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REVISTA Columnas

Hackman, Gene

Por:

31-03-2012

Los sábados son un buen día para casa todo, incluso para homenajear no a los muertos sino a los vivos. A ello añado el hecho de que el día de ayer tuve un sueño muy largo y muy extraño en el que Gene Hackman aparecía. Se lo veía bigotón, como en The Royal Tenenbaums, y su […]

Los sábados son un buen día para casa todo, incluso para homenajear no a los muertos sino a los vivos. A ello añado el hecho de que el día de ayer tuve un sueño muy largo y muy extraño en el que Gene Hackman aparecía. Se lo veía bigotón, como en The Royal Tenenbaums, y su mirada era triste, como la de alguien que lleva ya rato meditando en los momentos perdidos, en esos buenos ratos que se dejaron escapar quién sabe cómo. Una tristeza tan triste fue lo que hizo despertarme en medio la noche con un nudo en la garganta y pensando en Gene Hackman. Corrijo: en lo mucho que echo de menos la presencia de Gene Hackman en una película. Aunque me parece incluso más triste que no seamos muchos los que nos hemos percatado de que el señor Hackman ya está retirado desde hace varios años, en resumen, de que fue precisamente en The Royal Tenenbaums la última vez que se le vió por allí (no vi ni quiero saber nada de las posteriores -y de seguro prescindibles- Runaway jury y Welcome to Mosseport) haciendo lo que mejor sabe hacer.

Desde entonces se sabe poquísimo de él. Algunos especulan que tiene una enfermedad incurable que lo alejó de los escenarios, mientras que otros se decantan por lo que parece más simple y lógico: decidió por su cuenta desaparecer con dignidad antes de transformarse en un mago harrypoteriano, a lo Richard Harris, o en un actor que se repite a sí mismo ad infinitum, como Jack Nicholson.

Y hace bien: Hackman es tan duro, tan corrioso que su envejecimiento probablemente sería poco agraciado. Nadie quiere ver a tanta rudeza convertida en la mala dicción que proporcionan las dentaduras postizas, corazones como piedra suavizados y esterilizados para películas que arrancan lágrimas o enternecen al público infantil. Eso ya lo hizo bien Henry Fonda y ahora lo hace bien Max von Sydow. Pero no Hackman. No el cínico Lex Luthor del primer Superman, el sheriff hijodeputa de Unforgiven, el mismísimo y único Jimmy "Popeye" Doyle de The french connection

Además, papeles tiernos y propios para el público infantil sí que tuvo con The Royal Tenenbaums. Digo, bastaría con retirar la cáscara de sarcasmo y mala leche moldeada por Wes Anderson y Royal Tenenbaum sería el mejor abuelito que ha dado el cine. Digo, ¿qué niño no querría un abuelete así, tan buena onda, capaz de participar con nosotros en las bromas más crueles que se nos ocurran?, ¿ a un vejete que trata de recuperar con él el tiempo que malgastó con sus propios hijos? 

En mi memoria ya ha quedado cincelado este papel suyo. Allí anda, en la sección "Gene Hackman" de mi cabeza, compartiendo lugar con títulos como The firm (es Hackman y no Cruise quien hace que valga la pena la cinta), Mississippi burning y The Conversation. Incluso me queda un poco más de espacio para recordarlo con suéter de cuello de tortuga y rostro de absoluta desesperación, de colitis crónica y punzante en La aventura del Poseidón,  y sobre todo en El espantapájaros, cinta en la que aparece muy joven y en la que comparte pantalla con el aun más joven Al Pacino. En ella ofrece uno de sus roles más humanos. Verlo allí, tan frágil, abre de hecho un círculo de filmes en los que poco a poco se le fue forjando una imagen de bueno-malo, malo-bueno y, con mayor frecuencia, malo-malo, en cualquier caso la del tipo duro e inquebrantable, la del que no se raja, la del que jala el gatillo o reparte condenas o toma decisiones absolutas, para finalmente cerrarlo de nuevo con el papel de jerarca de los Tenenbaums, donde una conmovedora vulnerabilidad vuelve a quedar a flote.

Yo, de hecho, me pido este rol suyo para recordarlo hasta que no me quede memoria ya más. Para homenajearlo de nueva cuenta cuando su invisibilidad se haga incluso más etérea, más real, más invisible.

 

Carlos Jesús (aka Chuy) es escritor y periodista freelance. Desde 2006 radica en Berlín, desde donde colabora para distintos medios. Sus pasiones son su familia, la cerveza, escribir relatos y el cine de los setenta.

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