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I’m Not There o mi sueño hecho película

Por:

22-10-2008

Uno de los primeros recuerdos visuales que tengo es el de un disco de vinil que mi madre guardaba en un librero, junto al piano. En su carátula, un tipo flaco y greñudo se veía a contraluz. A mí eso me daba un poco de miedo y un poco de curiosidad. La música no me […]

Uno de los primeros recuerdos visuales que tengo es el de un disco de vinil que mi madre guardaba en un librero, junto al piano. En su carátula, un tipo flaco y greñudo se veía a contraluz. A mí eso me daba un poco de miedo y un poco de curiosidad. La música no me gustaba. Es más, la aborrecía, hacía que me doliera la cabeza. ¿El disco? Los Greatest Hits de Bob Dylan, quien hoy es de mis cantantes y poetas favoritos. Así pues, fue en la carrera que me volví a encontrar con Bob, gracias a un amigo argentino que vino de intercambio desde Buenos Aires con esperanzas de más y dinero de menos. Para no hacer el cuento largo, el tipo, Mariano, se quedó tres meses a vivir en mi casa después de una inesperada y terrible cirugía en la rodilla. Bebíamos vino y escuchábamos música. "Che, Vov Dilan, ¿no te gustá?", me preguntó una vez mientras escuchábamos, creo, un disco de Led Zeppelin. "Sí… espera, creo que hay un acetato por ahí". Me vida cambió en el momento en que la aguja tocó esa superficie planísima que asemeja a un hoyo negro. La armónica que había torturado mis oídos infantiles era ahora un espejo de la confusión juvenil, del miedo de salir de la carrera y no encontrar trabajo, del ansia de estar a punto de echarme un clavado al vacío de lo desconocido. Y Dylan, esa voz gangosa y sí, joven, confundida, esa voz de Dylan del primer Dylan. Lo que siguió raya en la obsesión, y sólo he conocido a dos o tres tipos más dylanmaniacos que yo –el escritor Rodrigo Fresán, quien ha publicado en las páginas de Cine PREMIERE precisamente algo sobre Dylan, es uno de ellos–. Mientras me fui enterando de la vida del gran Bob, más confundido estaba, al punto de decidir que aquello de su biografía era un rompecabezas o un caleidoscopio. Es por eso que entré dudoso a la sala de proyección de I’m Not There, el año pasado en el Festival de Morelia. Pero todo cambió en el momento en que las pantalla se prendió con el fuego de la lírica dylaniana y los mil rostros del bardo se sucedieron en el celuloide. Sí, Todd Haynes lo había entendido. Hay que romper a Dylan, la noción de Dylan, como si fuera una piñata, para poder entenderlo. Hoy, ahora, sentado en una oficina que es lo menos dylaniano del mundo me sumerjo sin embargo en mis audífonos, ese vacío tan disfrutable como temible. Y sí, como Dylan me siento a veces tan perdido hoy como me sentía en aquellas tardes cuando tenía 20 años. Y qué mejor, qué mejor que un poco de deriva en este mundo de sentencias y definiciones.

Aquí, algunas imágenes, cinematográficas y no, de mi gran amigo Bob.

 

 

Es investigador del Programa de Culturas Digitales de la Universidad de Sydney. Es el editor fundador de cinepremiere.com.mx y escribe sobre cine, televisión y tecnología en diversos medios nacionales e internacionales.

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