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El color de los sueños…

Por:

24-02-2009

 Recuerdo la primera vez que vi Eraserhead, de David Lynch. Fue hace años, en un cineclub de la UNAM, y curiosamente iba también con mi cuate Peter. Recuerdo, sobre todo, nuestras miradas cuando las luces se encendieron al terminar la función, y nos volteamos a ver y nos preguntamos qué carajos había sido eso. De […]

 Recuerdo la primera vez que vi Eraserhead, de David Lynch. Fue hace años, en un cineclub de la UNAM, y curiosamente iba también con mi cuate Peter. Recuerdo, sobre todo, nuestras miradas cuando las luces se encendieron al terminar la función, y nos volteamos a ver y nos preguntamos qué carajos había sido eso. De Lynch conocía tan sólo Wild at Heart y la serie de "Twin Peaks", que estaba en la tele por entonces. Y The Elephant Man, por supuesto. Pero desde entonces me hice fan de esa cualidad onírica, surreal que tiene el cine de Lynch. Es lo más cercano que he visto a un sueño filmado —un cine de pesadilla.

¿Por qué será, si todos soñamos por lo regular en colores, que asociamos el blanco y negro con esa vida paralela que llevamos por las noches, mientras el mundo duerme? Tres de las películas que vi en FICCO el sábado podría haberlas soñado si no existieran. En El reloj de arena (Fövenyóra, Hungría/Serbia/Montenegro, 2008), de Szabolcs Tolnai, un joven escritor regresa a los escenarios de su infancia en busca de su padre, una víctima de los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Al igual que en Tartufo (Tartüff, Alemania, 1925) y Fausto (Faust: eine deutsche volkssage, Alemania, 1926), ambas dentro del ciclo que FICCO dedica a la filmografía de Friedrich Wilhelm Murnau, la fotografía en blanco y negro resulta irreal pero no inauténtico, una visión de cosas hace largo tiempo idas pero que están ahí todavía. Que no se han perdido.

La cinta de Tolnai, en particular, es especialmente opresiva y sombría, una auténtica pesadilla. En una secuencia inolvidable, el padre del protagonista encuentra en su camino un cortejo fúnebre compuesto por una banda que toca una música tristísima, y un grupo de soldados que carga a sus muertos en camillas. Al acercarse el hombre, uno de los muertos se levanta y lo abraza, mientras los demás cuerpos se despojan de las sábanas que los cubren. Muy pronto, todos habrán vuelto a sus lugares. Pero la imagen permanece, al igual que permanecen el dolor, el anhelo, los conflictos raciales que se apuntan en la película, y que acechan como sombras, siluetas imposibles de atrapar.

Esta película está embrujada. Habitada por fantasmas.

—Antonio Camarillo

 

Este texto fue ideado, creado y desarrollado al mismo tiempo por un equipo de expertos trabajando en armonía. Todos juntos. Una letra cada uno.

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