho golpeador de mujeres. Por fortuna, no pasa mucho tiempo antes de que la principal víctima de su ira se percate de que las neuronas de Jake, ínfimas y de continuo remojadas en agua de cebada, pueden jugar a su favor.

Aquí podemos ver al que a la fecha es el mejor antihéroe nacido en el cine de Nueva Zelanda pidiéndose sus "kawasakis" de rigor en la barra:

Pocos se atreverán a dudar que Adiós a las Vegas (Mike Figgis, 1995) es la cinta que retrata de manera más veraz el problema de este tipo de adicción. Más allá del alcohol, sin embargo, lo que se ve es la sombra rota y podrida de la desesperanza, retrato disperso y como de humo que únicamente pudo haber sido tomado en ese averno moderno que es Las Vegas, la ciudad que mató a Elvis y enloqueció a Hunter S. Thompson. Alquien me regaló la película pero no la he vuelto a ver. Cada vez que lo intento siento una embestida en mis riñones y la boca se me seca.

Aquí una secuencia inolvidable, en todo el sentido de la palabra:

Gegen die Wand es, por mucho, la mejor película alemana que se ha hecho en los últimos tiempos. Dirigida por Fatih Akin en 2004, la cinta muestra el atroz vacío existencial en el que cae un hombre de ascendencia turcoalemana y la manera en que el destino, a empujones salvajes, le abre las puertas a una cosa parecida a la redención que también pudiera ser otra cosa, quizá la calma, o tal vez la nada, pero entonces una nada alumbrada con mucha luz.

Aquí una de las secuencias iniciales. Depeche Mode nunca había sonado tan bien:

Y los pilones:

Sí, claro, las mujeres también le han entrado con enjundia al pisto. Aquí Meg Ryan portándose de lo peorcito con su hija cinematográfica en ese melodrama a ratos inclasificable llamado Cuando un Hombre Ama a una Mujer. Mamá mala, mala, mala y además amante del vodka. Guácala.

Ésta es una pequeña muestra de por qué el Henry Chinaski de Mickey Rourke es mi borracho de celuloide favorito de todos los tiempos. La secuencia pertenece a Barfly, película de 1987 dirigida por Barbet Schroeder y escrita por Charles Bukowski. Pues eso: "To all my friends…"

Y aquí uno de mis tres gags favoritos de Chaplin. Pertenece a Luces de Ciudad. Sobra decirlo: "Si bebe, no conduzca".

¡Salud!

 

 

Carlos Jesús (aka Chuy) es escritor y periodista freelance. Desde 2006 radica en Berlín, desde donde colabora para distintos medios. Sus pasiones son su familia, la cerveza, escribir relatos y el cine de los setenta.

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