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Columnas REVISTA

Días de invierno

Por:

21-01-2010

Afuera cae la nieve. Es Berlín, maldita sea: ¿Qué podía esperar?, ¿cocos y bananos escurriéndose por calles de arena? No he salido de casa en una semana. No he visto el sol en veintiún días con trece horas y diecisiete minutos. El color de mi piel, nunca demasiado moreno, ha pasado del blanco rosado al […]

Afuera cae la nieve. Es Berlín, maldita sea: ¿Qué podía esperar?, ¿cocos y bananos escurriéndose por calles de arena?

No he salido de casa en una semana.

No he visto el sol en veintiún días con trece horas y diecisiete minutos.

El color de mi piel, nunca demasiado moreno, ha pasado del blanco rosado al transparente. Si me vistiese de blanco parecería alma en pena. La de un suicida, porque las ojeras encajan hacia dentro las órbitas de mis ojos y mi boca observa el deplorable rictus de los que olvidaron sonreír.

Me siento perdido. Contemplar anocheceres prematuros no es lo mío. Ni esquiar, ni bajar a toda velocidad en trineo, ni protagonizar batallas de bolas de nieve con desconocidos. Los quince grados bajo cero anunciados por los noticieros me saben a declaración de guerra, a desahucio congelado e insípido.

¡Pero si tuviera doce años! ¡O trece!… Entonces sería otra cosa. Rogaría a fuerzas desconocidas que me enviaran una vecina como Eli. Una niña con mirada así de peligrosa y al mismo tiempo ausente, como de venado herido por la bala. A ella no le importarían mi aspecto de sábana recién tendida ni mi natural inclinación al fracaso. En este océano de hielo y cuervos su presencia sería mi sol, mi cueva, mi refugio. En su cabello sin memoria perdería la nariz y la conciencia, y no la dejaría entrar una sino mil veces. Incluso antes de tocar mi puerta ya estaría abierta para ella y la bola de años que llevan sus pechos ausentes.

Después, décadas después, y si acaso nos hemos separado, recordaré lo que todo el mundo sabe pero nunca recuerda: que los primeros amores son como los vampiros: inmortales.

Es del 2008 pero la vi en el 2009, en versión original (sueco), pero con subítulos en alemán. Es, para mí, la mejor película de ese año al que yo ya atravesé con la estaca del olvido: Déjame entrar aka Let the right one in aka So finster die Nacht aka Lat den rätte komma in.

Aquí el consabido corto:

 

Carlos Jesús (aka Chuy) es escritor y periodista freelance. Desde 2006 radica en Berlín, desde donde colabora para distintos medios. Sus pasiones son su familia, la cerveza, escribir relatos y el cine de los setenta.

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