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REVISTA Columnas

El carnaval de Sodoma (2006)

Por:

31-03-2009

El inframundo antifílmico   Como si se tratara de batir un récord propio, El carnaval de Sodoma (México-España, 2006) de Arturo Ripstein, es aún más nefasta, grandilocuente y vacía que La virgen de la lujuria, la anti-película anterior de Ripstein. Dentro de una pésima estructura amorperruna, falsamente circular y sádicamente reiterativa, que hace confluir los […]

El inframundo antifílmico

 

Como si se tratara de batir un récord propio, El carnaval de Sodoma (México-España, 2006) de Arturo Ripstein, es aún más nefasta, grandilocuente y vacía que La virgen de la lujuria, la anti-película anterior de Ripstein. Dentro de una pésima estructura amorperruna, falsamente circular y sádicamente reiterativa, que hace confluir los tiempos en la secuencia del carnaval titular, se va a armar otra anti-película que a manera de un agujero negro va a succionar toda cualidad cinemática alguna hasta que no quede rastro.


Una anti-película sólo puede recurrir a pavorosas declamaciones de vómito verbal en un caso clínico de grandilocuencia, porque sus imágenes están muertas en su totalidad, a pesar de lo relamido de la fotografía. Una anti-película se solaza desastrosamente en un solo tic, esa cadena infinita de planos-secuencia vuelta ya una caricatura de sí misma, que siempre parece querer reinventar y desechar 100 años de historia fílmica, aunque acabe en un primitivismo brutalista. Una anti-película no suma hechos sólo ocurrencias revolcadas en la degradación y la inmundicia, que ni siquiera conciernen a seres humanos, porque sus personajes son sólo monigotes o proyecciones personales, meros vehículos para que “los grumos de palabras” sean enunciados. Una anti-película es el ejemplo didáctico de cómo se hace buen anti-cine. Una anti-película sólo puede invocar a la vergüenza y a la pena ajena.

 

El carnaval de Sodoma, demasiado consciente de su condición de anti-película, se encuentra dividida en segmentos con títulos supuestamente coloridos o folklóricos o seudoingeniosos. Como homenaje a lo peor de Iñárritu (que es todo), los segmentos se tropiezan, se mal empalman, se repiten, chocan sangronamente (aunque sin choque de auto de por medio), como sigue.

 

La china Lulú. La sometida esposita mexicana casada con chino Lulú (Isabel Ruíz) es deseada por la mayoría de los clientes que atienden el Royal, burdel de mala muerte de un pueblito inmostrable e innombrable. Así pasa sus días, vagando y lamentándose hasta que un buen día, justo después del Carnaval, decide cortarse las venas sólo para que el chino le declare su amor con pésimo traductor en off.

 

La Mónica. Una prostituta española del Royal, La Mónica (María Barranco),  de la que se dice “está salada”, limosnea por clientes. Así pasa sus días, vagando y lamentándose, cantando con la mayor ridiculez posible el éxito ochentero de Amanda Miguel “Él me mintió” y cada semana asistiendo puntualmente a la Iglesia para pedirle a los santos que le hagan maldades a la esposa del alcalde, hombre al que le dedica la canción y de quien fue amante. La esposa del alcalde puntualmente hace lo mismo, pedirle favorcitos a los santos para atacar a La Mónica.

 

Los tres mosqueteros. Un trío de amigos vaga por el Royal, emborrachándose hasta que un buen día ingenian la idea de poner el Carnaval titular.

 

Tres pasitos. “Travolta” (Carlos Cobos) es un inspector de sanidad que también está prendado de la china Lulú. Utiliza el chantaje de cerrar el burdel, motivado por la plaga de ratas.

 

Los padres de la Iglesia. Un padre busca que lo canonicen (Fernando Luján) y otro busca el amor de la china Lulú (Alejandro Camacho).

 

FIN.

 

Este texto fue ideado, creado y desarrollado al mismo tiempo por un equipo de expertos trabajando en armonía. Todos juntos. Una letra cada uno.

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