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CRÍTICAS Cine

El sacrificio del ciervo sagrado – Crítica

Calificación Cine PREMIERE: 3.5
Calificación usuarios: 2
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09-02-2018

Yorgos Lanthimos entrega su película más turbia e inclasificable. Un diálogo directo con Kubrick y los mitos griegos, hecho para provocar riñas entre entusiastas y detractores.

En El sacrificio del ciervo sagrado, una cámara flotante sigue a dos personajes mientras caminan por pasillos largos e impecables: ni tan cerca para que podamos empatizar con ellos –por ejemplo, a través de la mirada– ni tan lejos para dejar de percibir la amenaza constante e invisible que les acecha las espaldas. Como en un mal sueño del que no se puede despertar, todo parece real hasta que ponemos atención en los detalles: el tono de voz monocorde y robótico con el que hablan todos, así sea para decir las cosas más terribles. Una joven se arrastra al no poder caminar. Un niño se limpia sangre que le escurre de los ojos. Estamos, otra vez, atrapados en una película de Yorgos Lanthimos, un terreno del que no se puede salir ni abandonando la sala. Las imágenes, los sonidos, ya están clavados en la memoria.

El sacrificio del ciervo sagrado es el quinto largometraje de un realizador empeñado en construir, película a película, un universo propio que opera bajo sus propias reglas y condiciones. Protagonizada por Nicole Kidman, Colin Farrell y el espeluznante Barry Keoghan (Dunkerque), es una fábula de destino y venganza que se puede contar en dos versiones. En una, un matrimonio de exitosos médicos de Cincinnati ve amenazada su idílica y monótona vida en los suburbios –dos hijos de anuncio, perro de ensueño, casa estilo georgiano– por la irrupción de un adolescente dispuesto a cobrarse un amargo secreto escondido en el pasado del padre (Farrell). En la otra, una versión contemporánea de los relatos griegos más tenebrosos –Lanthimos nació en Atenas–, un oráculo irrumpe para dictar el destino, el cuándo y el cómo de una serie de muertes aterradoras. Como le pasaba a Edipo, Antígona o Medea, nada de lo que los personajes hagan a partir de ese momento los podrá salvar excepto, quizá, cobrarse el precio de los lazos sanguíneos con su equivalente en sangre derramada.

El título de El sacrificio del ciervo sagrado invita a entrar en ella a través de esta puerta mitológica en donde la fantasía más improbable se funde con el horror psicológico y terrores tan humanos como la culpa o la expiación. Igual que en Canino (2009) o en Los suplantadores (2011), las dos películas que introdujeron a Lanthimos en pantallas mexicanas, el guion escrito por el director junto a su inseparable coguionista y compatriota, Efthymis Filippou, desmenuza a una familia aparentemente modélica para insertar un elemento disonante y sentarse a observar los resultados, que suelen desencadenar los instintos más inesperados en sus integrantes.

Mientras películas como La langosta (2015) o la mencionada Canino hacían brotar comparaciones fáciles y automáticas con autores como Michael Haneke, El sacrificio del ciervo sagrado asalta –esta vez a propósito– las bóvedas del imaginario kubrickeano para poblar sus secuencias con evocaciones que no son ni homenaje ni mera referencia. No hay casualidad ni accidente en que el niño, Sunny Suljic (Bob) parezca un fantasma del Danny Torrance de El resplandor, ni que la imagen doble de una Nicole Kidman desmaquillándose frente al espejo sea una cita textual de Ojos bien cerrados. Lanthimos parece decidido a seguir indagando el mismo tema que obsesionó a Kubrick hasta sus últimos días: el desmoronamiento de la institución familiar cuando es penetrada por una fuerza inexplicable, oculta, que escapa a su control y entendimiento.

Pero es en la inquietante banda sonora, ensamblada en su mayoría por piezas ya existentes de músicos como el chelista Siegfried Palm o la acordeonista Janne Rättya, en donde El sacrificio del ciervo sagrado parece haber aprendido la mejor lección de Kubrick. Como espectador, uno puede desviar la mirada, cerrar los ojos o pensar en un lugar diferente, pero no puede cerrar los oídos: las notas quebradas, agudas o los violines frenéticos llenan el aire como el miedo, el destino o como una niña que canta Burn, esa canción de Ellie Goulding que hasta ayer servía para bailar en las fiestas y no como un presagio que anuncia la inminencia del horror.

Si te interesó esta nota, Cine PREMIERE te recomienda ver:
  • La langosta (Yorgos Lanthimos, 2015)
  • Canino (Yorgos Lanthimos, 2009)
  • El resplandor (Stanley Kubrick, 1980)

Periodista, cinéfilo y lector compulsivo, conductor en Mi cine tu cine (Once TV), locutor, jazzero y tragón. Miembro de la Semaine de la Critique de Cannes en 2014 y del Berlinale Talents Press. Estando antes en París, pasaba más tiempo dentro del cine que afuera, así que volví a la Ciudad de México en donde el cine es más barato y, digan lo que digan, se come mejor.

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