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CRÍTICAS Cine

Cementerio maldito – Crítica

Calificación Cine PREMIERE: 3
Calificación usuarios: 4
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05-04-2019

Cementerio maldito es una historia sobre la incapacidad de aceptar las pérdidas y de los extremos a los que somos capaces de llegar con tal de paliar el sufrimiento.

Título original: Pet Sematary
Año: 2019
Director: Kevin Kölsch (Starry Eyes)
Actores: Jason Clarke, Amy Seimetz
Fecha de estreno:05 de April de 2019 (MX)

¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar por el amor filial? Más allá de la glorificación de una supuesta obra maestra literaria o de su reinterpretación fílmica casi treinta años después de que se llevara a la pantalla grande en 1989, Cementerio maldito es una historia sobre la incapacidad de aceptar las pérdidas y de los extremos a los que somos capaces de llegar con tal de paliar el sufrimiento, por más disparatados que puedan ser. Es una historia trágica abordada desde el género del terror tal como la novela del prolífico Stephen King.

Dennis Widmyer y Kevin Kölsch, quienes se encargaron de la dirección, se vuelcan hacia la voracidad del amor filial más descarnado subrayando ese aspecto a partir de la transformación de la pequeña Ellie (encantadora y luego aterradora Jeté Laurence) e insertando elementos trágicos que se desbordan a raudales a lo largo de la película.

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Jeff Buhler, guionista de esta nueva adaptación de Pet Sematary, acentúa los rasgos de la historia que concuerdan con un tema que había abordado ya en el recién estrenado Maligno: este desaforado amor por los hijos que cega a los protectores padres a niveles alarmantes. Rayando en la irresponsabilidad más aterradoramente consciente, el egoísta padre atormentado por el sentimiento de culpa recurre a un ritual ancestral para, primero, evitarle el sufrimiento a su hija y luego para tratar de remediar el suyo propio a sabiendas de las perturbadoras consecuencias.

Esta voracidad paliativa inicia cuando el doctor Louis Creed (Jason Clarke, a quien habíamos visto en, por ejemplo, Mudbound: el color de la guerra, de 2017) deja la agitada Boston por la tranquilidad de un pueblito de Maine junto con su familia: su esposa, la ama de casa de infancia traumatizada Rachel (Amy Seimetz de The Girlfriend Experience), y sus dos hijos pequeños, Ellie y el pequeño Gage (interpretado por los gemelos Hugo y Lucas Lavoie).

Con una economía de tiempo, la película pinta el tétrico panorama: la propiedad, ubicada en una zona boscosa a pie de carretera, incluye una buena porción de bosque donde se ubica el cementerio de mascotas del título original que madre e hija descubren, luego de ver una procesión de niños enmascarados, incluso antes de poder desempacar y en donde una barrera impide seguir adentrándose en el bosque.

La familia, obvio, tiene mascota: el gato Church, hipocorístico de Churchill, al cual Ellie quiere mucho y que le da vuelta al protagonismo del otro minino que se puede ver en cartelera en Capitana Marvel. Cuando Jud Crandall (John Lithgow), el vecino viudo que rápidamente se vuelve amigo de la familia, encuentra el gato muerto la noche de Halloween, lo lleva a enterrar a escondidas junto con Louis, pero le propone hacerlo en un sitio que está más allá de la barrera, en la punta de una colina. Este sitio, le explica, devuelve, un poco cambiados, a quienes entierran allí.

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Quienes han leído la exitosa novela o visto la primera adaptación fílmica saben qué sigue. Los directores deciden entonces encapsular el relato en la casa familiar y sus confines, creando una situación de encierro que a su vez incrementa la voracidad paliativa e irracional de Louis, afectado por la muerte, tras un brutal accidente, de un estudiante al que le toca atender y que después se le aparece en vívidas pesadillas.

La paleta de colores y los movimientos de cámara, atenidos a ese espacio, preparan las atmósferas sobrenaturales que siguen. No obstante, lo verdaderamente siniestro, como la escena del camión en plena fiesta de cumpleaños o la del pequeño Gage encerrado en el auto, ocurren en un espacio abierto contrastantemente iluminado. La tragedia comienza su desbordamiento con dosis brutales de verosimilitud que justifican la voracidad paliativa de Louis y allanan el irreversible camino de lo macabro permitiendo hacer una reflexión moral acerca de hasta dónde estamos dispuestos a llegar por el amor filial. Lo sobrenatural aquí es solo el marco para hablar de temas tan actuales como la depresión, la pérdida y el duelo y las funestas consecuencias de no solucionarlos.

El reparto es sólido y convincente. Todos los personajes, niños incluidos, cambian radicalmente a lo largo de la historia. Sin embargo, la economía de tiempo, espacio y personajes vuelve injustificado el aislamiento de la familia. Los cineastas solo emplean la procesión de niños como un gancho inicial que dejan sin desarrollar, lo mismo que la espectral sombra del espíritu que ronda el cementerio maldito del título en español. No se sabe, pero probablemente una buena parte del pueblo sea de gente que haya regresado un poco cambiada. La vaguedad está ahí, como en la suerte que correrá el pequeño Gage mientras mira a través del parabrisas.

Nadie quiere acompañarlo al cine porque come palomitas hasta por los oídos e incluso remoja los dedos en el extraqueso de los nachos. Le emocionan las películas de Stallone y no puede guardar silencio en la sala a oscuras. Si alguien le dice algo, él simplemente replica: "stupid white man".

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