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CRÍTICAS Cine

El río – Crítica ganadora del taller de OrquídeaLab

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21-01-2019
el rio critica

Emilio Bermeo escribe sobre la cinta El río, deJuan Pablo Richter, que busca denunciar la violencia de género desde un punto de vista masculino, aunque cae en los estereotipos.

Al menos desde lo geográfico, El río se diferencia de la gran mayoría del cine boliviano al abandonar la tradición andina para presentar una mirada sobre el patriarcado y la violencia de género. El director, Juan Pablo Richter, busca explorar la masculinidad desde la subjetividad de un adolescente y sus vivencias en un nuevo entorno.

Sebastián es un adolescente citadino, que luego de ser expulsado de la casa de su madre, se traslada a Beni, una pequeña población rural en el oriente boliviano donde vive su padre, Rafael. Las diferencias entre campo y ciudad aparecen como plataforma para desenvolver una relación entre un padre y un hijo, en la que el componente principal es la herencia de prácticas y actitudes patriarcales.

Rafael tiene una joven esposa, Julieta, sobre quien recaen las injusticias patriarcales y la violencia machista de Rafael, pero también de la sociedad boliviana. La rebeldía e interioridad de Julieta permanecen en la superficie de la narrativa: poco se conoce sobre su presente y de su pasado solamente sabemos que es entregada por su familia como pago de una deuda.

Richter se asegura de demostrar, mediante referencias culturales, el choque entre campo y ciudad. Sebastián entabla una divertida amistad con Julieta, en la que en un principio comparte con ella sus preferencias musicales y literarias. Algo que pasa de ser un tema recurrente para volverse una insistencia injustificada, en especial a través de 1984, el clásico de George Orwell, que aparece en reiteradas ocasiones sin tener mucho que ver con la trama y cuya recurrencia nunca se explica.

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Las diferencias entre campo y ciudad aparecen como plataforma para desenvolver una relación entre un padre y un hijo, en la que el componente principal es la herencia de prácticas y actitudes patriarcales.

Mientras por momentos Rafael parece proyectarse como un villano por su actitud patriarcal, su prepotencia machista, su corrupción y falta de sensibilidad hacia la naturaleza, Richter también lo muestra como un personaje que se preocupa por su hijo: intenta enseñarle cosas, como la cacería –otra referencia estereotípica al machismo–, lo pone a trabajar y le enseña a responsabilizarse por sus actos. Es en esas contradicciones donde el director pudo haber dotado a Rafael de cierta complejidad, pero terminan convirtiéndose en ambigüedades. Es aparente que el realizador quiso crear un monstruo, un hombre codicioso e insensible, pero no lo logra al caer en tantos clichés.

Por otro lado su hijo, Sebastián, quizá de modo accidental, termina siendo el villano. Al llegar a Beni parece cuestionar las actitudes de su padre, pero termina por heredarlas. Es un personaje difuso, pues su ingenuidad se confunde con sus acciones: por alguna razón fue expulsado de la casa de su madre, utiliza a una de sus compañeras del colegio para satisfacer sus deseos sexuales y reasegurar su condición masculina, se envuelve en un romance con la esposa de su padre y amenaza de muerte a su empleada doméstica si no guarda silencio. En un gesto que simboliza su inscripción a la competitividad machista, le expresa a su padre que él tiene el pene más grande. Richter busca denunciar la violencia de género desde un punto de vista masculino, pero termina por realizar una película que va más por el fracaso de un adolescente al intentar romper con las actitudes machistas de su padre.

Tras la anunciada y poco trágica muerte de Rafael, parece que Sebastián logra derrocar a un tirano para convertirse en otro. Quizá de modo accidental, por lo tanto, el villano es él. Aunque Richter parece dominar el lenguaje cinematográfico, la falta de sutilezas dentro del guion lo acercan más a los estereotipos, que terminan por llevar a sus personajes a la superficie del río, en lugar de explorar sus profundidades. A diferencia de otras películas que denuncian la violencia de género desde la experiencia femenina –que es la que debería importar más, como en Paulina de Santiago Mitre, o Yawar Mallku, del boliviano Sanjinés– El río no llega a invitar a la audiencia a cuestionar el fondo del asunto: la tendencia a ignorar el punto de vista femenino.

En todo caso, El río es un planteamiento importante y legítimo, aunque se puede prestar para lo contrario de lo que se busca, que es reflexionar sobre las masculinidades. La única lectura favorable, por lo tanto, es la de Sebastián como gran villano para resaltar la transmisión intergeneracional de actitudes patriarcales.

 

–Emilio Bermeo

Emilio Bermeo es periodista, educador, investigador. Ha publicado para Numbers Magazine, GK, Loyola Magazine y CUSP Magazine. 

Este texto fue ideado, creado y desarrollado al mismo tiempo por un equipo de expertos trabajando en armonía. Todos juntos. Una letra cada uno.

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