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REVISTA Columnas

Horror contra el Horror

Por:

04-05-2009

Hoy parece que todo poco a poco empieza a volver a la normalidad: Berlín amaneció nublada y fría y vestida de indiferencia mientras que en México, y de acuerdo a lo anunciado por los diarios nacionales, las huestes más violentas del polémico virus H1N1 comienzan una lenta retirada de tropas hacia ese territorio suyo que, […]

Hoy parece que todo poco a poco empieza a volver a la normalidad: Berlín amaneció nublada y fría y vestida de indiferencia mientras que en México, y de acuerdo a lo anunciado por los diarios nacionales, las huestes más violentas del polémico virus H1N1 comienzan una lenta retirada de tropas hacia ese territorio suyo que, invisible y carente de geografía debe ser lo más parecido a la nada.

Menos mal, porque todo el fin de semana me vi asolado por las peores pesadillas, pesadillas que más bien eran ensueños y entre los cuales el más reiterativo consistía en imaginar a la Ciudad de México, urbe a la que de por sí el escritor Juan Villoro hace algunos años calificó de post-apocalíptica, como arrancada del fotograma de algún remake de Mad Max filmada por los olvidados hermanos Almada: con calles limpias y desérticas pero habitadas por punks sanguinarios -más malos y violentos que el punky más malo y violento que pudiera haber en el Chopo- y uno que otro zombi distraído -como si no supiese bien su rol en la película ni mucho menos decidirse entre engullirse unos sopes de pollo o el cerebro del marchante en cuestión- enfrentándose a policías -curiosamente, pocos de ellos barrigones aunque sí de bigote tupido- enfundados en trajes antirradioactividad y armados con Kaláshnikov piratas.

Si bien, he de decir que ahora que por fortuna empiezo a ver todo con cierta distancia, mis pesadillas no se debieron únicamente a esa angustia de dientes afilados provocada por la triste suerte de mis connacionales, sino también a que el jueves pasado, que fue el día en que me vi más afectado por el tema, tuve la "magnífica" idea de contrarrestar el horror con horror y así acudí a la premiere de The Last House on the Left, refrito de aquella película del mismo nombre que un entonces jovencísimo Wes Craven dirigió en 1972 -año en que, valga decirlo ahora los microorganismos se han puesto de moda, todavía no existía ni el SIDA-, y que ahora es timoneado por un tal Dennis Iliadis.

Como he mencionado anteriormente, me temo que mi amague de terapia no funcionó en lo más mínimo, pues la historia recontada por Illiadis, aunque bien me provocó más de un grito desahogador que a su vez hacía gritar al señor alemán que tenía al lado, seguramente poco acostumbrado a tales muestras de histeria, se me quedó anclada a la memoria con afán de garrapata, navegando en ella y entremezclándose con mis sueños; al menos así fue con varias de sus secuencias, sobre todo aquellas en que los punks -que en realidad no son punks pero sí tipos mucho más malos que el punk más malo que pudiera haber en el Chopo- regalan violencia gratuita al espectador como si se tratara de palomitas. De allí que me vea forzado a concluir que la cinta, aunque sin duda no es apta para todos los gustos -y pese a que, en lugar de sustituir mis horrores, los terminó sumando- es bastante efectiva como película de género.

Así pues, llevados mis terrores a niveles exponenciales, sobreviví una semana que de kafkiana pasó a lovecraftiana y que, en momentos de desesperación, llevé también a niveles bukowskianos. Sin morir y, creo, tampoco sin volverme loco. Acaso seré también un virus. Uno que de vez en cuando y por salud mental, solamente piensa en un país: ese de la nada e invisible reservado sólo para lo microscópico y maligno.

Aquí el trailer del remake de  The Last House on the Left:

Y aquí el de la película original:

 

Carlos Jesús (aka Chuy) es escritor y periodista freelance. Desde 2006 radica en Berlín, desde donde colabora para distintos medios. Sus pasiones son su familia, la cerveza, escribir relatos y el cine de los setenta.

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