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Ciudadano Kane: La mejor película de la historia, 75 años después

Por:

02-05-2016

En su aniversario 75 recordamos y celebramos la ópera prima de Orson Welles, Citizen Kane.

Llamarle a algo “el mejor del mundo” –sea
lo que sea ese ‘algo’– es un acto casi incendiario para una obra de arte. Es casi
una provocación para todos los demás.
Aun así, ese título, el de “la mejor película jamás hecha”, es un nombramiento que ha permanecido con
Ciudadano Kane a lo largo de 75 años. Desde aquellas primeras excelentes críticas en 1941 y hasta la fecha, existen realmente pocos expertos que no
estén de acuerdo con esa opinión. Controversial,
elusiva, innovadora y elegante, los elementos que convierten a la ópera prima de Orson
Welles
en un clásico son imposibles de ignorar. 

REALIDAD Y FICCIÓN

Hoy sabemos que el paralelismo entre Kane
y el excéntrico millonario William Randolph
Hearst
no fue coincidencia. Sabemos que Welles
–a sus impresionantes 26 años– hizo hasta lo imposible por mantener en secreto la verdadera naturaleza de su personaje central. Sabemos que él
personalmente aprobó a quienes podían ver los
dailies (el material que se genera diario y que usualmente ven, al mismo tiempo, ejecutivos y
publicistas del estudio) y en la única función de
prensa previa al estreno, él decidió quién podía
ir y quién no. Entre las no invitadas estuvieron
Louella Parsons y Hedda Hopper, ambas famosas columnistas. Hopper, sin embargo, decidió
que las invitaciones eran para novatos y se coló
a la función. Su columna resultante fue una opinión negativa y ácida, en la que declaró que la
cinta era un “ataque grosero e irresponsable a un
gran hombre”: William Randolph Hearst. Al enterarse de esto (¡y, además, de voz de su competencia!), Hearst le reclamó a Parsons que ella no
hubiera estado ahí. La columnista, muy avergonzada y humillada, se dedicó a intentar derrumbar
la obra de Welles, incluso buscando un boicot. 
No funcionó.

De hecho, el mundo del arte pronto se paralizaría frente a esta obra maestra. La “ropa sucia”
del millonario perduraría para siempre como el
arquetipo del excéntrico magnate, duro e inalcanzable. Charles Foster Kane personificaría el
american dreamcomo un espejismo que luce
bien sólo desde lejos. Todos queremos ser él,
pero sabemos que “nosotros” lo haríamos diferente. Se podría decir que aquí nacieron el Daniel
Plainview y el Mark Zuckerberg de PT Anderson
y David Fincher, respectivamente. William
Randolph Hearst lideró e introdujo una nueva
era del periodismo comercial –a sus publicaciones les debemos, por ejemplo, el uso del término amarillismo–, pero para los amantes del cine,
Hearst fue la figura que le dio las herramientas a
una joven promesa de Wisconsin para convertirse en una leyenda cinematográfica. 

CONSTRUCCIÓN DEL MITO

El trayecto de ese joven Welles a su lugar al
frente y detrás de la cámara de
Ciudadano Kane
comenzó en los pasillos de CBS Radio, donde él
–ya conocido por el mundo del teatro y la radio–
produjo, dirigió y actuó aquella mítica transmisión de
La guerra de los mundos que paralizó a
Nueva York (algunos escuchas llegaron tarde y
no se enteraron de que se trataba de una  ficción).
Así, la productora RKO le ofreció un contrato a
Orson para hacer cine. Su talento para enganchar al público masivo lo colocó ahí, en la silla de
director que le daría gloria, pues su inquebrantable ego le hizo rechazar todas las demás ofertas
que no le daban absoluta libertad creativa.

Para crear su ópera prima, Welles se alió con
un veterano de Hollywood, Herman Mankiewicz,
quien contribuyó con mucho del diálogo (hasta
hoy perfectamente citable) que lleva el filme. La
verdadera disrupción del guion, sin embargo,
está en su construcción narrativa, pues la naturaleza artística de Welles, sumada a su inexperiencia con las fórmulas predominantes del lenguaje
audiovisual de la época, le llevaron a crear una
obra a la cual no le podrían importar menos las
convenciones de la cinematografía “moderna”. 

De entrada, la película comienza con el final
(el personaje central susurra la palabra que estará al centro del misterio de su vida, “
Rosebud”) y,
de ahí, juega con casi todos los géneros: por momentos parece terror, otros comedia. Incluso hizo
creer a varios que su sección filmada al estilo de
los clips noticiosos, típicos de las salas de cine
de la época, eran verdaderos. Welles explotaría al
máximo a este
flirteo con el falso documental en
su otra obra seminal del género,
F for Fake.

Ese acto de balanceo entre un género y otro
por supuesto que no se quedó sólo con el guion.
De hecho, si uno tuviera que hacer un ejercicio tan absurdo como decidir qué elemento de
Ciudadano Kane es el que más ha influido la
historia del cine, ése sería la fotografía de Gregg
Toland. Su uso del claroscuro –una técnica que
realza el contraste entre los negros y blancos–, la
fabricación de lentes especiales que permitían
mantener todo enfocado al mismo tiempo, y el
excesivo (para la época) tiempo de planeación
entre fotógrafo y director, cambiaron la forma de
hacer cine de ahí en adelante.

Temáticamente, al espectro de autodestrucción y tormento de Kane que se muestra una
y otra vez lo volveríamos a encontrar en personajes como Michael Corleone (
El padrino), Jake LaMotta (Toro salvaje) y el ya mencionado
Daniel Plainview de
Petróleo sangriento. Y aun
después de todo esto, la pregunta permanece: ¿es
Ciudadano Kane la mejor película en la historia?
Ya lo decía Roger Ebert desde el aniversario 50:
“Sigue siendo tan fresca, provocativa, entretenida, triste y brillante como siempre. Muchos están
de acuerdo en que es la mejor de todos los tiempos. Aquellos que difieren no se han podido poner de acuerdo en cuál sería su candidata”.  

Si te interesó esta nota, Cine PREMIERE te recomienda ver:

  • Ciudadano Kane (Dir. Orson Welles, 1941)

  • Casablanca (Dir. Michael Curtiz, 1942)

  • Toro salvaje (Dir. Martin Scorsese, 1980)

mm

Escritor, director de cine y director editorial en ésta, su amigable vecina publicación de cine, Cine PREMIERE. Nunca perderá la esperanza de una segunda temporada de Studio 60 on the Sunset Strip y Firefly.

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