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El irlandés: Un compendio de lecciones de Scorsese

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27-11-2019

Martin Scorsese regresa para concluir su vistazo al mundo de la mafia, explorar el paso del tiempo y lo que significa construir un legado.

“Desde que tengo memoria siempre he querido hacer películas”.

Si existiera un filme en el que Martin Scorsese contara su vida, ésta sería la frase inicial perfecta. La versión original de esta cita, que habla de gangsters en lugar de películas, pertenece a Henry Hill y es el diálogo con el que el personaje de Ray Liotta nos da la bienvenida a Buenos muchachos. Sin embargo, bien podría arrancar otro tipo de narración en voz de Scorsese: una que, en lugar de contarnos la entrada de un jovencito al mundo criminal, nos llevara de la mano por su ascenso a las altas filas de la cinematografía moderna.

Es muy conocida la anécdota de cuando “Marty” era un niño asmático en Little Italy en Nueva York, y veía por su ventana el ir y venir de los gangsters del barrio. Su aparente vida glamurosa, llena de carros de lujo y mujeres hermosas, llenaron al jovencito de una fascinación que siempre lo acompañaría y nutriría una parte de su filmografía. Scorsese no se iría finalmente por ese rumbo –él era, después de todo, un buen chico católico que en algún momento incluso consideró volverse cura–, sino que se dedicaría a su verdadera obsesión: el cine, un interés que adquirió al no poder participar en las actividades físicas que su salud le negaba.

Harvey Keitel y Zina Bethune en la ópera prima de Martin Scorsese: Who’s That Knocking on My Door.

Desde muy chico, Marty se dedicó a analizar meticulosamente las puestas en escena, tomas, trucos y narrativas de toda película que se le ponía enfrente. Su memoria prodigiosa y su talento nato le llevarían a estrenar su primer largometraje a los 25 años (Who’s That Knocking on My Door, que comenzó como un trabajo escolar en NYU), posicionándose como uno de los directores norteamericanos más prometedores de su generación. Desde aquella cinta ya se pueden ver varios de los temas que acompañarían a su filmografía: el bajo mundo criminal de las calles de Little Italy, los celos románticos masculinos incontrolables y, más notablemente, la doctrina católica que llenaría a sus protagonistas de orgullo y de culpas. “Sus personajes frecuentemente son ‘outsiders’ que se esfuerzan demasiado o no están seguros de qué decir”, escribe Roger Ebert en su libro de ensayos Scorsese by Ebert.

A partir de su ópera prima y de la película que posteriormente lo puso “en el mapa”, Calles peligrosas, Scorsese parece nunca haberse despedido de ese forastero que mira desde afuera hacia el mundo al que quiere pertenecer. Puede ser un exsoldado de Vietnam que quiere “ser persona como el resto de la gente” en Taxi Driver, o un multimillonario que quiere ser cineasta (El aviador): Scorsese siempre apunta su cámara hacia el chico en la orilla y, al hacerlo, se retrata a sí mismo.

Escuché que haces películas de gangsters

A pesar de que sus primeras dos películas, Who’s That Knocking on My Door y Calles peligrosas –ignorando Boxcar Bertha, que fue realizada por encargo para Roger Corman, el rey de la serie B– están firmemente plantadas en el cine de gangsters, Scorsese no volvería a esos terrenos sino hasta después de década y media, una vez que ya estaba bien consolidado como uno de los grandes de Hollywood. De hecho, en realidad su filmografía posterior a Calles peligrosas únicamente cuenta con cinco películas sobre crimen organizado (aunque la “organización” del crimen en Pandillas de Nueva York es cuestionable) y específicamente sólo tres sobre la Cosa Nostra: Buenos muchachos, Casino y El irlandés, que apenas se estrena este mes. Pero es un testamento a su maestría como narrador que sus pocas entradas al género sean consideradas clásicas y hayan sentado muchas de las “reglas” bajo las cuales se rige.

La filmografía de Scorsese posterior a Calles peligrosas únicamente cuenta con cinco películas sobre crimen organizado (aunque la “organización” del crimen en Pandillas de Nueva York es cuestionable) y específicamente sólo tres sobre la Cosa Nostra.

Basada en el libro I Heard You Paint Houses –“Escuché que pintas casas”, aunque en español lleva el poco inspirado título de Jimmy Hoffa: Caso cerrado–, El irlandés sigue la historia de vida de Frank Sheeran (Robert De Niro, de vuelta con Scorsese 24 años después de la última vez que trabajaron juntos): un exmilitar que comienza como chofer de camiones de carga y termina involucrado con las altas filas de la mafia.

En sus tres horas y media de duración, El irlandés no es sólo un sumario de la vida de Sheeran, sino del cine de gangsters mismo y un gran espejo que Scorsese coloca sobre su propia historia. Desde la secuencia con la que abre la película, una cámara que avanza flotando por pasillos, inevitablemente emulando el trabajo de cámara más celebrado de Buenos muchachos, la película parece establecer un diálogo con la audiencia. Especialmente con aquellos que conocen la filmografía de Scorsese y su vida.

“Rápidamente empecé a ver la película en mi cabeza”, le dijo Scorsese a Variety sobre la primera vez que leyó sobre el proyecto, cuando De Niro se lo presentó hace una década. “Ahí estaban todos los temas y preguntas que me han acechado y obsesionado a lo largo de mi vida. Nos dio la oportunidad a Bob [De Niro, quien también produce] y a mí de recoger el hilo de nuestras cintas anteriores y reunirnos en un momento muy diferente de nuestras vidas”.

Justo cuando pensaba que estaba fuera…

El irlandés no es la primera película que Robert De Niro le presenta a Martin Scorsese, un director que rara vez ha trabajado con guiones de su autoría, pero que ha demostrado una particular facilidad para encontrar su propia voz a partir del texto de otros. Incluso para Toro salvaje –considerada por muchos la mejor película en la filmografía de Scorsese– De Niro tuvo que pasar años tratando de convencer a su amigo de hacerla, ya que Scorsese tiene muy poco interés en el box o en el deporte en general. Al fin lo logró en 1978, cuando el cineasta se recuperaba en el hospital de una sobredosis de cocaína, así como de una fuerte depresión, pues sentía que ya había realizado su última película.

Según le platicó Scorsese a Roger Ebert en el mencionado libro: “Casi me muero. Ése fue mi fondo personal. Estaba un día en el hospital y De Niro entró y aventó la autobiografía de Jake LaMotta en la cama, ‘¿ahora sí la quieres hacer?’, me dijo”. Scorsese dirigió aquella como terapia para salir del hastío que sentía hacia todo, incluso hacia la forma en que el color fue utilizado en el cine a finales de los 70, por lo que decidió hacer la película en blanco y negro.

Scorsese dirigió Toro salvaje como terapia para salir del hastío que sentía hacia todo, incluso hacia la forma en que el color fue utilizado en el cine a finales de los 70.

Aquella sensación de “ya estar fuera”, de haber realizado su última película, es una que acompaña a Scorsese hasta el día de hoy, y quizás ésa sea en parte la causa por la que sus cintas son electrizantes, llenas hasta el borde de ideas, diálogos y creatividad sin tapujos: cada una podría ser una conclusión. Incluso sus películas “religiosas”, como La última tentación de Cristo, Kundun y Silencio, aunque son mucho más apacibles y opuestas a la exuberancia cuasipsicótica de Vidas al límite o El lobo de Wall Street, podrían funcionar como elegantes puntos finales de una carrera. “Esto es lo que sé, esto es lo que he aprendido”, parece decirnos Marty en cada nuevo filme. Sin embargo, siempre vuelve.

Joe Pesci regresa al cine luego de casi una década alejado de los reflectores.

El irlandés también comparte esta cualidad, pero más allá de que podría ser también una digna última película de Scorsese (no lo será, no se preocupen), en realidad podría ser una digna última película de todo el género de gangsters (tampoco lo será fuggedaboutit!). «Éste es un mundo que Bob y Marty entienden, lo han investigado mucho y lo conocen mejor que nadie”, nos dijo Al Pacino, quien trabaja por primera vez con Scorsese y por tercera con De Niro (aunque en El Padrino 2 no compartieron escenas).

El irlandés es una película sobre gangsters, sí, pero más allá de eso es una película sobre el paso del tiempo. Tiene todos los momentos adrenalínicos que uno esperaría de una cinta sobre mafiosos ajustando cuentas, pero (y a diferencia de Buenos muchachos, Casino, Pandillas de Nueva York y El infiltrado) tiene pasajes de profunda meditación alrededor de la soledad, la moral y el legado personal.

Una oferta que no podía rechazar

“Quisimos explorar la naturaleza de quiénes somos como seres humanos, el amor, la traición, la culpa, el perdón”, declaró Scorsese durante la conferencia de prensa posterior a la proyección de El irlandés en el New York Film Festival. Para lograrlo, el cineasta sabía que su historia abarcaría al menos 50 años en la vida de las mismas personas.

“Cuando recién surgió la idea hablamos de maquillaje, hablamos de quién nos podría interpretar de jóvenes”, nos dijo De Niro. “Luego, conforme pasó el tiempo, nos dimos cuenta de que podríamos hacerla con efectos digitales”. Esta decisión, sin embargo, elevó el costo de producción de los $100 MDD originales a unos $175 (según diversos reportes), lo cual la convierte en la cinta más cara de Scorsese. Eso obligó a los estudios originales, Paramount Pictures y a la productora mexicana Fábrica de Cine, a retirarse.

“Nos dimos cuenta de que Marty y De Niro realmente creían que el proceso de rejuvenecimiento sería un aspecto muy importante de la película”, explicó el productor mexicano Gastón Pavlovich, según reportó el diario irlandés Independent. “El modelo tradicional no iba a funcionar con esta nueva visión del proyecto”.

En ese momento, sólo una compañía estaba en condiciones de asumir semejante riesgo. Una con carretadas de dinero y una imparable sed de legitimidad artística en la industria cinematográfica: Netflix. “Después de que anunciamos el trato”, le dijo Scott Stuber, cabeza de la división de largometrajes de Netflix a Variety, “llegaron muchos realizadores a ver si podían trabajar con nosotros. Reconocemos que ésta es una conversión grande para ellos, pero queremos apoyar a los mejores cineastas”.

Sin duda se trató de una decisión controversial para Scorsese, quien ha sido uno de los críticos más severos de ver películas en pantallas pequeñas y la pérdida de la experiencia de la sala de cine. Sin embargo, al igual que hicieron con Roma el año pasado, el servicio de streaming sí le dará a El irlandés una corrida en salas en EE. UU. y en México.

Por supuesto, esta negociación también beneficia a Netflix, pues eso califica a El irlandés para participar en la próxima entrega del Oscar, en la cual fácilmente podría recibir nominaciones a dirección, película, edición, fotografía –para el mexicano Rodrigo Prieto– y, sin duda, para las tres actuaciones principales: De Niro, Pacino y Pesci.

Así la película logre llevarse estatuillas en las grandes categorías del Oscar o no, El irlandés no es una que deba verse sólo en el contexto de una temporada de premios, sino en el de toda una vida dedicada a la cinematografía. “Hace muchos años, Al y yo hicimos otra película juntos, Frente a frente [2008], y fue sólo una película que hicimos, no tenía… bueno, sólo fue una película”, nos confesó De Niro. “Cuando estábamos en la premiere me volteé con Al y le dije ‘ojalá algún día podamos estar en algo así para algo que sea muy especial’”.

El irlandés es un espejo de Scorsese hacia sí mismo y una labor de amor de muchos años para todos sus involucrados. Especial parece una buena forma de describirla.

Escritor, director de cine y director editorial en ésta, su amigable vecina publicación de cine, Cine PREMIERE. Nunca perderá la esperanza de una segunda temporada de Studio 60 on the Sunset Strip y Firefly.

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