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Cadáver – Crítica

Por:

29-11-2018

Dirigida por Diederik Van Rooijen, Cadáver es un ejemplo más de que los exorcismos no han sabido sacudirse a sus demonios ni fantasmas.

Uno de los subgéneros más difíciles de abordar dentro del terror es el de los exorcismos y las posesiones demoniacas, y existen dos causales. La primera es que la trama suele seguir una fórmula preestablecida y desgastada: hay un sujeto poseído por un demonio, y un cura (o algún experto en cuestiones malignas-sobrenaturales) acude a ayudarlo hasta que la entidad es derrotada por el bien o lo derrota. La segunda: es el núcleo de una de las cintas de terror más significativas de la historia, El exorcista. Por ello, Cadáver (The Possession of Hannah Grace) juega sus cartas de forma diferente, aunque tristemente no tiene muy buena mano.

Arranca de una manera poderosa: con el exorcismo de Hannah Grace (Kirby Johnson) en una escena donde los poderes demoniacos parecen invencibles. El demonio que controla su cuerpo es tan poderoso que a su alrededor vidas se desploman casi como figuritas de ajedrez. Sin embargo, el padre de la joven encuentra una medida cautelar -y momentánea- para evitar mayor tortura y derramamiento de sangre: asfixiarla.

cadaver

Shay Mitchell interpreta a una expolicía que se siente responsable por la muerte de un compañero.

El hecho de que Cadáver arranque con el exorcismo, que suele ser la parte climática de otras historias del subgénero parece alentador. Lamentablemente, un guion falto de solidez impide que la tensión se mantenga a causa de un precario desarrollo de personajes y la suplantación de la introspección por diálogos explicativos sobre vicios atados a la condición humana.

Tres meses después del exorcismo de Hannah, su cuerpo arriba a la morgue justo cuando Megan (Shay Mitchell, la exPretty Little Liars) empieza a trabajar en el turno nocturno porque es una policía recién salida de rehabilitación. Pese a que este hecho se enfatiza en reiteradas ocasiones, ni el estrés postraumático que padece, ni sus estragos emocionales ni conductuales derivados de la adicción parecen genuinos o constantes. Megan no luce como una adicta -incluso parece olvidar su condición momentáneamente-, pero este yerro no necesariamente se ocasiona por la actuación de Mitchell, sino que es un problema desprendido desde el guion.

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La mayor parte del filme se desarrolla en la morgue, lo que le añade un toque claustrofóbico, pero no se sabe explotar.

Pero tal vez el mayor contratiempo de Cadáver es su ritmo pese al interés que podría generar su giro al tema de los exorcismos: ver cómo un cuerpo inerte poseído lucha por sobrevivir. El director Diederik Van Rooijen confunde la creación de expectativa y la confección de una atmósfera tenebrosa con la ejecución de acciones lentamente o con frecuencia. Mitchell repite los mismos actos una y otra vez tan cadenciosamente que el filme se pierde entre la monotonía, el aburrimiento y la desesperación de ver lo mismo con semejante reiteración.

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Kirby Johnson tuvo que contorsionarse para interpretar al cadáver poseído por una entidad maligna.

La fórmulas, al igual que las reglas, están hechas para romperse y, en Cadáver, lo que parecía una premisa revolucionaria al final se desploma por las convenciones que ella misma se impone. Es un ejemplo más de que los exorcismos no han sabido sacudirse a sus demonios ni fantasmas.

Si te interesó esta nota, Cine PREMIERE te recomienda ver:
  • El exorcista (William Friedkin, 1973)
  • El exorcismo de Emily Rose (Scott Derrickson, 2005)
  • El rito (Mikael Håfström, 2011)

No soy la Madre de los Dragones, pero sí de @Enlabutaca; desde ahí y en Cine PREMIERE estoy en contacto con las buenas historias. Melómana, seriéfila, cinéfila, profesora universitaria, y amante de las bellas artes. Algún día escribiré una novela de ciencia ficción. ¡Unagui!

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