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El esqueleto de la señora Morales: Una festividad macabra

31-05-2020, 6:20:33 PM Por:
El esqueleto de la señora Morales: Una festividad macabra

El 26 de mayo de 1960, un hombre aterrador llegó a la cartelera mexicana. A través de una trama escalofriante, la icónica cinta de Rogelio A. González nos presentó a un Arturo de Córdova como más lo disfrutaríamos: en los límites de la locura y acompañado de su inseparable señora Morales.

Un hombre ríe endemoniadamente mientras mira un esqueleto humano. La osamenta, carente de quijada, da la impresión de haberse contagiado de las carcajadas que resuenan por todos lados. “Ya estarás contenta”, dice una y otra vez el sujeto, mientras acaricia y acomoda los huesos de su esposa, recién fallecida, y cuyos restos ahora se encuentran colgados frente a él.

En un tiempo en que la cartelera nacional estaba llena de charros, de añoranzas porfirianas y de historias felices interpretadas por Pedro Infante, el director Rogelio A. González se atrevió a desafiar lo establecido. Esa trama escalofriante y, desde luego, dolorosamente actual, significó en aquel momento un parteaguas en la historia del cine mexicano. El esqueleto de la señora Morales se salió de los estándares narrativos de su época y sorprendió al público por primera vez con una mezcla sin precedentes de locura, tragedia y humor oscuro, que ha sobrevivido desde entonces.

Pablo –uno de los personajes más emblemáticos de Arturo de Córdova– es un taxidermista especializado en extraer y preservar el esqueleto de distintos tipos de animales. Con el paso de los años, aquel mundo de vísceras y retazos termina siendo mucho más interesante y ameno que el que le espera en casa. Como cada noche, Gloria (Amparo Rivelles) recibe a su esposo con la cena lista y con una cantidad infinita de reclamos, cada uno más ofensivo que el anterior.

Sin embargo, Pablo recibe cada golpe –lleno de odio y repudio– con una enorme sonrisa, tratando de ignorar sus palabras y recordando aquellas cosas que los enamoraron. Desafortunadamente, parece que ni la mayor bondad es capaz de sobrevivir a un matrimonio infernal, lleno de celos, de quejas y de un puritanismo extremo que raya en la obsesión.

Luego de dirigir algunos de los filmes más representativos de Pedro Infante –como Escuela de vagabundos (1955), El inocente (1956) y Escuela de rateros (1958)– y de escribir los guiones de cintas como Nosotros los pobres (1948), Ustedes los ricos (1948) y Los tres García (1947), Rogelio A. González se deshizo brevemente de los lastres que asfixiaban al cine mexicano de la época y filmó la película más célebre de su filmografía.

Pero aquella historia cruda y espantosa de un hombre que asesina a su esposa sólo podía ser transformada en una comedia oscura por las manos de un experto: Luis Alcoriza. Basado en la novela El misterio de Islington, de Arthur Machen, el guionista de las mejores cintas de Luis Buñuel –como El gran calavera (1949), Los olvidados (1950) y El ángel exterminador (1966)– y director de clásicos nacionales como Tlayucan (1962), Tiburoneros (1963) y Mecánica Nacional (1972), le añadió a El esqueleto de la señora Morales los diálogos y las situaciones más macabramente divertidas del cine mexicano.

Como lo había hecho ya en aquellos otros filmes –y en tantos otros de su filmografía–, Alcoriza desentrañó sin ataduras el lado más vergonzoso de la idiosincrasia mexicana. Aquí lo logra no sólo con la pareja protagónica, sino con cada uno de los personajes que dan vida a esta historia. Desde una empleada doméstica –bondadosa y cómplice de Pablo– y una divertida vecina con incontinencia, hasta un sacerdote entrometido y venenoso que manipula a Gloria a su antojo.

“Mediante diálogos y escenas eróticas ambiguas, escatología y necrofilia, la festividad macabra de El esqueleto de la señora Morales se burla de las instituciones familiares y religiosas, y remata con una genial vuelta de tuerca”, escribieron Gustavo García y Rafael Aviña en la revista Época de Oro del cine mexicano, de Clío, en 1997. “Más allá de un apunte moralista, se trata de un último detalle de humor negro: la falacia del crimen perfecto y el fin de la hipocresía”.

En El esqueleto de la señora Morales –y de la misma forma en que lo hizo con cintas como La diosa arrodillada (1947), En la palma de tu mano (1951) o Él (1953)–, Arturo de Córdova nos llevó a los límites de la locura y la sensatez: a donde el salvajismo se mezcla con la prudencia para que seamos nosotros quienes juzguemos a una historia. Él, mientras tanto, solo nos contempla con aquella sonrisa inolvidable, acompañado, desde luego, de su inseparable señora Morales.

Cine mexicano
mm Apasionado de ver, escribir, leer, investigar y hablar sobre cine en todas sus formas. Soy fan de Star Wars, me sé de memoria todos los capítulos de Friends y si me preguntan de cine mexicano, no hay quien me calle. Editor en Cine PREMIERE.
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