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CRÍTICAS Cine

Gauguin: Viaje a Tahití – Crítica

Calificación Cine PREMIERE: 2.5
Calificación usuarios: 4
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17-04-2019
gauguin viaje a tahití

Gauguin: Viaje a Tahití, de Edouard Deluc, es certero y conciso aunque no por ello vertiginoso en su narrativa.

En Van Gogh: En la puerta de la eternidad, Oscar Isaac figuró como un Paul Gauguin trascendental en la vida del pintor de “El retrato del doctor Gachet”. Pese a su poca presencia a cuadro, el actor guatemalteco imprimió pasión y arrebato en su esbozo del postimpresionista y la profunda impronta dejada en su colega neerlandés. Esa misma ansiedad y éxtasis por el arte, por tomar el pincel y capturar la realidad que hervía en el artista de Isaac se profundiza en Gauguin: Viaje a Tahití (Gauguin – Voyage de Tahiti).

Distante de la biopic concentrada en narrar la mayor cantidad de episodios de una vida, el filme de Edouard Deluc es certero y conciso aunque no por ello vertiginoso en su narrativa. Se preocupa por hacer casi palpables las motivaciones de Gauguin para pintar fuera de París, para marchar a la Polinesia francesa y descubrir nuevos paisajes e inspiraciones que retratar. Es como si las pinceladas que nos ofreció Isaac previamente cobraran completo brío en esta nueva cinta.

gauguin viaje a tahití
La actriz francesa Tuheï Adams interpreta a la segunda esposa de Gauguin, quien además cataliza nuevos impulsos en el pintor a través de su carácter rebelde.

Para ello, Vincent Cassel captura con fiereza la intermitencia de un carácter veleidoso, exclusivamente obediente al compás de la inspiración artística y, posteriormente, a la de su musa Tehura (Tuheï Adams), su Eva tahitiana. Con esta belleza local de 13 años –aunque no aparenta esa edad– inicia una relación en medio de su detrimento físico a causa del alcohol, la precaria alimentación y la diabetes, para abrirle paso a un drama romántico. El pintor deja todo a un lado –incluso a su esposa e hijos– por su persecución creativa en medio de parajes paradisiacos y una cinematografía excelsa que hace de los árboles y ríos una constante tentación, un anhelo de escapatoria de la realidad.

Tanto Cassel como la dirección de Deluc dejan escapar a cuentagotas breves nociones de los demonios del pintor: su indiferencia, su inestabilidad, sus celos. Así, el objetivo primario de Gauguin: Viaje a Tahití es ratificar el amor del arte por el arte más allá de las ganancias económicas, el bienestar personal o el sentido común. Sin embargo, no cuenta con el mismo refinamiento –estilístico ni argumental– que la biopic de Van Gogh para retomar los embates del pulso creador, una paradoja entre la forma y fondo.

gauguin viaje a tahití
Las imágenes de Pierre Cottereau son una de las mayores fortalezas de Gauguin: Viaje a Tahití.

Así como en algún punto del filme queda claro que Gauguin no pertenece a Tahití y que por mucho que intente embonar sigue siendo un hombre blanco fuera de contexto –un símbolo de la conquista, la posesión y el sometimiento–, la película se empapa de la vacilación de su protagonista. Es tan estática como su estancia en la isla, donde, aunque su estilo con el pincel y el color florecen, su descubrimiento carece de emoción. El hecho de que fuera en Tahití donde Gauguin finalmente se desmarca de lo que sus coetáneos hacían en Europa es poco revelador y emotivo en términos cinematográficos. Una epifanía desdibujada. Un Eureka sin signos de exclamación.

Si te interesó esta nota, Cine PREMIERE te recomienda ver:
  • Van Gogh: En la puerta de la eternidad (Julian Schnabel, 2018)
  • Camille Claudel 1915 (Bruno Dumont, 2013)
  • Renoir (Gilles Bourdos, 2012)

No soy la Madre de los Dragones, pero sí de @Enlabutaca; desde ahí y en Cine PREMIERE estoy en contacto con las buenas historias. Melómana, seriéfila, cinéfila, profesora universitaria, y amante de las bellas artes. Algún día escribiré una novela de ciencia ficción. ¡Unagui!

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