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Final de temporada de The walking dead (una reflexión)

Por:

22-03-2012

 AVISO QUE ESTE TEXTO CONTIENE ALGUNOS DE ESOS FAMOSILLOS SPOILERS No me asombra en lo absoluto el ser uno más entre la gente que quedó impactada tras ver el último capítulo de The Walking Dead. En lo personal, los zombis siempre han sido los monstruos, por llamarlos de alguna manera, que más me inquietan, que […]

 AVISO QUE ESTE TEXTO CONTIENE ALGUNOS DE ESOS FAMOSILLOS SPOILERS

No me asombra en lo absoluto el ser uno más entre la gente que quedó impactada tras ver el último capítulo de The Walking Dead. En lo personal, los zombis siempre han sido los monstruos, por llamarlos de alguna manera, que más me inquietan, que más angustias me provocan. Buena parte de ello quizá se deba a lo que me representan: humanos que vuelven a la vida pero carentes de cualquier sentimiento, autómatas cuyo único instinto es el de devorar cualquier ser vivo con el que se cruzan, en resumen, la representación total y última de la involución humana.

En este último capítulo, por demás, quedan mostrada la forma de actuar que, siendo sinceros, la mayoría de nosotros tendría ante una situación límite: el ver por la supervivencia de uno mismo y, si acaso, la de nuestros seres más queridos. Cierto es que por más generoso y preocupado por los demás que uno se considere, ante hechos extremos lo único que aflora son los instintos más primitivos. Así lo muestra por lo menos Rick Grimes, otrora chérif defensor del orden y protector de los principios más apegados de la justicia al que las adversas circunstancias terminan colocando de frente a su lado más oscuro. Tan desgraciada revelación ha sido tocada varias veces en el cine. Allí tenemos, por ejemplo, a Michael Corleone, en principio un joven ingenuo y de buen corazón al que determinados hechos -por no llamarlo destino- transforman en un asesino -¿lo es menos por no ejecutar los crímenes que ordena?- rencoroso y brutal. Un ser al que el alma se le ha secado y disminuido al tamaño de una nuez. En el caso de Grimes quizá no es el poder el que lo seduce, pero en cualquier caso tampoco estaría dispuesto a perder el liderazgo al que los demás lo encumbraron, ya por su inteligencia, ya por la representación del orden que conlleva su antiguo trabajo. Como sea, no deja de llamar la atención que en el último capítulo, movido por la desesperación o por un sentimiento de culpa incontrolable -el típico caso de Corleonitis aguditis, también conocido como "maté a una figura fraternal"- decide transformar una raquítica pero funcional democracia en una dictadura.

No sé a dónde nos estén llevando los productores y directores de la serie. Desconozco el cómic y por el momento prefiero que sea así. Lo cierto es que esas subtramas me provocan tantos escalofríos como el mero juego de cazador-presa que los no muertos juegan con los mutantes. Me parece válido que además se incluyan reflexiones existenciales tan severas como para que permanezcan dando vueltas en nuestras cabezas aun luego de varios días. Allí está, por ejemplo, ese monólogo que el hasta hace poco devotísimo Hershel Green se formula y dice en forma de lamento: "Dios hablaba de la resurrección de los muertos, pero siempre pensé que la había dispuesto de otra manera…".  

Fe, paternidad, fidelidad, amistad, amor… todos ellos conceptos humanos que quedan en juego ante la adversidad, frente a los acontecimientos que nos rebasan. Queda claro que no se necesitan caminantes, como ellos los llaman, para que nuestra raza se vea sumida en una situación parecida, reflejándose en un espejo negro y sin fondo. En todo momento hay guerras, catástrofres naturales o lobos solitarios -como el recién ultimado "asesino de Toulouse"- que colocan a unos cuantos en una posición donde todo principio y escrúpulo quedan mutilados frente al mero acto de sobrevir. 

El apocalipsis está aquí. Siempre lo ha estado. En fracciones, en pedazos de un enorme rompezas que jamás -ojalá- será armado y en el que los cazadores y las presas somos todos.

 

Carlos Jesús (aka Chuy) es escritor y periodista freelance. Desde 2006 radica en Berlín, desde donde colabora para distintos medios. Sus pasiones son su familia, la cerveza, escribir relatos y el cine de los setenta.

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