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GIFF2017: Crónica de nuestra experiencia con los cortos de realidad virtual

Por:

31-07-2017

Durante la vigésima edición del GIFF, asistimos a la proyección de sus tres cortometrajes originales en realidad virtual.

Once personas están a
punto de experimentar tres escenarios distintos –un
gimnasio en Silao; el Nevado de Toluca y un bosque en algún lugar del país– sin necesidad de moverse un solo centímetro de su asiento. Yo soy una de esas personas. Y lo podremos vivir gracias a la realidad virtual. 

En un pequeño cuarto de la Mansión del Conde Rul, una de las sedes del Festival
Internacional de Cine de Guanajuato
en su vigésima edición, los voluntarios del encuentro nos
acomodan en sillas –bastante cómodas–, y ponen a cada uno los lentes de
realidad virtual. Posteriormente dan un par de instrucciones que repiten de
persona en persona: “No te quites los lentes, alza la mano cuando el corto
termine y nosotros vendremos a ayudarte”.

La función individual da inicio. Péplum, del cineasta
Roberto Fiesco (QuebrantoTrémulo), comienza a reproducirse
en mis lentes de RV. Todo inicia en un cuarto oscuro –si no hubiera leído
una sinopsis antes, probablemente me hubiera sentido en la escena de El
silencio de los inocentes
, donde Clarice camina a tientas por la oscuridad
después de que Buffallo Bill corta la electricidad y la comienza a acechar en
la oscuridad–. A pesar del poco entendimiento del lenguaje en RV que aún hay
en la industria en general, Fiesco logra hacerme sentir dentro del universo de
su cortometraje, donde soy testigo de la preparación de un joven de Silao que
quiere ser fisicoculturista. El cineasta incluso logra marearme en una escena
de supermercado, pues me hace creer que soy yo quien va paseando en el carrito
de las compras por el pasillo de los cereales. “¡Fiesco ha jugado con mi mente
y también con mi cuerpo!”, me digo a mi misma, mientras Péplum sigue corriendo
en mis lentes.

Del gimnasio salto al
Nevado de Toluca para acompañar a Juan Carlos Rulfo a buscar la piedra donde su
padre de nombre Juan –autor de El Llano en llamas– alguna vez se tomó una selfie. La roca está cerca de ser una experiencia poética o filosófica en
RV, pues su autor analiza y explica la importancia que tiene esa roca en
específico. Del Nevado de Toluca paso a un bosque para escabullirme entre los
altos pinos y observar el lío en el que un grupo de jóvenes se ven envueltos
después de que una broma no sale tan bien como esperaban. El beso, de Carlos
Hagerman pone el punto final así a la experiencia. Alzo la mano e
inmediatamente se acerca una voluntaria para quitarme los lentes y los audífonos.

Mi mente regresa del
gimnasio de Silao, en el que me encontraba hacía tan sólo unos minutos. Lo
primero que hago es voltear a ver a esas a diez personas que están conmigo en
el cuarto de la Mansión del Conde Rul, pero quienes, al mismo tiempo, no están
ahí acompañándome. En ese momento me doy cuenta de que, a diferencia de lo que
creía, nunca estuve compartiendo una experiencia colectiva: somos como personas
en un vagón del metro, en el mismo lugar físicamente, pero con la mente en otra
parte. Se ven como moscas a causa de los lentes de RV. Suelto una carcajada
inofensiva y luego recuerdo que yo también me vi así antes de quitarme los visores.

“Como realizadores,
antes que pensar en la historia, hay que pensar en la experiencia del
espectador”, nos explicaría después Roberto Fiesco, cuando nos reunimos con él
en exclusiva. Y es que no es fácil saber cómo reaccionará el público ante un cortometraje
en RV, pues, a fin de cuentas, la experiencia es mucho más subjetiva que el
cine convencional. ¿Dónde queda el guion? ¿el encuadre? ¿el cine como
experiencia colectiva? “No hay un avance, en términos de lenguaje, tan
contundente todavía para la realidad virtual, pero seguro lo habrá”, augura el director. 

“¿De verdad así será el cine del futuro o serán dos formas de narrar que
coexistirán con sus propias reglas, como lo ha dicho Alejandro G. Iñárritu, por
ejemplo?”, me preguntó a mí misma mientras bajo las escaleras de la Mansión del
Conde Rul. Me dirijo a la salida del recinto y lo que encuentro es una fila de
jóvenes curiosos que quieren alcanzar uno de los once lugares para la siguiente
función. Los afortunados anotan su nombre en la lista y pasan del otro lado
para esperar indicaciones. Aunque también hay
personas de entre 40 y 50 años, son minoría. Por ahora, la RV atrae a muchos jóvenes
que ya ha experimentado algo similiar: los videojuegos. Bajo esa premisa
podemos deducir que la realidad virtual llegó para quedarse, ¿o no?

“Los videojuegos han
propiciado la demanda de contenidos en ese formato y esa generación que los
juega va a demandar una serie de contenidos que están ahí”, contesta Roberto
Fiesco cuando le cuestiono si este formato es una moda pasajera o no. “Esos [los
que juegan videojuegos] también son los espectadores del cine, es la gente que
vivirá, por un asunto generacional, más tiempo que nosotros”.

Una vez que  el cineasta aclara mis dudas, le agradezco, me
despido y cada quien sigue su camino en las calles de Guanajuato. Ya no estoy mareada pero mis ojos todavía
se están readaptando a los colores y las imágenes de la realidad después de
haber estado en tres lugares distintos en menos de 40 minutos. 

Fotos: Cortesía GIFF

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