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CRÍTICAS Cine

Botero – Crítica

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03-05-2019
botero-documental-critica

El filme parece un reportaje por algún evento ontonomástico y no un documental dedicado a una de las figuras más representativas del arte mundial.

Título original: Botero
Año: 2018
Director: Don Millar
Protagonistas: Botero
Fecha de estreno:03 de May de 2019 (MX)

Hay un par de escenas en el documental Botero, dirigido por el debutante Don Millar, en las que una crítica de arte, la misma en ambas, se refiere en términos negativos a la obra del pintor y escultor colombiano Fernando Botero, figura central del filme. Sumadas, las escenas acaso duran un par de minutos y lejos de ser representativas de la objetividad del trabajo, reafirman la condescendencia con la que fue abordada la cinta producida por Lina Botero, la hija del artista cuya obra ha recibido tantas alabanzas como denuestos por parte de la crítica: al intentar mostrar ese aspecto crítico lo único que hicieron fue subrayar el ensalzamiento que han hecho del personaje.

Botero es una apología de la obra de Botero. No está mal tomar posturas ni hacer exaltaciones si ésa es la intención primaria de un filme. Sin embargo, el documental se distingue porque requiere de un trabajo de investigación que pinta un panorama de algún aspecto de la realidad, en este caso se entendería que fuere la labor creativa de Botero, su legado artístico o la importancia de su obra en el contexto del arte contemporáneo mundial.

Pero Millar no profundiza en ninguno de estos temas y, lo que es más grave, ni siquiera tiene un eje narrativo que ayude a seguirlo. Hay entrevistas al propio Botero, tal vez el artista vivo más conocido a nivel mundial, en las que suelta frases como “uno aspira a tener universalidad en su trabajo; de tocar el corazón de todo mundo”, o “los artistas buenos buscan soluciones, los artistas excepcionales se buscan problemas”, o “todos los pintores que han sido importantes en la historia del arte han tenido un solo estilo, no cincuenta”.

Se cuentan aspectos de su vida en voz de sus hijos o en la del propio Botero, incluso hay escenas que transcurren en una especie de reunión familiar en la que la imagen es una charla de sobremesa que a la tercera aparición se ha vuelto tediosa, repetitiva. Incluso el hallazgo de obras no clasificadas en una bodega en Nueva York cerrada durante años resulta no solamente desangelada, sino carente de cualquier emotividad. Lo mismo que las imágenes tomadas durante la inauguración de una exposición retrospectiva de su obra en la capital china, algo de trascendencia que es despachado como lo haría cualquier noticiario televisivo.

A la fotografía de Johan Legraie y Joe Tucker no se le ven intenciones ya no digamos estéticas, sino por lo menos armónicas. Millar optó por no tener una voz en off, pero no consiguió nunca enganchar sin ella. Hay muy pocas escenas de Botero trabajando, prácticamente ninguna que profundice en su ideología ni en sus motivaciones. Por lo menos no en el sentido de que provoque sorpresa o interés. Este se diluye no bien empieza el filme.

Reconocer a un artista tan importante como Botero tiene su interés. Pero en Botero, escrito por el propio Millar y Hart Snider, ese interés se pierde pues la narrativa se limita a hablar de lo bueno que es o hace un recuento como si fuera el trabajo especial de un noticiero por algún evento ontonomástico y no un documental dedicado a una de las figuras más representativas del arte contemporáneo mundial.

Nadie quiere acompañarlo al cine porque come palomitas hasta por los oídos e incluso remoja los dedos en el extraqueso de los nachos. Le emocionan las películas de Stallone y no puede guardar silencio en la sala a oscuras. Si alguien le dice algo, él simplemente replica: "stupid white man".

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