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CRÍTICAS Cine

Detroit: Zona de conflicto – Crítica

Calificación Cine PREMIERE: 4
Calificación usuarios: 4
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15-12-2017

Con una bestial violencia gráfica, Kathryn Bigelow escenifica un desfile de violaciones de derechos humanos; crea una experiencia incómoda pero magistral.


  • Título original: Detroit

  • Año: 2017

  • Director: Kathryn Bigelow (La noche más oscura)

  • Actores: John Boyega, Anthony Mackie

  • Fecha de estreno: 4 de agosto de 2017 (EUA)

Ver Detroit Zona de conflicto, realizada por la única mujer ganadora del Oscar a Mejor director en la historia, Kathryn Bigelow, no es sencillo; es una experiencia incómoda –pero magistral–, una bofetada para las instituciones policiales estadounidenses y los muy explorados –y explotados– temas de segregación y discriminación racial. Es tan fuerte que algunos críticos la han tildado de ser una apología a la tortura –tal como se le criticó a La noche más oscura, también de Bigelow– o como tortura pornográfica.

Estas posturas extremistas pierden de vista lo bajo y salvaje que puede ser el hombre cuando está convencido de su superioridad racial y reduce al otro a nada, lo bestializa para desvestirlo de su categoría de hombre o mujer –así ocurrió en Alemania con el nazismo y la raza aria, por ejemplo–. Entonces, más que ser un filme apologético, lo que la directora busca es denunciar la brutalidad, sadismo e injusticia cometidos por instituciones del Estado –fuerzas policiales o el sistema judicial–, pero lleva su microscopio a un momento particular: los disturbios ocurridos en Detroit en julio de 1967 después de que la policía irrumpiera en un bar ilegal, que desató un enfrentamiento callejero entre policías, militares y la comunidad afroamericana que duró cuatro días y dejó 43 muertos.

Su cámara inestable, que apela al estilo documental –ya de común usanza en su filmografía– eventualmente aterriza en el antagonista principal: Krauss (Will Poulter, personaje basado en varios oficiales involucrados en el caso), un policía psicópata, sádico y racista hasta las entrañas. En una de las primeras escenas mata a un saqueador tras dispararle por la espalda y pese a que su jefe le advierte que enfrentará cargos por asesinato, vuelve a mandarlo a patrullar las calles.

Aunque Krauss simboliza el pensamiento y proceder de muchos otros jóvenes policías, su psicopatía y perversión también son contraproducentes, pues parece que las vulneraciones y agresiones que comete son producto de su particular forma de ser, no un fenómeno esparcido en buena parte de la sociedad blanca e impiden que lo ocurrido en el Motel Algiers sea un botón de muestra de la inhumanidad infligida sobre la raza negra. Igualmente, es reduccionista al presentar un retrato maniqueo de los “buenos” –las víctimas– y los “malos” –sus victimarios–; no ofrece una contundente escala de grises sobre quiénes son las personas más allá del color de su piel, porque la mayor parte de la película únicamente es la criminalización de blancos contra negros.

No obstante, lo que interesa en el guion de Mark Boal, quien por tercera vez colabora con Bigelow, es poner el ojo sobre un deplorable evento que ocurrió en la tercera noche de los disturbios: policías, oficiales estatales y el ejército allanaron el edificio anexo del Algiers, convencidos de que un francotirador había disparado contra ellos, cuando los detenidos bajo sospecha eran sólo adolescentes fiesteros –entre ellos dos chicas blancas– torturados y asesinados para hacerlos confesar dónde se encontraba la supuesta arma.

Bigelow hace una introspección y reconstrucción de lo que ocurrió en el hotel a partir de los testimonios de quienes estuvieron ahí. Retrata la bestial violencia gráfica, escenifica un desfile de violaciones de derechos humanos que exploran la ineficiencia de la autoridad para cumplir su propósito: servir y proteger. Muestra hasta dónde puede llegar la crueldad humana y no minoriza la maldad con una cámara huidiza, sino que se mantiene firme para generar un dolor palpitante y una ansiedad claustrofóbica, pues una vez que Poulter y compañía inician su interrogatorio tortuoso, personajes y espectadores permanecemos la mayor parte del tiempo en un mismo pasillo del que no hay escapatoria, más que por momentáneos cambios de escenario, donde la intimidación física y psicológica incrementa.

Estas inclemencias sociales aumentan por un fariseo sistema judicial que no supo cómo atender a una olla de presión que les estalló en las manos; pero sobre todo, a través del oficial de seguridad al que interpreta John Boyega, quien recuerda que no sólo es culpable quien hace atrocidades, sino quien permite que ocurran –claro que este discurso únicamente aplica para los afroamericanos, al menos en esta cinta, los blancos no son juzgados de la misma manera–. Bigelow enfatiza que el blanco es la figura de poder absoluta sobre la vida y muerte de los demás, el administrador de justicia, pero también que la inocencia o culpabilidad de un individuo se reduce a estar en el momento y lugar equivocados, así de frágil es la vida humana.

Si te interesó esta nota, Cine PREMIERE te recomienda ver:
  • Fruitvale Station (Ryan Coogler, 2013)
  • Historia americana X (Tony Kaye, 1998)
  • Zona de miedo (Kathryn Bigelow, 2008)

Diariamente escribo de cine en Enlabutaca.com, portal que dirijo, y coedito noticias de entretenimiento en Terra. Soy cinéfila, seriéfila, melómana. En pocas palabras, me encanta el arte.

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