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Pájaros de verano: Las raíces del narcotráfico

Por:

14-12-2018

Cristina Gallego, directora de Pájaros de verano, habla de cómo el tema del narcotráfico en el cine se ha saturado de una sola mirada.

En Pájaros de verano, dos familias poderosas se miran de frente, con tensión y recelo, a pesar de que se encuentran al inicio de una celebración. La madre, el yerno, la hija y el hijo, miembros de una de ellas, ofrecen armas de fuego como regalo para demostrar buena voluntad al dueño de la casa, quien también es flanqueado por hombres corpulentos y amenazadores. Hasta ahora, ambas dinastías han disfrutado de una frágil alianza: son socias en el negocio de exportación de marihuana, pero se han vuelto cautelosas. “Mejor vámonos”, le susurra la madre al yerno. Ella sabe que los roces están a punto de transformarse en una guerra sangrienta.

Nada de la escena, sin embargo, es lo que uno esperaría: nadie pertenece a la mafia siciliana, ni a ninguna película de gangsters de Martin Scorsese. Las mujeres usan las mantas coloridas tradicionales de los wayú, pueblo habitante de La Guajira colombiana. Los saludos, cautelosos, se pronuncian en lengua wayuunaiki, en la presencia de un anciano pütchipü’ü o “palabrero”, quien tranquiliza un poco a los presentes porque su figura garantiza, al menos de inicio, el predominio wayú del diálogo. En esta cultura indígena, la palabra toca a la puerta antes que cualquier acto de justicia (o venganza), y así sucede, casi siempre, con los narcotraficantes de esta cinta colombiana. Aunque a veces no haya negociación capaz de aliviar un corazón deshonrado.

La mansión en el desierto

“Lo primero que queríamos hacer era una cinta de gangsters sobre una historia que no se ha contado”, nos dijo la colombiana Cristina Gallego, quien codirigió Pájaros de verano junto con su colaborador frecuente, Ciro Guerra (El abrazo de la serpiente). La cinta profundiza en los años de la llamada Bonanza Marimbera, época que la dupla de cineastas ya había tocado en Los viajes del viento (dirigida por Guerra y producida por Gallego), y durante la cual grandes cantidades de dólares entraron a La Guajira debido a la exportación ilegal de marihuana. En ese periodo (1975-1985), sucedido antes de la era de Pablo Escobar, lo más profano de la ambición se metió al desierto: se mezcló con las tradiciones, el imaginario y las raíces de una sociedad tradicional, y trajo consigo los Rolex, las camionetas Ford Ranger y las mansiones levantadas como espejismos en medio de la nada.

“Conforme investigamos más a los wayú y la época nos encontramos con una sociedad que tenía similitudes con esos grupos italianos: figuras como el consigliere, la estructura de las familias y los códigos de honor”, nos dijo Gallego. Dicho encuentro entre lo milenario y lo prosaico, sin embargo, también significó una fusión de universos e influencias: al cine de gangsters se le añadió la fatalidad de la tragedia griega, el salvajismo del western, el surrealismo de Magritte y hasta el imaginario de Gabriel García Márquez, escritor que se inspiró en las mujeres wayú que lo criaron –según cuenta en su autobiografía–, y quien ahora devuelve el favor al inspirar una historia sobre esta cultura. “Nos acercamos al realismo mágico de Cien años de soledad, sobre el ascenso y la caída de una familia, y a su visión de lo sobrenatural. Tal como los wayú, éste tiene gran vínculo con lo sobrenatural, con la muerte y con el inconsciente”, nos reveló la directora.

Según Gallego, tanto Ciro Guerra como ella estaban interesados en contar “el inicio naif e inocente” del negocio del narcotráfico en Colombia, a través de una región comerciante que no se negó a él en un inicio debido a que siempre se caracterizó por el contrabando de otros productos: cigarros, whiskey, café, etc. De esta forma, Pájaros de verano se concentra en el origen de una herida, mientras ofrece una historia poco narrada desde la mirada latinoamericana, al grado de ser considerada un tabú en la cinematografía colombiana.

“Cuando nos ponemos a pensar en las películas del cine colombiano que hablan del narcotráfico, uno no cuenta más de cinco”, dijo Gallego. Ante la aparente saturación de películas y series sobre el tema en México y el resto del mundo, la directora denuncia, más bien, la saturación de una sola mirada: la externa. “Todo el mundo del narcotráfico ha sido contado desde fuera y nosotros [los latinoamericanos] adoptamos esa misma forma de contarlo como si fuéramos externos. Ciro y yo no sentimos que ésa sea nuestra historia, en la que los villanos pasan a ser héroes o ‘antihéroes’. Ahí no hay dolor, no hay familia, ni se muestra cómo se resquebrajan nuestras sociedades: están contadas desde el efectismo de la droga, el dinero y la violencia. Por eso fue muy seductora la idea de contar algo que se ha convertido en tabú”.

La madrina

Realizada con la comunidad wayú (formaron el 30% del equipo de producción), Pájaros de verano sigue a una familia pero tiene como eje a un personaje, que se impone en sabiduría y presencia al más peligroso de los sicarios: la matriarca Úrsula (interpretada por Carmiña Martínez). Fiel a una cultura en donde las mujeres tienen un papel predominante, la película muestra a una sociedad con rasgos machistas –donde el negocio de la marihuana sigue siendo cosa de hombres–, pero cuyo poder político, social y espiritual descansa, contradictoriamente, en los hombros de ellas.

“Cuando inició el proceso de la película arrancamos con la idea de encontrar y desarrollar una especie de El Padrino, pero en el proceso más bien se nos reveló una madrina”, nos contó Gallego. “Es un personaje femenino fuerte, una matrona, a través de cuyo tránsito conectas con el resto de la familia”.

Esta visión femenina motivó en parte a Gallego para tomar un rol de codirectora por primera vez, después de años de desarrollarse como productora (ha producido cuatro películas de Ciro Guerra, incluyendo Pájaros de verano y El abrazo de la serpiente, con la que obtuvieron una nominación al Oscar). “Vimos que se trataba de una sociedad matrilineal [las mujeres pasan el apellido], tienen una participación fuerte y era la visión que yo podía ayudar a traer para que no fuera otra película más de gangsters”.

Esta vez, las advertencias vienen con voz de mujer. “¿Sabes por qué me respetan?”, le dice Úrsula Pushaina a su yerno. “Porque haría lo que fuera por mi familia”.

Periodista, editora en Cine PREMIERE y bailarina frustrada en sus ratos libres. Gustosa del cine, la literatura, el tango, los datos inútiles y de la oportunidad de desvelarse haciendo lo que sea.

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