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Columnas REVISTA

Gracias a Dios ya no es viernes.

Por:

22-02-2009

 Vaya una recomendación para todos aquellos que estén siguiendo el FICCO: eviten, a toda costa, intentar moverse de sede si el día es un viernes y la hora… No, a cualquiera hora. Por favor. La lección la aprendimos a la mala este viernes pasado, tras alcanzar de milagro una proyección de la excelente Quisiera ser millonario […]

 Vaya una recomendación para todos aquellos que estén siguiendo el FICCO: eviten, a toda costa, intentar moverse de sede si el día es un viernes y la hora… No, a cualquiera hora. Por favor.

La lección la aprendimos a la mala este viernes pasado, tras alcanzar de milagro una proyección de la excelente Quisiera ser millonario en el Cinemex de Mazaryk. Eran cerca de las tres de la tarde, y Pete —mi inseparable compañero en esta aventura— y un servidor pretendíamos llegar antes de las cuatro a WTC para ver una peli de Wajda, Paisaje después de la batalla. Habrán ya notado el uso de la palabra "pretendíamos". Qué par de ingenuos. Y es que un trayecto que no debería llevarse más de 15 minutos —en la madrugada, en todo caso, y como pudimos comprobarlo apenas anoche— se convirtió de pronto en una cruel pesadilla. No llegamos a la película. Fue sencillamente imposible.

¿Que si Parque Lira es una buena opción? Olvídalo. ¿Periférico? Aún peor. Regrésate a Parque Lira. Uta, grave error… La tortuosa odisea terminó llevándonos por estrechas callejuelas de la colonia Escandón, por donde pudimos salir a esa otra trampa mortal que es ahora Patriotismo y enfilar entonces hacia el Cinemex de Insurgentes, atravesando la Condesa —de nuevo, grave error—, y todo ello sólo después de descubrir que ver Alarma! a las cinco de la tarde era un muy aceptable Plan F… O Plan G, ya ni me acuerdo. Y que apenas teníamos tiempo de llegar, además.

Por cierto, Quisiera ser millonario (Slumdog Millionaire, Danny Boyle, Reino Unido/India, 2008) resultó ser, para quienes no lo sepan ya, una película extraordinaria. Es tal vez la mejor película que ha hecho Danny Boyle —aunque, lo admito, Trainspotting continúa siendo muy significativa para mí— y una cinta que revela, además, una profundidad y una visión que apenas se adivinaban en la carrera previa del realizador. En una escena que creo ilustra a la perfección lo que digo, el protagonista —Jamal, un chavo hindú que concursa en un programa de televisión onda "Corre GC Corre" por una cantidad obscena de dinero— rememora un episodio de su niñez: metido a guía de turistas, Jamal se encuentra choreándose a un par de turistas gringos mientras sus amigos, todos niños de la calle como él, se dedican a dejar el auto de la pareja subido en cuatro ladrillos. Y le bajan todo. Cuando el chofer se da cuenta de lo que sucede, se agarra a Jamal a patadas mientras los gringos intentan detenerlo. "¿Querían conocer mi país?", les pregunta entonces el chico. "Esto —les dice— es mi país".

La película se estrena en salas comerciales en estos días, así que no hay pretexto para no correr a verla.

Otra película que muestra un rostro del ser humano —y de nuestra Ciudad de México— es precisamente Alarma! (Bernardo Loyola y Santiago Stelley, México, 2008), un documental que toma su título de la ya legendaria revista homónima. Los realizadores dedicaron varias noches a acompañar a David Alvarado —reportero gráfico de la revista— y a otros fotógrafos de nota roja en su trabajo, y consiguen no sólo tener acceso a la pequeña comunidad de reporteros, sino también a escenas de crímenes y a las reflexiones del editor del Alarma!, Miguel Ángel Rodríguez Vázquez.

Lejos de quedarse en el morbo y sensacionalismo de las imágenes más explícitas y shockeantes que hayan engalanado las páginas de la revista, la película resulta ser no sólo muy profesional, bien estructurado y bien montado, sino que además lo hace con toda objetividad y buscando, si no encontrar respuestas al fenómeno, por lo menos hacer todas las preguntas correctas.

El documental no es sino una actualización de otro realizado para un canal de televisión en la web, y que aún puede verse en la página de VBS.tv, productores del mismo. Véanlo, si es que no cachan la película en FICCO. 

Una entrevista previa con Rodríguez Vázquez puede también encontrarse en la web de la revista Vice (www.viceland.com/int/v15n1/htdocs/el_nuevo_alarma.php).

Estando ya en Plaza Insurgentes, Pete y yo decidimos no tentar más a la suerte y quedarnos ahí a ver qué encontrábamos antes de nuestra siguiente selección, la película méxico-italiana Los mejores sentimientos. Estoy convencido de que el azar es la mejor manera de seleccionar películas en un festival, siempre que a uno le gusten las sorpresas, y la película que comenzaba a las siete y media definitivamente resultó una sorpresa.

Tedio (Khastegi, Bahman Mo’tamedian, Irán, 2008) retrata la lucha de un grupo de transexuales iraníes que, en su intento por ser aceptados en una sociedad en la que ser mujer —o, en este caso, tratar siquiera de ser una— resulta en la pérdida de derechos y libertades. Realizada en video y punteada por una serie de testimoniales aportados por las protagonistas, a ratos parecería que se trata de un documental, directo y crudo en su mensaje, demasiado realista. De nuevo, una inesperada sorpresa.

Los mejores sentimientos (Il migliori sentimenti, Marcos Villaseñor, Italia/México, 2008), por su parte, resultó ser una película extraña, un filme enigmático pero atractivo que también oculta más de una incógnita. La historia de Francesca y sus dos hijas, Bianca y Alessia, abandonadas por su padre años atrás, la cinta se revela como un enigma cuando en el funeral de quien suponemos es Vincenzo, el marido, un hombre aparece tocando a la puerta y asegurando que es el padre de las chicas.

Una suerte de comedia negra, fragmentada en mil pedazos y plagada de situaciones absurdas pero que, conforme avanza la trama, se revelan cada vez más siniestras, la película da cuenta del efecto que la súbita reaparición del supuesto padre tiene en las tres protagonistas, seres perturbados que parecieran —según la confesión del propio director— ser casos de estudio sacados de un catálogo de enfermedades mentales. Al margen de la historia, críptica como pueda resultar, la película posee ciertamente una factura notable, un trabajo de fotografía que me parece en verdad extraordinario y un diseño de audio que por momentos me remite al cine de David Lynch, otro autor cuyo trabajo puede o no gustar a buena parte del público, pero que jamás podría pasar inadvertido.

La película tuvo una recepción por demás entusiasta durante su presentación estelar, y aún puede verse dentro del festival el próximo lunes 23 de Febrero, a las 19:45 hrs. en Cinemex Altavista.

A pesar de que estábamos invitados a la fiesta de la película, Pete y yo tuvimos que excusarnos y, al amparo de la noche y de las sombras que habían caído ya sobre la ahora durmiente ciudad, subirnos de nueva cuenta al coche y dirigirnos de regreso a Casa de Arte. El concepto de midnight movie siempre, siempre me ha fascinado, y desde el mediodía habíamos comprado los boletos para nuestra primera función del ciclo 11:59, quizás mi sección favorita del FICCO y el cierre perfecto para una tarde alucinante.

Ángeles e idiotas (Idiots and Angels, Bill Plympton, EUA, 2008) es todo lo que una película de media noche debería de ser. Sentado en una butaca de cine —o frente al televisor— en la madrugada, luchando contra el sueño y el cansancio de una larga jornada, las imágenes conjuradas por el ya legendario Bill Plympton parecen entresacadas de un sueño, de una alucinación: un hombre al que le crecen las alas de un ángel; una mujer que se convierte en mariposa. Tratar de referirlo es como querer contar un sueño, inútil. Aún hoy, sentado frente a la computadora a plena luz del día, me pregunto si las visiones que conservo de esa noche pertenecen en realidad a la película, o si de plano las habré soñado, si serán sólo un fragmento de mi imaginación.

Pero, ¿no es sino eso justamente el cine? ¿Un sueño, un alucine, una vida que no es la de la luz del día?

—Antonio Camarillo

Este texto fue ideado, creado y desarrollado al mismo tiempo por un equipo de expertos trabajando en armonía. Todos juntos. Una letra cada uno.

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